No sin ironía, Amanda Lear acaba de acusar a Miley Cyrus de haber plagiado su canción The Sphinx, publicada en 1978, en el tema Redlights, que se incluye en el nuevo álbum de la exHanna Montana. «Gracias, Miley, por este tributo a mi canción The Sphinx. Me siento halagada». Existe algún montaje en YouTube que mezcla el estribillo de ambos temas. Efectivamente, hay más de un sospechoso y razonable parecido, aunque para oídos más exquisitos, ambas canciones recuerdan a la parte central de El cóndor pasa en la versión popularizada en 1970 por Simon & Garfunkel. La original es de un autor peruano que la compuso en 1913, con lo que la pieza de marras lleva más de un siglo como sospechosa de plagio, campando entre partituras y estudios de grabación, del fonógrafo al streaming, pasando de la goma laca al vinilo, la cinta de casete y el disco compacto. Ni el famoso plagio de George Harrison con My Sweet Lord ha perdurado tanto en el tiempo ni en tantos formatos.
Muchos se preguntarán quién es Amanda Lear. Con razón. Es de sobra conocida en Francia, su país de residencia durante la mayor parte de sus (dicen) 79 años de historia; y en Italia, donde apareció en varias fases de su carrera entre los 70 y los 80 del siglo pasado al frente de distintos programas de televisión. En España, es posible que albergue un hueco en la memoria de la Generación X a causa de un par de éxitos musicales, Follow me y Run, baby, run, dos medianías de la música disco que las radiofórmulas colaron en los hogares de la Transición al socaire de su identidad sexual —este es el principal recuerdo que perdura hoy entre los boomers educados en la EGB y el BUP— y de la extravagante relación que mantuvo con Gala y Dalí a partir de mediados de la década de 1960. Periodistas de gatillo rápido de todo el mundo corrieron entonces a llamarla musa del genio de Figueres sin que la modelo se prodigara como personaje principal de los óleos del pintor. Ni fue la Pâquerette de Picasso y Kisling ni la Kiki de Montparnasse de Man Ray.
Si no fue exactamente su musa, sí está acreditada la relación que durante más de tres lustros mantuvo Amanda Lear con Dalí. Está por verificar si como amantes en consentido ménage à trois, si como amigos o como conocidos que acabaron siendo confidentes y guardianes de secretos con conocimiento y permiso de Gala. «Lo que tuvimos fue una gran historia de amor entre tres personas increíbles», declaró a El Mundo en 2023.
Amanda Tapp (o Alain Tap, según la fuente de la que quiera uno fiarse), nacida en Saigón o tal vez en Hong Kong, quizá en 1939 o acaso entre este año y 1946, atesora una biografía que no ha dejado de jugar nunca con el misterio y el equívoco. Entre iniciarse como corista en el mundo del espectáculo en el club parisino Le Carroussel, famoso por emplear a mujeres transexuales y donde la Lear se presentaba como Peki d’Oslo, y comenzar en una comedia musical infantil de Disney Channel, la modelo ganó hace mucho tiempo la batalla hagiográfica a Miley Cyrus. Cuando ambas hayan muerto y se comparen los obituarios, puede que la segunda acumule más tuits, pero será innegable la victoria en las necrológicas de la mujer que Dalí definió como «la calavera más hermosa» que había visto en su vida.
A Amanda y a Dalí les presentó Paco Rabanne en París a mediados de los 60. Pasó de las pasarelas parisinas al Swinging London sesentero, donde se le relacionó con el Stone Brian Jones y años más tarde con David Bowie. Antes de probar con la música disco fue portada de un álbum de Roxy Music (For your pleasure, 1973). Desfiló para Mary Quant y posó para las cámaras de David Bailey y Helmut Newton. Las biografías de la exmodelo no se ponen de acuerdo. En unas se asegura que se cambió de sexo en Casablanca; en alguna entrevista la cantante asegura que «la historia de que yo era antes un hombre se le ocurrió a Salvador Dalí, en la época que yo era su modelo favorita. Pensamos que podía ser una buena idea publicitaria». Tan estrecha fue su relación que tenía su propia habitación en el castillo de Púbol, residencia de Gala y luego del propio Dalí.
Lleva una vida tranquila en su casa de La Provenza francesa, donde pinta cuadros y disfruta de las regalías de sus ventas millonarias como cantante, su paso por las televisiones y el pastizal que le soltó Chanel en 2023 por utilizar Follow me para una campaña publicitaria. La canción regresó a las listas de éxitos de varios países. A estas alturas, jamás tendrá la fama y las ventas de Miley Cyrus. Con semejante currículum, no le hace ninguna falta. La calavera de Dalí resucita cuando quiere.















