El viejo aforismo que invierte el sentido común para ilustrar el disparate cobra vigencia en el caso Maricarmen. Con la precisión analítica de quien busca una aguja en un pajar y acaba prendiendo fuego a la paja, la izquierda levantisca ha descubierto el chivo expiatorio de todos los males habitacionales: el portal del ático de Ayuso.
Poco importa la cadena real de responsabilidades en el lamentable desahucio de la octogenaria; lo urgente era activar la escenografía del agravio. Tras ocho años de somnolencia complaciente ante el problema de la vivienda en el pesebre institucional, la calle vuelve a arder. Basta una víspera de cambio político para que las trompetas del Apocalipsis retumben en el firmamento progresista y las plataformas afines desempolven las pancartas de la agitación.
Este episodio reciente no es una anécdota, sino el ensayo general de la estrategia que espera al país si el signo del Gobierno cambia en unos meses. Nos aguarda la reinstauración de la doble vara de medir: la indignación selectiva como herramienta de desestabilización. La misma izquierda que guardó un mutismo sepulcral ante el encarecimiento de la vida y el deterioro institucional tomará las plazas con cualquier pretexto, convirtiendo el dolor ajeno en munición partidista, como en el caso que nos ocupa. Cuando la realidad no encaja en el dogma de los paladines de la superioridad moral, prefieren sacar la protesta a la calle antes que asumir la bancarrota de su propio relato.












