Dejadme ser el abanderado de vuestra ira. Donald Trump
Cavilar es indicativo de preocupación, y, efectivamente, el ascenso de la ultraderecha en toda Europa –también en España– constituye una amenaza para la democracia liberal que hemos construido, sinónimo de paz, libertad y valores compartidos. Anticipo que, como demócrata sin matices, y en la búsqueda de razones para explicar los notables resultados electorales de la derecha extrema, me separo abruptamente de aquellos que optan por señalar el error de los electores, esperando que el tiempo y el supuesto fracaso de gobierno (cuando asuman responsabilidades al efecto), resuelva por si mismo el problema. Nada nuevo, ya hace décadas en la Alemania de postguerra, el Partido Nacional Democrático, en grandes dificultades, distribuyó un folleto en el que acusaba al pueblo (los electores) de haber perdido la confianza del Gobierno, ante lo que Bertolt Brecht reaccionó comentando que ante esta situación lo más sencillo sería disolver el pueblo y elegir otro. Ironías aparte, importa, y mucho, indagar exhaustivamente, y en clave muy autocrítica, las razones que explican esta situación, que no muestra otra cosa que la contestación y el desafecto de una parte cada vez más relevante de la población hacia el sistema democrático, sus instituciones y los partidos que lo conforman. Tampoco acepto que supuestos remedios como el llamado «cordón sanitario» sirvan al efecto, por su ineficacia demostrada (se los han saltado todos) y por su propensión a la exclusión, poco compatible con los fundamentos democráticos. Además, los procesos de victimización bien manejados otorgan crédito allí donde no debe haberlo.
La ola reaccionaria se nutre de la angustia, la ira y el malestar que anida en el miedo y la incertidumbre ante el futuro. La sociedad de este tiempo ha mutado hacia lo individual, el nihilismo y el narcisismo, sin un «nosotros», ni identidades colectivas con las que nos identifiquemos las mayorías. La ruptura con el modelo de vida del pasado reciente ha sido demasiado abrupta, y está generando desconcierto e inseguridad. El trabajo estable, bien retribuido, y la respetabilidad del mismo, se ha precarizado, padece de movilidad mórbida y de salarios insuficientes que explican el fenómeno de trabajadores pobres y la gran deserción (ausencia de mano de obra en muchos sectores económicos). El necesario avance del feminismo, y algunos excesos asociados al fenómeno, han dejado descolocados a muchos hombres, con una reacción reactiva beligerante por parte de jóvenes, principalmente varones; estos muestran, adicionalmente, su desasosiego ante las dificultades (vivienda / empleo) para proyectar su vida. El fenómeno migratorio, desorganizado y caótico, se ha convertido en arma arrojadiza que la ultraderecha usa sin restricción ética alguna, consiguiendo enfrentar a trabajadores migrantes con nacionales que compiten por el empleo y por las ayudas públicas, ante un humanitarismo del corazón que celebra la inmigración generalizada (grave error) eludiendo la gobernanza de la misma en términos sensatos. «La metáfora de la fila» (de lectura obligada) de la socióloga Arlie Russell explica a la perfección el enorme malestar acumulado, el sentimiento de agravio y resabio de amplios sectores ciudadanos que se sienten preteridos y abandonados.
Añadamos a todo ello que el fenómeno de la globalización, con su consecuencia de desregulación de los mercados, y de ausencia de límites, ha propiciado una sociedad desigual, en la que grandes sectores sociales se consideran perdedores y abandonados por el sistema. La ultraderecha ha sabido capturar este inmenso malestar, este resabio social, a través de mensajes simples y emocionales que apelan a lo identitario, a sentimientos nacionalistas de un ayer falsamente épico o idílico que nunca fue.
En definitiva, y por resumir, el crecimiento de la ultraderecha se explica por la suma de todas las carencias que afectan a amplios sectores sociales excluidos de la promesa de prosperidad que nunca acaba de suceder y frustra vidas, anhelos y esperanzas legitimas.
No quiero obviar un fenómeno –de naturaleza tecnológica– que ha venido a servir a la causa de la radicalidad: las redes sociales y los algoritmos como sustrato de la polarización y la emotivización de la política. La conversación publica ha dejado de estar intermediada por los periódicos y medios tradicionales para trasladarse a un entorno digital manipulado por los que Guliano de Empoli identifica como los «ingenieros del caos». La resultante más visible se traduce en la demolición del centro político para entronizar a los extremos (los resultados de AfD en Mecklemburgo–Pomerania y de Die Linke en Berlín inciden en una tendencia hacia los extremos que atraviesa toda Europa). Aunque los contextos son distintos, la situación guarda bastante parentesco con el vaciamiento del centro político que estuvo en la base de la voladura de la república de Weimar y la subida del nazismo al poder.
Ante este estado de cosas las derechas democráticas parecen conformarse con «amansar a la fiera» e intentar evitar los peores efectos del radicalismo retardatario, y conciliar moderación e intransigencia. Acaso su misión histórica –aquí y ahora– consista precisamente en esto; empeño difícil, que requerirá ante todo tomar conciencia del reto, y muchas dosis de persuasión, constancia e inteligencia política.
Por lo que respecta a la izquierda –aquella en la que yo me reconozco – debe resolver un dilema que la tiene despistada desde hace décadas. El discurso político de la izquierda se proyectó sobre la base de un modelo de trabajo que ya no existe. Todo el imaginario pivotó sobre el tipo de obrero industrial (de mono azul, para entendernos) para, sobre este sujeto político, elaborar todo un planteamiento universalista e igualitarista reconocible por amplias mayorías sociales. Este escenario apenas existe, ya que el mundo del trabajo se ha fragmentado y diversificado hasta el extremo de que ya no es posible construir sobre el mismo un discurso reconocible que apele a mayorías sociales. Ante esta dificultad la izquierda se ha refugiado en cuestiones identitarias y se ha perdido en políticas particularistas dirigidas a confortar a diversos colectivos (de minorías) sin un discurso para la mayoría reconocible ni un propósito común. La percepción es que se ha preterido la igualdad y el componente materialista (la vivienda, el empleo, etc.) para enredarse en discursos culturales, de valores o de exaltación de minorías. Esta tensión entre atender las nuevas formas de precariedad (condiciones materiales de vida) y la integración de las nuevas identidades (minorías sexuales, de género, migrantes, etc.) debe resolverse con ponderación, evitando excesos y la celebración acrítica de la pluralidad, so pena de fragmentar el discurso y volverlo indigerible para la mayoría.
Permítanme una metáfora alimenticia al efecto. Soy un gran consumidor de yogures, producto que desde el fermento lácteo (que constituye su esencia) ha ido evolucionando, a base de insuflarle partículas de chocolate, cereales o de frutos variados (minorías identitarias), entre otros elementos que lo han enriquecido, y, en consecuencia, ampliado notablemente el mercado de consumidores; no obstante, la sustancia (el fermento lácteo / el discurso para mayorías) permanece como base del producto. Un delicado equilibrio.
Mientras los demócratas de todo signo recuperamos la figura, me permito un llamamiento en el corto plazo ante convocatorias electorales ya inminentes, toda vez que suscribo la tesis de Estefanía Molina, que sostiene que la ultraderecha aún dispone de un amplio margen de crecimiento en España; apelo a esos jóvenes que enfadados, agobiados y a modo de rebeldía se expresan otorgando acríticamente su voto a opciones radicales, para que hagan una inmersión en la historia y entiendan de dónde venimos, con el propósito de prevenir el futuro, si es que Tik Tok, Facebook o Instagram les dan recreo.
Un viejo aforismo turco dice: «El bosque seguía muriendo y los árboles seguían votando por el hacha. Ella era astuta, los había convencido de que por tener el mango de madera, era una de ellos».
Suscríbete para seguir leyendo















