Bienvenidos al megaparón. Este otoño, las ventanas de septiembre y octubre se han fusionado en un solo bloque. La idea tiene sobre el papel un sentido tras el verano mundialista: menos interrupciones para las ligas y menos viajes para los internacionales. Pero los calendarios se diseñan en un despacho y se sufren en el césped.
El primer aviso llegó enseguida. Mbappé marcó en Turquía, en el estreno de Zidane con Francia, y en el mismo remate se echó las manos a la rodilla. Intentó seguir, cayó de nuevo al suelo con la cara tapada y dejó su sitio a Doué a la hora de juego. Falta el diagnóstico y no conviene adelantarlo. Pero la imagen bastó para encender las alarmas en Valdebebas.
El mismo día, De la Fuente dijo en voz alta lo que muchos piensan. “El nuevo formato es incomprensible, jugar cuatro partidos en diez días. No es lo más adecuado”. Y añadió: “A mí nadie me ha consultado este cambio”. No es una excusa. Lo dice el seleccionador campeón del mundo, que hoy arranca en Wembley ante Inglaterra y no volverá a devolver a sus jugadores hasta después del partido ante Croacia en Split, el 6 de octubre.
De la Fuente no se queja de jugar partidos, faltaría más, se queja que al final en esta jornada de Nations League al sprint, con cuatro partidos, se encuentra que tiene que gestionar los minutos, los viajes y el descanso casi como si estuviera en un club con dos competiciones en marcha.
El fútbol lleva años sumando partidos: un Mundial de 48 selecciones, más torneos de clubes, competiciones europeas más largas. Cada organismo defiende lo suyo y nadie mira el conjunto. Los clubes ceden a sus jugadores más de dos semanas y los recuperan sufriendo. Ayer le tocó al Madrid. Mañana puede ser cualquiera.
Nadie discute que las selecciones necesiten su espacio. Lo que se discute es la forma. Mientras quienes hacen el calendario no escuchen a quienes lo juegan, cada parón será una cuenta atrás para los clubes. Bienvenidos al megaparón. Ojalá Mbappé sea la única factura.














