Esa emoción compleja

Siempre me ha llamado muchísimo la atención esa emoción compleja que acaba convertida en sentimiento, «la envidia», y siempre he preferido mirarla de lejos, aunque también por el rabillo del ojo. Porque la envidia suele venir por detrás, a traición, cuando menos te lo esperas. Pero esta forma de sentir, o de estar en el mundo -porque hay gente que solo sabe estar en el mundo de esta manera-, me genera cierto rechazo. Sin embargo, la envidia puede gestionarse de dos formas: utilizándola de motor que te impulse a superarte a ti mismo o de excusa que te impulse a buscar mil y una maneras hasta conseguir que el otro pierda lo envidiado. Mi abuela solía decir «El envidioso no siempre quiere lo que tú tienes, quiere que tú no lo tengas». Con esto no quiero decir que yo nunca haya coqueteado con ese sentimiento. Probablemente sí. Soy humana. Quizá he visto algo en alguien y he pensado «Me encantaría tenerlo», la diferencia es la pregunta que me hago después. Siempre tenemos alternativas y no es lo mismo pensar «Me encantaría tenerlo, ¿qué puedo hacer (sin pisar a nadie) para lograrlo?», que cavilar «Me encantaría tenerlo, ¿qué puedo hacer para que él o ella no lo tenga?» En la primera pregunta la envidia y la admiración juegan en la misma liga y, casi siempre, gana la admiración porque es más pura, más sensata, más humana. Rara vez pierde alguien. En el segundo caso la envidia y la maldad no solo juegan en la misma liga, sino en el mismo equipo y siempre pierde alguien. Sí, lo sé, llevaba una temporada con artículos positivos, luminosos y ahora a lo mejor les estoy agriando el café. Lo lamento. A lo mejor por esto, por el desasosiego que siento cuando miro a mi alrededor y percibo tanta falta de compañerismo, tanta individualidad, tanta envidia y tanta maldad, me tomo el café con un poquito de leche condensada, porque para amarguras ya está la vida, el mundo y, algunas veces, la gente. ¿Soy yo una santa? ¡Nada más lejos! Tampoco me gustaría serlo. Me equivoco, me enfado, probablemente más de una vez he dañado a alguien, pero, volvemos con los peros, el contraste está en ser consciente de ello y tomar decisiones para reparar el desaguisado. ¿Se dan cuenta de que siempre tenemos dos opciones? Errar y reparar o errar e ignorar. Envidiar y admirar o envidiar y joder. A lo largo de la vida me he topado con muchísima gente ruin, es lo que hay, seguro que ustedes que me leen también. En cambio, creo que son más las veces que me he topado con gente buena, de esas que escuchan, buscan soluciones, tienden una mano para agarrarte y no para empujarte y con una sonrisa remiendan cualquier costura que labre el tiempo, los recuerdos o las acciones de alguien que no sabe llegar a tu vida para acariciar con su presencia sino para romperte a jirones tu rutina. Yo a esa gente la quiero bien lejos. Hace unos días leí en la tapa del portátil de una compañera lo siguiente: «A todo lo que te reste paz, súmale distancia». Sonreí y pensé que ojalá fuera tan fácil. A veces, el sustrayendo está tan cerca que el pobre minuendo no puede escapar de verse reducido a una diferencia. En fin. Recuerden elegir siempre la suma como operación matemática con resultado positivo y también jugar en la liga de la envidia y la admiración porque, ahí, ganamos todos.

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