Dice uno de los arranques más manoseados de la literatura que «todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Sin embargo, la cita de Tolstoi no sirve para otro tipo de familia: la banda de rocanrol.
Los grupos siempre se discuten por lo mismo: la vanidad del foco, el abuso de estimulantes, el vacío idiota de la fama, el acceso a las arcas. Por eso, muchas pelis musicales son aburridas. Sin embargo, cuando una banda reescribe su final feliz todo cambia. Sobre todo si esa banda es de la misma familia. De ahí que el recién estrenado documental sobre la reunión de Oasis, después de 15 años sin hablarse de los Gallagher, sea fascinante.
Los hermanos Liam y Noel son los Caín y Abel del pop. Solo que más ingeniosos e incluso más brutales. En el Génesis, al menos se avisan de que la cosa pinta mal: «Y Caín dijo a su hermano Abel: vayamos al campo. Y acontenció que cuando estaban en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató».
Bien, ninguno de los dos Gallagher le dijo al otro: «Nos vemos en el campo», ni siquiera «espérame en la calle». Se liaron a trompazos en el camerino antes de un concierto en París y mataron la banda: no harían ese concierto, con la sala llena esperándolos, ni ningún otro. Se despidieron sin mediar palabra razonable y lo increíble es que se han reconciliado también sin hablar. Y tiene mérito, porque si algo tienen es la lengua afilada.
Si el talento de Oasis ha brillado en algún sitio más que en sus dos primeros discos, himnos pop de clase obrera coreables hasta en los tanatorios, es en sus cruces de insultos. Ya en sus inicios se editó un disco con una discusión que dejaría a Quevedo y Góngora en Gloria Fuertes y Torrebruno. Pero durante todo este tiempo separados, cada entrevista era como un nuevo single.
En 2009, por ejemplo, Noel dice de su hermano pequeño: «Es grosero, arrogante y vago. Es alguien que va con un tenedor en la mano en un mundo donde solo se sirve sopa».
Una década después, cuando acaba de vender todas las entradas de su nuevo grupo, más que las de su hermano, sube un vídeo donde se le ve comiendo sopa con un tenedor. Este don para la batalla cómica se vuelve aún más interesante a la luz de otra anécdota elocuente, retrato de las raíces de la banda y de la dinámica fraternal. Noel cuenta que, in illo tempore, Liam visita su casa, abre la nevera y ve una instalación dadaísta: una botella de champán con un tenedor como tapón. ¿Qué narices hace un tenedor en esa botella?, pregunta. Pues porque la abrí hace dos días y así el champán se mantiene fresco, dice Noel. Una semana después va a casa de Liam y abre la nevera: descubre una botella de leche con un tenedor dentro.
Ninguna de estas historias aparece en la película, peroarrasa por una energía que va más allá de rencillas y chistes. Un documental que es casi un sermón (sin lo aburrido) bíblico sobre la capacidad sanadora del perdón. Lo mejor es presenciar cómo empiezan los ensayos de la gira aún sin hablarse y se van acercando a medida que esta avanza. Liam es un perro (pegajoso, quiere llamar la atención, su brusquedad muestra su necesidad de cariño: «Te tiene que importar todo muchísimo para que al final te la sude todo», dice) y Noel es un gato (más civilizado, siempre alerta, rencoroso). Y al final perro y gato se abrazan.
Sobre todo porque el documental muestra un tsunami de emoción de la afición que alimenta las paces. Liam entiende que la clave son las canciones de su hermano y Noel se reenamora del carisma del otro. Llega a decir: «Había olvidado lo divertido que era». Porque cuando nos enfadamos con alguien, intentamos darnos la razón recordando sus trocitos peores y nunca lo que nos llevó a estar cerca de esa persona.
Es complicado ver esta película y no pensar en esos amigos de los que aún tienes el número en el móvil pero de los que ya empiezas a olvidar la voz (y también la gracia). Por eso es una película llena de vida, incluso para alguien cuya primera camiseta no fuera aquella de Cigarretes and Alcohol, el primer disco comprado en Castelló con su dinero un CD de What’s the story, el último grito veinteañero el de un concierto de Oasis en Badalona, y con más de un amigo perdido.
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