La estilizada figura de Raphinha, con los calzones bien subidos para que se vean bien esas pantorrillas que no paran de moverse, explica de principio a fin el estado de gracia del Barça, un equipo que, tras ganar en el peliagudo Pizjuán, ha enhebrado ocho triunfos seguidos en el tercer amanecer de Flick. Raphinha, descubierto como ‘nueve’ a tres meses de la treintena, tiene tanta fe en sus posibilidades que, si se lo propusiera, podría marcar goles hasta con el bigote.
Contra un buen Sevilla, Raphinha se embolsó tres más (ya son 12 en la Liga, 14 con la Champions), exhibiendo recursos de todo tipo. En el primero lució recorte; en el segundo, salto y remate; en el tercero, calidad técnica en el arte del golpeo. Lamine Yamal, asistente en los dos últimos, ha encontrado en Raphinha a un aliado sin igual.
El capitán del Barça logró que el Barça, tras un primer acto terrenal, dejara de mirar atrás y no tuviera que reparar en quien ocupaba la portería.
La titularidad de Livakovic
Wojciech Szczesny, al que resulta mucho más sencillo llamarle Tek, es un tipo de esos que caen bien porque su experiencia (36 años) le permite dar buenos consejos; y porque entiende su profesión, todavía el fútbol, como una pieza más del rompecabezas de la vida, donde entran muchos más intereses que el balón y, claro, el tabaco. Pero el pasado miércoles, cuando la hinchada del Barça le cantaba aquello de «Szczesny fumador» en un ambiente chirigotero, el portero venía de cometer un error que tenía poco de casual o episódico. El fallo, el lenguaje corporal de hombros caídos, desvelaba que quizá él mismo ya no quisiera estar en ese lugar. Bajo unos palos y con jovencitos martilleando su paz. Ya podía su técnico, Hansi Flick, excusarle y reafirmarle como segundo portero porque, en este oficio, la verdad de ayer jamás sirve para mañana. Con el fútbol pasa aquello que escribía Julian Barnes en El sentido de un final:«Aquello que ha sucedido no puede deshacerse, pero lo que pensamos sobre ello cambia constantemente».
Así que Flick, al ver que Joan Garcia tendría que recuperarse de su pequeña lesión en la rodilla hasta pasado el parón y que no podría viajar al Pizjuán para enfrentarse al aguerrido Sevilla que ha formulado Luis García Plaza, optó por sentar a un Tek al que le venía acechando la bruma de la duda. Tiró, pues, el alemán de coherencia y entregó la portería a Dominik Livakovic, fichado el pasado verano para mitigar la salida de Ter Stegen y con la idea de ocupar el puesto de Szczesny cuando el polaco cuelgue las botas. Todo se acelera.
Livakovic, muy tranquilo toda la noche y seguro con los pies, no tuvo responsabilidad alguna en el gol inaugural de ese Sevilla que creía saber dónde jugar sus batallas. Fofana, pieza capital de los hispalenses, remató a bocajarro después de dejar a su espalda a Cubarsí, aprovechando, eso sí, que Eric Garcia concedía más metros de los apropiados a Félix Correia, que fue quien centró al área pequeña.
Pudo el Barça responder rápido al golpe gracias a Raphinha, capaz de sentar inmediatamente después a su par en el área –Sangante debió destrozarse las posaderas en su derrumbe– y marcar con el oficio de los mejores goleadores de siempre.
Gordon intenta escapar de Sierra en el Pizjuán. / JORGE GUERRERO / AFP
Lamine ya había entrado en un juego que le ayudaba a meterse aún más en la escena: el de estar pendiente de las reacciones de la grada, por mucho que con su excelso fútbol le bastara y sobrara. Porque madrugó rematando al palo en una de esas diagonales que tanto recuerdan a Messi, se quedó a un palmo del gol con un par de roscas y, por si fuera poco, usó la que él considera su pata de palo, la derecha, para asistir a Raphinha.
En otra faena bien trabajada y gestionada por un pletórico Rodri, tuvo el Barça que lamentar dos asuntos: la lesión muscular de Christensen, destrozado en el banco, y que Anthony Gordon, que jugó un rato de delantero centro, no viera traducido su esfuerzo en ese gol que tanto se le resiste. Qué más da. Raphinha mete los suyos y los de quien haga falta.
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