Que mi mujer decidiera seguir a Mark Ruffalo en Instagram fue lo mejor que me podría haber pasado. En realidad, me preocupé ligeramente cuando me lo anunció: «He visto que Mark Ruffalo está en Instagram así que le estoy siguiendo. Parece majo». Era un actor que siempre le había gustado muchísimo, especialmente en la comedia romántica Ojalá fuera cierto (Mark Waters, 2005); no es que sintiera que el tipo amenazara mi puesto en su corazón, pero la verdad es que me lo mencionaba a menudo con esos epítetos que molestan (cuando son para otros): ni feo ni guapo, pero con su aquel; sin demasiadas ínfulas ni aires atormentados, parecía un hombre cercano, interesante…
Me habría parecido menos peligroso que hubiera seguido a un ídolo praxiteliano y ya desde su misma apariencia inalcanzable. Bueno, el caso es que mi mujer fue follower de Ruffalo un par de semanas, tiempo suficiente para que se diera cuenta de que sólo postea manifestaciones, protestas y proclamas ambientalistas. «Vamos, un coñazo», resumió. Por eso no le ha extrañado que no le ‘invitaran’ a participar en la gira de prensa para promocionar la nueva aventura cinematográfica de Spider-Man, Brand new day, en la que, claro, vuelve a incorporar a Bruce Banner/Hulk. Pero cuando creía que me lo había quitado de encima, llega Jorge Fauró y me propone un perfil del intérprete.
Sacudiéndome la (lo reconozco) absurda tirria, descubro a un tipo de singular chalaúra, como prueban dos episodios: en el primero, tenemos a Mark con 22 años, recorriendo Europa en tren; llegó a Málaga (donde yo vivo: suerte que mi mujer no andaba todavía por estos lares) en plan mochilero total y se enamoró del lugar. Sobrevivió fabricando y vendiendo pulseras en la playa. Tanto le gustaba todo esto que llegó a plantearse quedarse para siempre entre nosotros.
En el segundo episodio, ya convertido en intérprete de cierto renombre, a punto de protagonizar Señales (M. Night Shyamalan, 2002), Mark está teniendo «un sueño vívido» alrededor de las tres de la madrugada. «A la mañana siguiente me desperté sabiendo que tenía un tumor cerebral. No fue tanto que soñara que tenía un tumor cerebral; fue como si alguien simplemente hubiera vertido ese conocimiento en mi cabeza. No fue como una imagen; fue simplemente saberlo. Fue algo muy extraño, y por eso le presté atención», declaró en una entrevista tiempo después.
Se hizo las pruebas, que certificaron que el tumor cerebral era real; benigno, afortunadamente. La operación para extirparlo le dejó como secuelas la pérdida de audición de un oído y una parálisis de un lado del rostro durante un año. Afrontó solo buena parte del proceso: se lo ocultó (hasta que llegó al quirófano) a su esposa, entonces embarazada de su primer hijo.
«Probablemente tenía 8 años; una noche mi madre me dejó quedarme despierto hasta tarde. Me dijo: ‘Tienes que ver esta película’. Era Un tranvía llamado Deseo, la emitían por televisión y me pareció todo un acontecimiento. Vi a Marlon Brando y pensé: ‘Madre mía’. Ahí fue donde todo empezó», ha recordado Mark Ruffalo como el big bang de su vocación.
Aquel niño con déficit de atención y de carácter introvertido encontró entonces su destino, pero le costó muchísimo empezar a llegar adonde quería: trabajó muchos años de camarero (él calcula unos diez) y presentándose a audiciones (que cifra en unas 800). En su cara se ve el empeño y el esfuerzo, también la humildad. «No tengo por qué ser protagonista, puedo ser el actor de carácter. En realidad, eso es lo que me interesa», confirmó.
Ruffalo suele comentar que ha querido decir «cosas relevantes» con sus películas. Y ahí está otro de los grandes motores de su vida: la lucha por lo que cree justo. Contra el fracking, contra la desigualdad en el reparto de la energía, contra Israel y su estrategia genocida… Su última movida fue hace sólo unos días: el intérprete cuestionó la fusión entre Paramount y Warner Bros Discovery, compañías ambas vinculadas con Oracle, empresa de software y servicios en la nube propiedad de la familia Ellison y, según Ruffalo, suministradora tecnológica del ejército israelí. Fue acusado de antisemitismo.
Pocos días después, más de 180 personalidades del entertainment (Jonathan Glazer, Jane Fonda y Joaquin Phoenix, entre otros), firmaron una carta pública de apoyo al intérprete. Muchos de ellos han trabajado con él y saben cómo es. Me imagino a Ruffalo recibiendo la noticia de la misiva y echando una lagrimita, antes de coger su tabla Rip Curl para surfear, lo único que le permite «viajar al aquí y al ahora y bailar con el presente». Mark, tío, eres un cliché pero pareces majo. Eso sí, no te voy a seguir en Instagram ni de coña.













