El Real Madrid sigue encallado en la misma situación que provocó la marcha de Carlo Ancelotti, el despido de Xabi Alonso y el paso fugaz de Álvaro Arbeloa. Un equipo pagado de sí mismo con sus estrellas empoderadas por el presidente, hasta el punto de despreciar las órdenes de sus entrenadores, y un vestuario en el que los egos dominan a un grupo sin líderes. Para hacer frente a este panorama, Florentino Pérez, el hombre que permite todos los caprichos a sus futbolistas, recuperó a José Mourinho. Un técnico que en otra época dominaba los vestuarios con personalidad, carácter y mano dura, pero que llega al Bernabéu en otro contexto. Ni el Real Madrid es el de 2010 ni el portugués es aquel entrenador enérgico de hace tres lustros.
Varapalo por la huida de Rodri
Siete partidos, seis de Liga y uno de Champions, han sido suficientes para confirmarle al madridismo que nada ha cambiado. Mourinho no es el de la etapa anterior. A sus 63 años llega una versión zen del luso, que se ha convertido en defensor a ultranza de la peor versión que se recuerda de Vinícius en el Bernabéu, mientras ha mostrado cierto desapego en la sala de prensa por Arda Guler, el único jugador que hace funcionar orgánicamente al equipo. Huelga decir que Arda es un eslabón más débil que Vinícius. Cuentan desde el club que el varapalo por el fichaje de Rodrigo Hernández por el Barcelona fue muy fuerte para el técnico, que habló dos veces con el capitán de la selección española ganadora del Mundial. Una primera conversación tras la que Mourinho dio por hecha la llegada del madrileño ya que la sintonía entre ambos fue instantánea. Pero los ejecutivos blancos demoraron la negociación con el Manchester City y el futbolista decidió decantarse a favor del interés azulgrana.
El asunto es que el Real Madrid 2026-27 repite los errores y rutinas del equipo que lleva dos temporadas sin levantar un título. Mourinho llegó vendiendo resultados y un Real Madrid ganador, pero la realidad es que a las primeras de cambio ha encajado su primera derrota en Sevilla, ante un Betis tibio, a lo que suma una falta total de propuesta futbolística. Se anunció un equipo con más hambre, pero la realidad es que el equipo termina aculado en su área en un bloque bajo que el propio Mourinho ha confesado en Valdebebas que le incomoda. Se refugia para vivir de las contras, incluso en el Bernabéu, donde terminó pidiendo la hora ante el Inter en Champions, al que ganó por los errores groseros de los italianos y las paradas milagrosas de Courtois.
Mensaje de Vinícius en Instagram tras el partido en Elche / Vinícius Júnior
Este Real Madrid de Mourinho ni siquiera defiende bien, por más que el luso insista en el trabajo táctico defensivo y el compromiso de sus jugadores de ataque en la presión. La realidad no es opinable. Espanyol, Real Sociedad, Betis, Inter, Rayo Vallecano y Elche le han marcado goles, logrando mantener su puerta a cero solo ante el Málaga. Todos los equipos les hacen ocasiones y en todos los partidos Courtois realiza intervenciones decisivas.
Su relación con las estrellas no llega al trato fraternal que tenía Ancelotti con sus futbolistas, pero dista mucho de la exigencia natural que terminó costando el puesto a Xabi Alonso. Mourinho ha llegado a celebrar los robos de balón de Vinícius como goles: «Quien da todo no está obligado a dar más». De hecho, el brasileño es el segundo jugador de campo con más minutos de juego (511) pese a solo haber anotado un gol en seis partidos. El primero es Kylian Mbappé, quien está más pendiente del Balón de Oro y de ajustar cuentas en la sala de prensa. «Un jugador que marca 40 goles no puede ser un problema», apuntó Mourinho sobre Kylian, al que el Bernabéu también señala como unas de las causas de que el Real Madrid no haya levantado un título en los dos últimos años. El Balón de Oro que no ganó Vinícius podría ser el primero.
Indolencia en las segundas partes
El último síntoma preocupante del equipo, que confirma la indolencia de una plantilla acomodada, es la costumbre que tiene de dejarse llevar cuando los partidos parecen resueltos. Especialmente en las segundas partes, en la que perdieron el partido con un Betis al que le dieron vida tras fallar ocasiones en la primera, ante un Espanyol al que debieron sentenciar antes y terminaron ganando en el descuento con un tanto de Espí, o en Elche, donde pasó exactamente lo mismo. Incluso al Inter en el Bernabéu, al que se fueron ganando (2-0) al descanso, y rozó el empate tras el descanso.
Mourinho está siendo más sibilino que explícito en esta segunda etapa en el Madrid. Deslizó tras la derrota ante el Betis que en Sevilla la afición verdiblanca apoyaba a su equipo los 90 minutos y no le pitaba, en un claro mensaje a los madridistas del Bernabéu. Y en Elche advirtió, no sin razón, que desperdiciaron muchas ocasiones para dejar el marcador sentenciado en la primera parte. Mensajes que alterna con un discurso conformista que ha provocado que el madridismo caiga en la desilusión cuando el curso acaba de comenzar.
Así llega el Real Madrid a un derbi que puede ser un punto de inflexión o la mecha que haga explotar una situación, como lo hizo el año pasado con Xabi. Tras aquella derrota en el Metropolitano Jude Bellingham tuvo su primer enfrentamiento con el tolosarra, y en el viaje inmediatamente posterior a Kazajistán Valverde se revolvió en la sala de prensa y Vinícius le hizo un desplante al ser sustituido. No parece que eso vaya a ocurrir con Mourinho, pero el temor que el vestuario tenía al portugués a su llegada ha tornado en simple respeto. No hay ni rastro del técnico marcial e incendiario de la primera etapa. Así que las estrellas siguen haciendo y deshaciendo a su antojo. Hasta Vinícius daba por hecho anoche en sus redes, tras un partido espantoso en Elche, que jugará en el Metropolitano. Motivos hay de sobra para que no lo haga, pero este Mourinho no es el que era.
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