Burgos existe. Sí, como equipo corren la Vuelta y lo hacen con las mismas ganas que todos, que los famosos, que los que han venido aquí a ganar, o por lo menos a intentarlo. Van por la misma carretera y, la verdad, tampoco es que lo hagan mucho más lentos que las figuras que sería fácil nombrar. A las afueras de su autobús, en las salidas de la carrera, no se agrupa tanta gente; la familia y los amigos de los corredores son los que se olvidan de los demás porque ellos sólo quieren dar ánimos a los suyos y poco les importa quién gane la carrera.
No llevan un parque automovilístico, ni lujoso, ni cargado de coches. Van con lo justo y necesario y muchas veces se tienen que dar prisa en ser los primeros que llegan al aparcamiento en los hoteles que le asigna la organización. De lo contrario, ya no encuentran sitio o tienen que ingeniárselas con cable y más cable para localizar uno de los puntos de luz. O poner buena cara, la que se muestra a los amigos, aunque estés cabreado, para que uno de los equipos grandes acerque un poco más sus vehículos y les dejen un lugar para trabajar.
Cenar en el restaurante del hotel
No llevan cocinero, ni camión para que los corredores desayunen y cenen en familia. Los ciclistas del Burgos Burpellet BH, nombre oficial de la escuadra, se sientan en el restaurante del hotel, en una mesa previamente reservada por uno de los masajistas, que coloca un cartel, que se sepa que es para ellos, y allí se reunirán los ciclistas que degustarán el menú del establecimiento; eso sí, con las peticiones que les hace llegar el nutricionista.
Atacan y se fugan sabiendo, casi siempre, que conquistar la meta en primera posición es un reto imposible. El conjunto burgalés acudió por primera vez a la Vuelta en 2018 y sólo se perdieron la de 2024 porque, al necesitar invitación de la organización, siempre hay algún año que no las hay para todos.
El vuelo del ‘gorrión’
¡Ah! en la memoria del Burgos ocupa un lugar inolvidable la fecha del 29 de agosto de 2019. Era miércoles y se disputaba la quinta etapa de la Vuelta que acababa en lo alto de Javalambre, sierra de Teruel. Hubo fuga y en ella se coló Ángel Madrazo, al que llamaron ‘El Gorrión’. Pocas celebraciones, por las emociones y hasta lágrimas, fueron tan conmovedoras como la conseguida por el corredor cántabro. Le preguntaron qué es lo que le haría ilusión obtener por la victoria y como un chiquillo dijo que una Play Station. Hasta bromeó que si los periodistas podían poner cinco eurillos porque su mujer no se la dejaba comprar. La empresa fabricante lo leyó y a los pocos días le hizo llegar y le entregó una consola con el juego de fútbol que también había pedido.
Sirva el recuerdo para constatar la diferencia entre corredores que viven como un sueño único en la vida conseguir un triunfo en una carrera como la Vuelta y los que los coleccionan y jamás se les ocurriría pedir tal cosa, porque se pueden comprar las consolas y los videojuegos que quieran y hasta coches de lujo si les da la gana.
El ciclismo es de corredores ricos y de parias. Ningún corredor del Burgos reside en Andorra, ¿para qué? En sus casas y en sus pueblos se sienten felices y, la verdad, el ahorro de impuestos tampoco sería significativo para ellos de emigrar a los Pirineos.
Poderosa comunicación
Pero hay una cosa en la que el Burgos supera al resto de escuadras y es la ilusión que le pone Daniel Montes a la hora de informar de los éxitos, pocos, pero entrañables para ellos, y de la actividad diaria del equipo. Si el WhatsApp de escuadras como el UAE o el Visma funcionase con tal actividad sería como seguir en directo hazañas de Pogacar, Del Toro, Vingegaard o Van Aert, en vivo y con emoción; fotos, clasificaciones, declaraciones del primer ciclista de los suyos que ha cruzado la meta, da igual que haya sido el 15 que el 25… y sirve este texto para entonar el mea culpa del periodista que apenas ha hablado y saludado al responsable de prensa del equipo, lo que no sucede con los bloques más potentes.
El Burgos existe y hasta el sábado pasado, Mario Aparicio, el mejor de sus corredores, 16º en la Vuelta, estuvo a punto de ganar la etapa de la Sierra de la Pandera. Atacó a seis kilómetros de la cumbre, se fue en solitario y a tres lo pillaron para esfumar los sueños de la escuadra.
De vencer, sólo hubiese faltado lo que le ocurrió a Fede Etxabe y de lo que siempre se quejaba Javier Mínguez, su director. En 1987, ganó la etapa del Tour de Alpe d’Huez; ahí es nada. Tuvo la desdicha de que el mismo día Pedro Delgado se vistió de amarillo y casi ni salió en los papeles. Por lo menos, el nombre de Etxabe figura en una de las famosas 21 curvas del templo ciclista de los Alpes.
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