Manuel Pimentel (Sevilla, 64 años) cita en la sede del Grupo Almuzara, la editorial que fundó después de marcharse de la política. Está en la calle Cervantes, frente a la casa-museo de Lope de Vega, en el Barrio de las Letras de Madrid. El lugar es el idóneo para mirar atrás.
En el año 2000 dejó el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales de José María Aznar. Tenía 39 años, llevaba apenas 13 meses en el Gobierno y pasó a formar parte de la escasa decena de ministros que han dimitido desde 1977 por un asunto relacionado con la corrupción, aunque en su caso fuera de forma muy colateral.
Entendí que no iba a ser feliz en política. Pensé que iba a ser más feliz en la calle y me reafirmo»
Veinticinco años después, su nombre vuelve a resonar en una España sacudida por los escándalos, las responsabilidades y la resistencia a dimitir. Pimentel no acepta el papel de conciencia de nadie. «Aprendí hace mucho tiempo a no ser árbitro moral de nadie», afirma. Pero sí conserva una certeza: «El poder hace que se tenga cierta sensación de impunidad. Nada más falso que la sensación de impunidad de las personas que están continuamente observadas». Nos pueden venir muchos nombres a la cabeza, pero él prefiere no citar ninguno.
Admite que «no es un buen momento para la imagen de España ni del Gobierno», pero evita señalar tramas o partidos. «Ya son muchos años de democracia y son muchos los casos. Cada uno tiene su particularidad, pero todos ellos son de alguna forma similares. No merece la pena», suspira.
Pimentel llegó al PP a finales de los 80, preocupado por el desempleo en Andalucía y con la sensación de que tenía que ayudar en algo. Era ingeniero y tenía una empresa. No conocía a nadie dentro del partido. No recibió la llamada de ningún dirigente. Buscó dónde estaba la sede en Sevilla, fue a afiliarse y comenzó preparando documentos y argumentos para los diputados autonómicos.
Manuel Pimentel, el 7 de julio, antes de la entrevista, en la sede de la editorial Almuzara, en Madrid. / José Luis Roca / EPC
Sus dos principales referencias fueron Soledad Becerril (alcaldesa de Sevilla, diputada, senadora, ministra de Cultura y Defensora del Pueblo, entre otros cargos, dejó la vida pública en 2017) y Javier Arenas (diputado, senador, vicepresidente del Gobierno, ministro de varias carteras… sigue al pie del cañón y es uno de los hombres de confianza de Alberto Núñez Feijóo). Becerril lo nombró secretario general adjunto del PP en Sevilla y Arenas, al asumir el Ministerio de Trabajo, lo llevó a Madrid como secretario general de Empleo. Conserva cariño por ambos.
Su llegada a la Administración central le permitió descubrir una maquinaria que funcionaba mejor de lo que suele imaginarse desde fuera
Su llegada a la Administración central le permitió descubrir una maquinaria que funcionaba mejor de lo que suele imaginarse desde fuera. Habla de unos cuerpos de funcionarios con un elevado nivel profesional y de ministerios que no se detienen cuando cambia el Gobierno. También le sorprendió fue la capacidad para generar debate. Desde la oposición, en Andalucía, podía pasarse días intentando colocar un mensaje; desde el Gobierno, cualquier frase adquiría una repercusión que obligaba a medir cada palabra.
El Ejido y la inmigración
Su dimisión llegó apenas 13 meses después de haber asumido la cartera de ministro. Durante sus últimas semanas en el cargo sucedieron los graves disturbios racistas de El Ejido (Almería), en febrero de 2000, cuando cientos de inmigrantes sufrieron el acoso de la población tras tres asesinatos de españoles. Un marroquí en tratamiento psiquiátrico había matado a una española y otro joven de ese país, a dos agricultores. Pimentel defendió la necesidad de integrar a los inmigrantes, con obligaciones pero también con derechos, una posición que le enfrentó al alcalde del El Ejido, del PP, y también a miembros de su propio Gobierno. Aznar dijo entonces que “lo fácil es opinar sin estar en el lugar”, que se entendió como un apoyo a alcalde.
España, sostiene, seguirá necesitando inmigración y debería contar con una política de población y una estrategia a largo plazo. “Cada regularización es la constatación de un fracaso, de la no política de inmigración”, afirma sobre el proceso que se ha vivido estos meses en España.
Explica por qué no consultó su dimisión con Aznar: «No puedes decir ‘Estoy pensando que voy a dimitir’, porque empiezan mil presiones. El que se quiere ir de verdad, se va»
Los sucesos de El Ejido y sus diferencias dentro del PP no provocaron por sí solos su marcha, pero le hicieron reflexionar sobre su futuro. “Para seguir en política tienes que tener vocación y una gran capacidad de sacrificio. Yo, en esas circunstancias, entendí que no iba a ser feliz en política. Pensé que iba a ser más feliz en la calle y me reafirmo”, relata.
El escándalo de Aycart
La causa inmediata de su salida llegó pocos días después, tras el escándalo que afectó a Juan Aycart, entonces director general de Migraciones. La esposa de su colaborador participaba en una empresa que había recibido subvenciones del Instituto Nacional de Empleo (Inem). Pimentel despidió a Aycart y, al día siguiente, anunció su propia dimisión. Admite que aquel episodio fue la gota que colmó el vaso, no la única razón. Sin el escándalo probablemente habría continuado, pero ya sabía que no quería permanecer indefinidamente en política. “Entendí que era un momento estupendo para irme a mi casa”, cuenta. El matrimonio no fue imputado en ningún momento. No se apreció delito, solo falta de ética.

Manuel Pimentel, todavía ministro de Trabajo, y el presidente del Gobierno, José María Aznar, el 1 de febrero del año 2000 en un acto en Madrid. Faltaban 19 días para que Pimentel presentara su dimisión. / PACO CAMPOS / EFE
No consultó previamente su decisión con Aznar. “Si te quieres ir de la política, lo que no puedes decir es: ‘Estoy pensando que voy a dimitir’. Empiezan mil presiones: cuando te quieres ir, te vas”. Y lo resume: “El que se quiere ir de verdad, se va”. Su consejo para quienes ocupan hoy responsabilidades públicas es acudir a la política para «construir» y «mantener la honestidad».
Una vida al otro lado
Dejar la primera línea no le costó. Seguía viviendo en Córdoba, mantenía los mismos amigos y conservaba un entorno ajeno a los cargos. Regresó a la ingeniería. Después se preguntó qué quería ser de mayor y decidió ser editor. En 2004 fundó Almuzara, que ha ido incorporando sellos y ampliando su catálogo. “Las cuentas van saliendo y creces con esfuerzo, pero nadie debe entrar en el mundo editorial si el dinero es prioritario para él. El mundo editorial es otra cosa”, afirma.
No volvería a la política, aunque tampoco reniega de ella. “La política es el mejor laboratorio que existe para conocer el alma humana”, sostiene. Su conclusión es optimista: “En el balance entre las tinieblas y la luz, gana la luz. A pesar de nuestras miserias, lo bueno pesa sobre lo malo”. Para Pimentel, de la política se sale si se ha conservado una vida al otro lado.
Suscríbete para seguir leyendo












