Con la Iglesia y con la muerte a navajazos de un sacerdote jesuita en La Mina topan Petra Delicado y Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951) en ‘Bajo el cielo infernal’ (Destino), novela con la que la primera mujer policía de la novela negra española celebra sus 30 años en las librerías lidiando con el luto mientras agavilla intrigas parroquiales, silencios incómodos y turbios secretos fraguados en las calles de uno de los barrios más desfavorecidos y estigmatizados del área metropolitana de Barcelona.
A Petra la reencontramos en ‘Bajo el cielo infernal’ de duelo por la muerte de su marido y aún más airada que de costumbre.
Pensé que incluso me convenía escribir algo así, porque el fallecimiento de mi marido también me ocurrió a mí en ese momento. Pensé que me ayudaría. No ha sido grato y a veces ha sido duro, pero pensé que no había otra salida.
¿Se reconoce entonces en esta Petra tan enfadada, con el duelo en carne viva?
Hombre, «Madame Bovary, c’est moi». Siempre hay cosas tuyas en los personajes. En mi caso, probablemente es una fase bastante común, pero estaba más enfadada que entristecida. Todo el mundo piensa en sí mismo cuando muere su compañero, pero yo me cabreaba por él: no va a vivir esto, no va a seguir con aquello… ¿Por qué tan joven? ¿Por qué en un buen momento? Me cabreaba por mi difunto.
¿Escribir ‘Bajo el cielo infernal’ ha tenido algo de terapia?
No. Sigo enfadada. Pero el tiempo que ha pasado y haber podido decir que estaba cabreada sí que me han venido bien.
Yo soy del 68 y esto no es lo que esperábamos. Me inquieta y me enfada profundamente la explosión de la extrema derecha y ver a algunos jóvenes adscribirse a ella sin tener ni idea de lo que están hablando»
En las últimas novelas de la serie ya empezaba a perfilarse una Petra cada vez más crítica, más incómoda en la sociedad en la que le ha tocado vivir.
Yo, como Petra, soy contradictoria. Hay cosas que me parecen extraordinariamente armónicas. A lo mejor tienes una relación momentánea con un camarero, le haces un chiste, lo entiende, os reís y ese instante te da una gran paz. Y luego hay momentos en los que sigo enfadada con el mundo porque leo las noticias y veo cómo vamos y hacia dónde vamos. Yo soy del 68 y esto no es lo que esperábamos. Me inquieta y me enfada profundamente la explosión de la extrema derecha y ver a algunos jóvenes adscribirse a ella sin tener ni idea de lo que están hablando. También me pasa con las mujeres. Las chicas de mi generación cuestionaban mucho el matrimonio y ahora las ves ilusionadísimas otra vez con casarse de blanco y celebrarlo con todos sus amigos. Puede ser anecdótico, pero resulta un poco frustrante.
Alicia Giménez Bartlett posa para el Periódico en el barrio de La Mina / Jordi Otix
¿Es esta sensación de regresión la que le ha hecho fijarse en una institución que no se caracteriza precisamente por ser un dechado de modernidad y dinamismo?
La Iglesia no va hacia ninguna parte porque siempre está en sí misma. Se adapta. Veremos hacia qué se adapta. De la Iglesia me llama la atención todo. Desde la liturgia, que es maravillosa, hasta su capacidad para sobrevivir en el tiempo. También la enorme diferencia entre unos curas y otros: desde algunos que son unos fascistones hasta otros que se entregan en cuerpo y alma. Me interesa mucho. Voy bastante a Italia y he contemplado algunas ceremonias increíbles. Es como el teatro sobrenatural hecho realidad. Yo no soy religiosa, pero soy profundamente respetuosa con las creencias de los demás. Y eso lo digo completamente en serio. Si ves que alguien cree profundamente en algo, no tienes por qué acercarte a decirle que eso es una mierda. Das un paso atrás y respetas.
Y, sin embargo, en la novela no se salva ni el cura de barrio.
¿Te lo parece?
Bueno, es el que aparece muerto.
Sí, es una visión un tanto negativa…
Siempre ha dicho que cuando jubile a Petra Delicado la meterá a monja, pero igual después de esta novela no le dejan.
Bueno, a lo mejor ahí tengo una penitencia. Pero en realidad no es una crítica sangrienta: las cosas que se cuentan pertenecen todas a la realidad.
«Escribir una novela sin tus personajes habituales es muy duro».
¿Por qué La Mina?
Por una cuestión puramente estructural. Tengo contacto con policías que me ayudan y les pregunté dónde podía suceder algo así. Todos coincidieron en La Mina. Necesitaba un barrio donde todavía hubiera algunos puntos conflictivos, sobre todo relacionados con la droga, y donde pudiera existir una cierta ‘omertà’: un lugar donde preguntas a la gente y, por una parte, puedan pensar que se van a meter en un lío y, por otra, que no quieran contribuir a estigmatizar todavía más su barrio.
¿Sigue apoyándose en el asesoramiento policial a la hora de escribir sus novelas?
Hay cosas que tengo que saber. Durante muchos años tuve como asesora a Margarita García, que llegó a comisaria y se acaba de jubilar. Yo le hacía preguntas y ella me las contestaba. Muy pocas veces me dijo: “Esto no te lo puedo contar”. Eso sí, no le enviaba el original porque un policía también es un lector y ella prefería no saber lo que iba a pasar.

Alicia Giménez Bartlett posa para el Periódico en el barrio de La Mina / Jordi Otix
Se cumplen 30 años de la publicación de ‘Ritos de muerte’, la primera novela de la saga. ¿Imaginó en algún momento llegar hasta aquí?
Acababa de hacer un libro sobre la cocinera de Virginia Woolf. Me dieron una beca en Estados Unidos, porque los diarios estaban ahí. Acabé cansada y hasta las narices , así que me lancé a hacer una novela negra para divertirme, sin tener ni puñetera idea. Cayó en gracia y con la segunda ya empecé a informarme de cómo se hacía esto de escribir novela negra.
Y en todo este tiempo, ¿qué diría que ha aprendido sobre el crimen?
Lo banal que es. Hay que complicar las tramas porque la realidad no da para tanto. En la vida real, o no resuelven el caso, o hay grandes pausas en la investigación, o atrapan al culpable con relativa facilidad.
Todo el mundo piensa en sí mismo cuando muere su compañero, pero yo me cabreaba por él: no va a vivir esto, no va a seguir con aquello… ¿Por qué tan joven? ¿Por qué en un buen momento? Me cabreaba por mi difunto»
Por cierto, ¿qué sería de Petra sin Garzón? Cada vez parece más su ancla, su toma de tierra.
No sería nada. Alguna vez me han encargado un cuento en el que tenía que salir solo Petra y he sido incapaz. Una vez hice uno para un periódico italiano y no tenía ni puñetera gracia. Creo que Garzón incluso me cae bastante mejor que Petra.
Entonces, ¿no le cae bien?
A veces es un poco excesiva.
Cada vez más.
Eso me han dicho, sí. ¿Debería volverse dulce?
Ya lo dice ella misma en la novela: «Llevo muchos años en mi propia compañía y conocer a una nueva Petra resultaría un esfuerzo ridículo».
Eso es [risas].
¿Qué le hace volver y una otra vez a Petra Delicado?
Volver a encontrarte con una amiga. He intercalado bastantes libros que no son de Petra. De hecho, mis premios no son de novela negra. Pero cuando vuelves a ella, lo primero, y no sé si debería decir esto, es que es todo más fácil: no tienes que crear al personaje. Ya está creado. Sabes cómo habla, cómo se mueve y conoces la estructura de sus casos. Sabemos también que son novelas más mentales que violentas. Y además es un territorio de amistad. Escribir una novela sin tus personajes habituales es muy duro. Tienes que encontrar una voz narrativa, decidir desde dónde empiezas, descubrir si te cae bien o mal aquel sobre quien estás escribiendo… En cambio, vuelves a Petra y dices: «Hola, querida amiga. Aquí estás». No me ha cansado. Y el cansancio es muy importante. Tanto como el miedo a repetirse.
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