La situación que ahora ocurre en la ciudad de Ceuta es una de las mayores crisis recientes, tanto geopolítica como de seguridad y humanitaria, que afronta la Unión Europea en su frontera Sur. Como diría el politólogo Joseph Nye, en Ceuta se dirimen distintas partidas simultáneas en diferentes tableros de ajedrez superpuestos: la dimensión histórica, la geopolítica, la socioeconómica y la moral. Todas trascienden a la especial relación existente entre España y Marruecos. Y todas remiten a la responsabilidad, contraída pero no asumida, de una Europa respecto a un continente que fue su territorio colonial hasta prácticamente la década de los sesenta y setenta del siglo XX.
Hay cuatro lecturas de urgencia sobre esta crisis. En primer lugar, es evidente que la irrupción irregular de casi 80.000 personas, en apenas unas horas, a una ciudad como Ceuta, de unos 85.000 habitantes, supone una conmoción difícil de imaginar y más aún de gestionar. Hablamos de personas sin recursos, la mayoría jóvenes y muchos de ellos menores, de los que una gran parte, no menos de cinco o seis mil, siguen deambulando por las calles cuatro semanas después. En segundo lugar, es evidente también, que esta modalidad de agresión «hibrida» no se habría producido sin el conocimiento previo y la permisividad de las autoridades de Marruecos. Todos sabemos, porque hay precedentes, cómo utiliza los tiempos y la población civil, un régimen que ahora se siente reforzado en el plano internacional por EEUU e Israel. En tercer lugar, la estrategia de apaciguamiento del gobierno español ha sido equivocada. Como también lo ha sido haber dado una respuesta tardía, descoordinada, insuficiente y confusa, en vez de responder con decisión para ocuparse desde el primer momento de una crisis humanitaria sin precedentes en la ciudad. Y, en cuarto lugar, que el principal partido de la oposición asuma las posiciones radicales de la extrema derecha europea en esta cuestión, incluso pretendiendo ignorar la vigente legislación comunitaria y española, es algo impropio de responsables con larga tradición de gobierno que en algún momento tendrán que afrontar situaciones de similar gravedad.
Fractura institucional, económica, social, demográfica y ambiental
Más allá de las lecturas de urgencia, aquí se sugiere una mirada distinta con el único propósito de que lectoras y lectores puedan disponer de más argumentos y extraer sus propias conclusiones. Se pretende situar la crisis de Ceuta en el contexto de la gran brecha existente entre el Norte y el Sur de un Mediterráneo que algunos quieren convertir en fortaleza desde la ribera Norte y otros aspiran a llegar a la otra orilla, aun a riesgo de su propia vida. De hecho, según indica la Organización Internacional para las Migraciones, solo durante esta última década, más de 30.000 personas han perdido la vida intentando llegar a Europa a través del Mediterráneo y otras 6.000 lo han hecho en el desierto de Sáhara. Son solo cifras estimadas, puesto que no sabemos el número total de personas desaparecidas.
El Mediterráneo simboliza la mayor zona de fractura institucional, económica, social, demográfica y ambiental que existe en el mundo entre dos espacios geográficos vecinos. Si nos centramos en el plano demográfico y el nivel de renta, los datos avalan esta afirmación. En el mejor caso, como por ejemplo Marruecos, la distancia de indicadores básicos entre ambas orillas es 10:1. En la mayoría de países los datos son más desfavorables.
Cuadro brecha norte-sur en el Mediterráneo. / Levante-EMV
En cuanto a la brecha demográfica, en ninguna otra parte existe tanta distancia entre un mundo que envejece y un mundo que asiste a un crecimiento demográfico todavía importante hasta mitad de siglo. De los algo más de 900 millones de habitantes que calcula el Banco Mundial en 2025 para el conjunto de los 19 países africanos que se incluyen en el cuadro y de donde procede el grueso de la inmigración hacia Europa, la población estimada para esos mismos países en 2050 es de más de 1.500 millones. Solo Nigeria tendrá casi la misma población que toda la Unión Europea hacia mitad de siglo y el conjunto de África pasará de los 1.500 millones de habitantes actuales a los 2.500 millones. En torno al 60% tendrá menos de 25 años. El contraste con la otra orilla no admite parangón con ninguna otra región en el mundo: de los 450 millones de habitantes con que cuenta la UE en 2026, las proyecciones señalan que la UE contará con 445 millones para 2050. Y casi uno de cada tres tendrá 65 años o más. Europa es la única región del mundo que tendrá menos población que ahora hacia mitad de siglo. Solo algunos países, como España, presentan un discreto crecimiento gracias a la reciente inmigración llegada desde el año 2000, con el paréntesis de la gran recesión y la pandemia
Se entiende por ello que el presidente Macrón hable de la necesidad de un «rearme demográfico» para un país como Francia que en 2025 registró por primera vez desde 1945 más defunciones de nacimientos. Se entiende mucho menos que la UE financie a ‘Estados tapón’ para que hagan de muro de contención, las llamadas a la vuelta a una Europa «blanca», a las deportaciones masivas o a la «remigración», cuando lo que se necesita es abordar en serio un gran debate en toda Europa sobre la necesidad de impulsar políticas de inmigración de forma regular, ordenada y sostenida durante décadas. Si queremos asegurar para futuras generaciones lo esencial de nuestro modelo social, la Unión Europea necesita acoger a más de 70 millones de nuevos inmigrantes antes de 2050. Conscientes, sin duda, de que una Europa crecientemente diversa planteará desafíos y generará tensiones relacionadas con la gestión de la multiculturalidad. Como ya ocurre desde hace tres décadas en muchos países de la UE. Pero es uno de los grandes dilemas que la Unión habrá de afrontar en algún momento.
En segundo lugar, en relación con el nivel de renta, la fractura es, si cabe, aún mayor. Como lectoras y lectores habrán escuchado estos días, los jóvenes que deambulan por Ceuta no quieren regresar a sus países; ni siquiera los y las menores. No solo proceden de Marruecos, sino de muchos Estados frágiles (algunos fallidos) con modelos de crecimiento sin desarrollo, con déficit históricos derivados de la etapa colonial y la posterior fase neocolonial, con precarios sistemas de protección social y baja calidad institucional, con niveles de pobreza extraordinarios y con indicadores de PIB por habitante como los que se indican en el cuadro. Los modelos extractivos son conocidos: autoritarismos, economía de rapiña, control de materias primas por empresas transnacionales y élites locales clánico-familiares (políticas, económicas y militares) y sistemas económicos «a dos velocidades» donde prevalece la impunidad, la represión y la violencia en muchos casos.
Falta de oportunidades
Una situación que no ofrece oportunidades a jóvenes que decepcionados con las falsas promesas de sus corruptos gobiernos miran hacia Europa como solución. Porque igual que deambulan por las calles de Ceuta, lo hacen por decenas de millones por las calles de sus ciudades y pueblos de las áreas rurales. El profesor Gilles Kepel, gran conocedor del Magreb, los definió como hittistes, de la raíz árabe hit, que significa muro o pared. Aludía a esos jóvenes ociosos, sin futuro y sin rumbo, que pasan el tiempo en sus barrios apoyados en la pared. El creciente cisma entre las sociedades y sus gobiernos explica que parte de la base del islamismo radical en esos países proceda de esa juventud.
Una nota adicional sobre el hecho migratorio. Conviene recordar que las personas que consiguen llegar a Europa procedentes de África o más allá (piensen en Siria, Gaza, Afganistán o Bangladesh) representan una parte muy pequeña de las personas migrantes. Las corrientes migratorias más importantes tienen la dirección Sur-Sur. Unos, desplazándose de las zonas rurales a las urbanas en sus propios países; otros, convertidos en refugiados, atravesando fronteras huyendo de la guerra, de la violencia y del hambre provocado por crisis ambientales cada vez más frecuentes. Si se observa el dato del cuadro referido a la esperanza de vida, poner un pie en Europa puede significar para muchos alargar su vida diez o incluso veinte años.
Finalmente, en el plano geopolítico nos hemos adentrado en un laberinto del que no sabemos salir. El contexto viene marcado por la creciente irrelevancia de la Unión Europea en el conjunto de África en favor de China, en menor grado de Rusia y más recientemente de Estados Unidos. Más allá de las importantes relaciones económicas entre algunos países de ambas orillas, todas las evidencias confirman también la enorme y creciente distancia existente entre muchos Estados africanos con sus antiguas metrópolis. Algunos como Francia, han sido literalmente expulsados del Sahel.
Apostar por nuevos enfoques
Hace tiempo que la Unión Europea debió haber impulsado una agenda creíble para su frontera Sur. Amurallar nuestras democracias y externalizar el problema no es la mejor opción. Sería más aconsejable apostar por nuevos enfoques en materia de política migratoria y de cooperación e inversión como formas específicas de desarrollo, distintas a las seguidas durante décadas. Solo la ribera Sur necesita crear más de 50 millones de nuevos empleos antes de mitad de siglo. Los grandes retos son conocidos: a) recomponer la confianza, acabando con las actitudes «coloniales» y paternalistas, con los dobles raseros y con el apoyo al modelo de élites corruptas; b) colaborar en la mejora de la calidad institucional, c) acelerar la transición demográfica, la consecución de los ODS para el bienestar de mujeres y niñas y fortalecer programas de planificación de la familia, en especial en países que se encuentran inicio de la transición demográfica; d) impulsar nuevos modelos de desarrollo rural y abordar las consecuencias ambientales del crecimiento urbano; d) cambiar las reglas comerciales y hacer más cosas juntos, y e) abordar de forma coordinada los efectos del cambio climático.
Ha habido demasiados anuncios fracasados y compromisos incumplidos, especialmente desde 2017. No se ha prestado la atención debida a los riesgos derivados de la situación en el Sahel, donde Rusia está muy presente, y la amenaza potencial que implica. Y la única respuesta clara que hemos sido capaces de articular ha sido apostar por el repliegue y la externalización, reforzando las posiciones «securitarias» de una Europa fortaleza. Los términos que destacan son deportación, destierro y centros de internamiento en las fronteras. Este es otro de los grandes dilemas morales que en algún momento la Unión Europea deberá abordar: si prefiere seguir la ‘vía Trump’ o reivindicarse ante la comunidad internacional defendiendo sus propios valores.
* Joan Romero es catedrático emérito y profesor de Geopolítica en la Universitat de València
Fuente: Levante – EMV















