La polarización solo tolera el análisis de brocha gorda. Dicen que por las redes sociales. No únicamente. La capacidad de agrupar lo diverso en un solo bloque exige buscar comunes denominadores muy mínimos. Por ejemplo, los voceros de la actual Moncloa dividen el mundo entre el fascismo-nazismo-extrema derecha-trumpismo y Pedro Sánchez. Los días que necesitan algo más de ecuanimidad, le suman al Papa, a Lula y cuatro más. Ya hablaremos en su momento de Pedro Sánchez, centrémonos en lo que denominan el bloque de extrema derecha. No hace falta tener una mirada amable sobre ese mundo para admitir y explicar que en esa amalgama hay mucha más diversidad de la que la polarización necesita para auto cumplir sus profecías. Solo hay que mirar, por ejemplo, al Parlamento europeo para verla. Sí, ya sabemos que unos se contagian a otros, pero para hacerlo deben seguir siendo cuerpos diferentes.
Los nazis están aislados
Si algún partido de ese bloque de la extrema derecha puede calificarse propiamente como nazi es Alternativa por Alemania, que ya suma el 20% de los votos en sus elecciones nacionales, pero que en el Parlamento Europeo reúne a un grupo parlamentario (Europa de las Naciones Soberanas) con 27 escaños de un total de 726. El resto de formaciones que la polarización aúna en la extrema derecha adversaria de Sánchez se reparte en otros tres grupos: el Partido Popular Europeo (PPE) con 188 escaños, que es el mayor de la cámara, los Patriots for Europe, donde están el Frente Nacional de Le Pen y Vox con 84 y los European Conservatives and Reformists, que suman 78 alrededor del partido de Meloni. En el día a día de las votaciones en Bruselas y Estrasburgo, el PPE de Núñez Feijóo y los de Meloni coinciden más a menudo que con los Patriots de Abascal y los alemanes. A ese bloque al que Sánchez pretende derrocar le falta, pues, como mínimo, el componente nazi, cosa que no le exime de ser xenófobo, islamófobo y autoritario.
Vox, alumno rezagado
Pese al oxígeno que recibe cada día tanto desde el potaje madrileño como desde los mariachis de La Moncloa, Santiago Abascal es el alumno que saca peor nota en ese bloque que interesa cimentar para polarizar. En las elecciones del 2023, consiguió el 12,3% de los votos, y tuvo su máximo en 2019, cuando alcanzó el 15,08%. Sus colegas de los Patriots sumaron el 29,2% en los últimos comicios franceses y ese es su máximo histórico. Meloni tiene el 25,9% mientras que los alemanes alcanzan el 20,8%. Por mucho que cierta izquierda lo proclame y los diarios lo titulen, España no padece exactamente el mismo problema con el populismo de derechas que el resto de Europa. O le falta espacio o le falta talento. Porque medios no parece que le falten. Como decía el escritor chileno Rafael Gumucio en la magnífica entrevista que le ha hecho Iñaki Ellacuría, quizás a fuerza de insistir, la izquierda algún día consigue que exista la ultraderecha que ha inventado.
En la trampa de Feijóo
Vox, como antes Ciudadanos y Podemos, ha tenido un crecimiento inercial. Si repasamos los últimos ciclos electorales, sus mejores resultados coinciden con los momentos en los que la corrupción colapsa la agenda política. Su principal vector de crecimiento no es la inmigración, que lo es, ni el hundimiento de la clase media, que lo es, sino ese lema tan hispánico de «todos son iguales» que permite a los votantes alejarse del bipartidismo y lanzarse a aventuras sin demasiado control de calidad por su parte. Y en las filas de los de Abascal hay preocupación por ese estancamiento que les lleva incluso a augurar que su falta de empuje, sumada a la apatía demoscópica del PP, podría comportar que en unas elecciones generales el bloque no llegara a sumar. Lo cual haría a Pedro Sánchez, de nuevo, presidente del Gobierno. Una pesadilla para el potaje madrileño. La cuestión es con qué discurso puede pretender Vox volver a crecer: si con el irredentismo de Le Pen, que le ha condenado a dos décadas en la oposición, o con el pragmatismo de Meloni, que le permite oponerse a Trump sin miramientos y aliarse con una socialdemócrata danesa para parar los pies a Pedro Sánchez a raíz del agujero de seguridad nacional que se ha producido en Ceuta. No es Vox un partido que pueda aprovechar la inteligencia de sus corrientes internas para encontrar el mejor camino. La decisión dependerá de unos(s) poco(s). Lo que trata de alimentar el PP, parecería, es que la espiral semántica les condene al irredentismo mientras que la obsesión por el sorpasso, como le pasó a Ciudadanos, los acabe conduciendo a la irrelevancia de la que ninguna ola fascista internacional les llegue a redimir. Veremos.
Fuente: El Periódico













