Unos días antes de convertirse en Madre Mayor de San Lorenzo en la Gran Gala, Rufina Naranjo recibía la noticia de su designación con júbilo y como colofón a una vida marcada por su cariño y trabajo. «¿Y esa no soy yo?», exclamó durante la comida del pueblo en la que tuvo conocimiento del título. «Ay, mira, ¡yo soy la madre mayor!», repitió con sorpresa. Con este gesto, el pueblo capitalino ha querido reconocer a la mujer que durante décadas gestionó una señera peluquería con libertad y determinación.
La joven de arriba
A los 17 años llegó por primera vez a la que iba a ser su casa en San Lorenzo desde El Palmar de Teror, donde se había criado siendo la más pequeña de ocho hermanos. Tantos años después, desde su balcón, observa los dos lugares de su corazón, donde vive y donde nació: «Mira mi pueblo ahí arriba», menciona con cierta melancolía mientras señala al barrio de la villa mariana en donde dio sus primeros pasos. «Mis hermanos fueron a Venezuela y yo me encargaba de llevar las cartas a Teror», rememora. Lo que no se esperaba en aquel entonces es que un día, durante las Fiestas del Pino, conocería a su marido, Isaac, con quien se casaría a los seis meses y sería la razón por la que San Lorenzo hoy es su hogar. «Lo conquisté y me trajo para abajo».
Rufina recuerda con detalle cómo era San Lorenzo cuando era joven. «Todos esos chalets amarillos eran plataneras y naranjos«, explica mientras señala hacia una zona donde su marido solía plantar papas y que actualmente acoge una urbanización. Para ella, el paisaje del pueblo es el escenario en el que transcurriría una buena parte de su vida, en la que pocos meses tras su llegada formaría una familia y tomaría una gran decisión.
Viajó a Barcelona a sacarse «el carnet de peluquería y el de conducir» para ser independiente si su marido fallecía
«Mis hijos son cuatro y fueron seguiditos», comenta sobre su prole, «y la verdad es que tuve un marido espectacular». No obstante, cuando sus hijos eran pequeños, el fallecimiento repentino de un vecino de la edad de su marido le cambió la vida, al provocarle un pensamiento trascendental: «Si mi marido se muere, yo no voy a lavar el piso». Sin pensarlo dos veces, se fue a Barcelona a sacarse «el carnet de peluquería y el de conducir».
Rufina Naranjo Madre Mayor / José Pérez Curbelo / LP/DLP
Los viajes de una mujer que siempre decidió por sí misma
Un mes en Barcelona, en el que fue a clases y prácticas con grandes maestros, hizo que Rufina trajera su conocimiento en las manos para su regreso. Entonces, montó un pequeño salón en el garaje de su casa, que trasladaría hacía un local con el nombre de `Atidelia´, en honor a dos de sus hijos. Allí comenzó una trayectoria que acabaría convirtiéndola en la peluquera de referencia de San Lorenzo.
Rufina no se conformó con aprender un oficio. Cada vez que había un congreso de peluquería, se apuntaba. Barcelona fue el comienzo, pero después llegaron viajes a México, Roma, Holanda y otros destinos. Toda su experiencia hizo que se inspirara y logró que sus habilidades la hicieran conocida en otras partes de la ciudad: «Incluso venían extranjeros y gente de Mesa y López porque sabían que las mechas y la permanente se me daban genial».
Durante décadas peinó a generaciones de vecinos, de los que obtenía una gran lealtad. «Venían de semana en semana con los rulos que les había hecho a repetirlos», añade Rufina al referirse a toda la clientela que acudía regularmente.
Compromiso y cariño por encima de un oficio
Incluso cuando se marchaba de viaje, su familia y el pueblo añoraban sus cuidados. En una ocasión, durante los 15 días que estuvo fuera, su marido perdió ocho kilos, a lo que su médico le dijo que lo que tenía «son mimos», recuerda Rufina entre risas.
Décadas después, vecinos del pueblo se refieren a su actual Madre Mayor como Finita, mientras ella recuerda historias como la de unos niños a los que les cortaba el pelo sin cobrarles cuando a su familia no le llegaba el dinero. «Venían trasquilados los pobres, la madre no tenía dinero porque el padre no le daba».
Les cortaba el pelo a los chiquitos a los que los padres no les daban dinero
El local se convirtió en un lugar de confianza para el pueblo sin importar su cierre «hace 20 años». A Rufina le daba pena «por los clientes de toda la vida», así que decidió que el solar de detrás sería a partir de entonces el lugar donde siguieran «yendo a ponerse los rulos».
Ser madre va más allá de la edad
Hoy, en la entrada de la casa de Rufina, la parrilla, el palmito y el ramo de flores que recibió al ser elegida Madre Mayor recuerdan el reconocimiento a toda una vida de trabajo, cuidados y cariño.
Rufina mantiene a sus 86 años la misma forma de ser y de decidir -«Mi marido nunca me impidió nada», recalca- que la ha guiado durante toda su existencia, un modo de ver la vida que aparece incluso en las fotografías que guarda en su casa. Esa misma determinación que la llevó un día hasta Barcelona continúa presente: «Yo creo que seré como mi abuela, que falleció con 102 años».
Su historia demuestra que el verdadero significado de ser Madre Mayor de las Fiestas de San Lorenzo no está en los años que se pueden acumular, sino en todo lo que Rufina ha hecho con ellos al honrar la libertad con la que siempre quiso vivir.
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