Entre la ría de O Burgo y el mar abierto, Santa Cristina se extiende durante casi dos kilómetros de arena fina formando uno de los arenales urbanos más reconocibles del área metropolitana de A Coruña. Sus palmeras, el largo paseo marítimo, las zonas de sombra y un agua tranquila han convertido esta playa que comparte Oleiros con A Coruña en un refugio para familias, mayores y visitantes que buscan un entorno cómodo sin alejarse demasiado de la ciudad.
La playa cuenta con bandera azul, servicio de socorrismo, limpieza diaria, duchas, accesos adaptados y aparcamiento cercano. Además, una pequeña parte del arenal pertenece al municipio de A Coruña, en la zona más próxima a la ría. La división administrativa forma parte también de la identidad del arenal. Una frontera que, sin embargo, los usuarios apenas perciben. «No se nota nada, convivimos todos perfectamente», resume entre risas Manuel Castro, uno de los habituales de la playa. Para los bañistas, las diferencias entre un lado y otro quedan muy por detrás de lo que consideran realmente importante: que la playa esté limpia, que el agua permita un baño tranquilo y que exista espacio suficiente para pasar el día.
Precisamente esa sensación de tranquilidad es uno de los grandes atractivos de Santa Cristina. María Teresa Romero acude unas tres o cuatro veces por semana y considera que el ambiente es una de las razones que explican el éxito del arenal. «Es una playa tranquila y familiar. Yo veo que vienen padres, hijos, nietos, de todo», cuenta. No encuentra en ella el «bullicio de otros» arenales durante buena parte de la semana y valora que la marea suela permitir un baño «sin demasiadas complicaciones».
Elisa Vázquez, usuaria de la playa de Santa Cristina / Carlos Pardellas
Manuel coincide con esa descripción. «Es una playa muy tranquila, aquí se pasa muy bien. Viene de todo, gente joven, familias, personas mayores… Sobre todo, es un sitio para estar bien«, señala. Para él, Santa Cristina tiene además una ventaja evidente frente a otros puntos de la costa: el agua. «Para los que somos de aquí, el agua está caliente. Está muy buena. Se está de maravilla«, asegura.
Esa temperatura también la percibe Consuelo Muiño, otra de las usuarias habituales. Para ella, el baño es uno de los grandes argumentos para elegir este arenal frente a otros de los alrededores. «El agua aquí está muy buena. Te metes y no te enteras. Yo suelo meterme muy poco a poco y aquí no tengo que pensármelo tanto. En San Amaro está frísima, en Mera también, en Santa Cruz… Aquí está maravillosa«, explica.
El carácter familiar no significa, sin embargo, que Santa Cristina sea una playa exclusiva para vecinos. Al contrario. Quienes la frecuentan aseguran que durante el verano recibe también visitantes de otros lugares y turistas extranjeros. «Son familias, gente de fuera, muchos turistas. Por lo que escucho vienen muchos ingleses, franceses, italianos… Pero también viene mucha gente de aquí, de todo el contorno«, cuenta Consuelo.

Manuel Castro, usuario de la playa de Santa Cristina / Carlos Pardellas
La limpieza es otro de los puntos que más se repite entre las valoraciones positivas. Los usuarios consideran que el arenal presenta un buen estado de conservación y destacan la «limpieza diaria». María Teresa es especialmente contundente: «La playa está como una patena, todos los días está igual. Muy limpia». Manuel también la considera cuidada. «Está muy limpita, basta con ir y verla. Los servicios están bien y la playa está cuidada diariamente«, asegura.
La playa dispone de servicios que facilitan la estancia y el acceso. Cuenta con socorrismo durante la temporada de baño, señalización del estado del mar, duchas, baños adaptados, accesos para personas con movilidad reducida y silla anfibia. La presencia de estos servicios hace que sea una opción especialmente cómoda para familias y personas mayores.
Pero es precisamente en este apartado donde aparece una de las principales reclamaciones de los usuarios. María Teresa considera insuficiente el número de aseos disponibles a lo largo de un arenal tan extenso. «Duchas no faltan, agua y duchas siempre hay. Lo que no hay son suficientes servicios. Las personas mayores no tenemos casi dónde ir. Aquí, en una esquina, sí hay uno, pero desde aquí hasta el fondo ya no hay otro. Después dicen que no hagas pis en la playa», protesta.
Para una persona mayor, explica, recorrer una parte importante de los casi dos kilómetros de playa puede convertirse en un inconveniente. Por eso considera que el problema tendría una solución sencilla: «Aumentar los baños disponibles y distribuirlos mejor por la playa».

La playa de Santa Cristina un día de verano / Carlos Pardellas
La seguridad del baño tampoco genera grandes críticas entre los habituales. La zona de Santa Cristina ofrece unas condiciones que los usuarios consideran generalmente tranquilas, aunque la proximidad de la ría y determinadas zonas de la playa hacen que los bañistas presten más atención. «Allí ya no vamos porque no te debes bañar allí, es peligrosa la ría. En cambio, aquí te bañas fenomenal y tienes el servicio de los socorristas», explica María Teresa.
Manuel también considera que la playa es segura salvo en el extremo próximo a la ría. «Es una playa buena, no es peligrosa, excepto la punta de allí, donde está la ría. Después no es peligrosa. Es una playa muy tranquila», asegura.
Si hay un punto capaz de cambiar la opinión sobre Santa Cristina, ese es el aparcamiento. La situación es cómoda para quien llega pronto, pero se complica a medida que avanza la mañana y, sobre todo, durante los fines de semana. Manuel lo explica desde su experiencia: «Si llegas aquí a las once, muchas veces ya no hay sitio para aparcar. Los sábados y los domingos es el problema. Muchas veces tengo que marcharme hacia Bastagueiro», asegura.

María Teresa Romero y su marido Manuel, usuarios de la playa de Santa Cristina / Carlos Pardellas
El aparcamiento regulado tampoco pasa desapercibido. Los usuarios conocen la zona azul y asumen el pago como parte de la visita. «Hay que pagar, claro. Cuando vengo por la tarde, pago y ya está«, explica Manuel. Para quienes acuden temprano, el problema disminuye. Consuelo señala que su estrategia consiste precisamente en llegar a primera hora. «Como no estés aquí a las nueve de la mañana, aparcar ya es otra cosa. Hay hora azul y hay que pagar. Yo llego pronto y le meto 70 céntimos para toda la mañana«, cuenta.
Elisa Vázquez, otra de las habituales, también prefiere las primeras horas del día. Su rutina empieza pronto y termina antes de que el sol alcance su mayor intensidad. «Yo a las nueve y media ya estoy en la playa y a las doce y media me marcho. No me gusta el sol fuerte. A esa hora todavía encuentro sitio y estoy tranquila», explica. Su experiencia muestra una de las claves de Santa Cristina: la playa puede ofrecer una sensación de amplitud y tranquilidad por la mañana que cambia a medida que aumenta la afluencia.
Los fines de semana son otra historia. Consuelo lo tiene claro: «Yo prefiero la semana, tranquila. No me gusta tener demasiada gente alrededor, quiero espacio para mí. Pero también hay que acostumbrarse a los vecinos y a que los fines de semana venga más gente». El sábado y el domingo, dice, la situación cambia por completo.

Consuelo Muiño, usuaria de la playa de Santa Cristina / Carlos Pardellas
La relación de los vecinos con la playa también está marcada por los recuerdos. Elisa lleva décadas vinculada a Santa Cristina y recuerda un arenal muy distinto al actual. «Yo desde jovencita ya venía aquí. Cuando estaban las casetas de madera, veníamos en el tranvía, cruzábamos la ría en la lancha y pasábamos aquí el día. Los domingos nos poníamos por aquí y veníamos y volvíamos», recuerda.
También ha cambiado la forma de llegar. La pérdida de determinadas conexiones de transporte público supone para algunos vecinos una dificultad añadida. Elisa recuerda que antes existía un autobús que facilitaba el acceso desde A Coruña. «Antes teníamos un bus, el 1A, que nos llevaba y nos dejaba en la playa. Ahora ya no. Entonces da más pereza cruzar el puente y la forma más fácil es venir en coche», explica.
Suscríbete para seguir leyendo













