Hoy no he querido dejar de dedicarle unas líneas a la época más agitada del año: el verano.
El verano de antes era apacible, transcurría por ciudades y pueblos con sus humildes fiestas, cenando a la fresca en calles y plazas conversando entre vecinos mientras los chiquillos jugaban. Los más pudientes se desplazaban a playas, al campo y algunos residentes en la capital pasaban sus días de descanso en el pueblo de su nacimiento, todos respetando siempre las normas del lugar elegido.
El verano de ahora se ha convertido para una inmensa mayoría en una diáspora. Ya se ha hecho un clásico el preguntar a familiares y amigos dónde han pasado las vacaciones, dando por hecho que han tenido que salir de viaje. Parece que, el permanecer una familia en su casa sea un signo de escasez, o de ser un aburrido, o de ambas cosas a la vez. No creo que sea así, pero cada uno es muy libre de pensar lo que le parezca. La realidad es que existen muchas personas que prefieren quedarse instalados en la confortabilidad de su hogar antes que andar atropellándose, maleta en ristre, unos con otros como si fueran hormigas en las colas de las estaciones, aeropuertos, o tomar parte de la “operación salida o retorno” donde las cifras de muertos son muy numerosas. Por supuesto, todo aquel que realiza un trabajo —que, dicho sea de paso hoy en día es una bendición— tiene derecho al descanso, pero el modo de hacerlo es muy subjetivo y no debe estar supeditado a los parámetros que imponga la sociedad.
De todas las maneras, este año ha sido especialmente catastrófico en todos los sentidos. Y es que, queramos o no, es imposible conciliar los numerosos viajes, fiestas, baños y demás actividades vacacionales sin que tengamos que pagar un tributo por ello: accidentes ferroviarios, incendios en medio país, la mayoría de las veces provocados por mentes enfermizas, ahogados, terremotos, invasión en Melilla… Y si le sumamos la crisis política, incluyendo unas elecciones generales demandadas insistentemente por la oposición, el pastel está servido. Este verano ha sido fundamentalmente atípico.
Esperemos que, en lo que queda de estío, no haya que lamentar más incidencias.
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