En el espectro de la extrema derecha europea no es fácil, pese a las coincidencias ideológicas fundamentales, hacerse un croquis exacto del quién es quién y, mucho menos, de quién se lleva bien con quién. La división se ha acentuado en los últimos años entre quienes integran el grupo Conservadores y Reformistas Europeos (CRE), fundado en su día con el concurso de los Tories británicos, hoy obviamente fuera de las instituciones de la Unión Europea (UE), y el grupo de Patriots. Este último lo preside el líder de Vox, Santiago Abascal, gracias a sus buenas conexiones con la líder de Agrupación Nacional (el antiguo Frente Nacional) Marine Le Pen y con el ex primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. El primero tiene como principal cabeza visible a la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, con la que Abascal cultivó muy buena relación antes de su llegada al poder (participó sonadamente en mítines de Vox antes de ser mundialmente conocida, a lo que le ayudó su buen manejo del castellano) aunque ahora formen parte de grupos distintos, si bien en Vox siguen presumiendo de la sintonía entre ambos líderes.
De no existir esta división en esos dos grupos o facciones, la extrema derecha sería el segundo grupo en representación en la cámara con doble sede en Bruselas y Estrasburgo, solo superada por el Partido Popular Europeo (PPE) y por delante de los socialdemócratas.
Este contexto ayuda a entender, o explica en parte, la naturaleza del apoyo matizado de Vox al movimiento Save Europe Act (SEA), en defensa de la Europa «blanca» que llega a España al calor de la crisis en Ceuta con dos actos de envergadura en Madrid y Barcelona, en los que se reclamará a la UE una protección legal de los «pueblos nativos» y su «continuidad étnica». Una retórica que bebe directamente de la teoría del ‘gran remplazo», abrazada por la extrema derecha a ambos lados del Atlántico para justificar sus posiciones en materia migratoria, que incluyen deportaciones o construcción de centros de acogida en terceros países, como los que la citada Meloni lleva tiempo intentando impulsar en Albania, haciendo frente a los reparos de la Justicia de Italia.
Abascal no ha dudado en mostrar públicamente su apoyo a SEA y a varios de sus impulsores, singularmente a Eva Vlaardingerbroek, una joven política conservadora neerlandesa, miembro del Partido Campesino Ciudadano. «Hay jóvenes europeos que no están dispuestos a quedarse de brazos cruzados mientras les arrebatan sus naciones y su futuro. Nuestra amiga Eva Vlaardingerbroek es una de ellas», posteó en las redes sociales el presidente de Vox el pasado mes de junio, tras presentarse la iniciativa de marras.
La cumbre de Portugal
Fuentes de la cúpula de Vox explican su buena relación con esta política nacida en 1996, con la que comparten un diálogo fluido e incluso algunas iniciativas en común. Prueba de ello fue la presencia en la cumbre de esta plataforma celebrada este mismo año en Portugal de la diputada Rocío de Meer, una de las dirigentes de Vox con un discurso más duro. Sin embargo, las mismas fuentes no ocultan cierta distancia con este movimiento por las tiranteces que Vlaardingerbroek y su socio Dries Van Langenhove, un dirigente de la extrema derecha de Bélgica, mantienen con sus socios de Patriots.
A nadie se le escapa hasta qué punto Le Pen, por singular ejemplo, ha tratado de atemperar los aspectos puramente raciales en su enfoque de la inmigración, procurando limitarlo a las cuestiones de seguridad o de colapso de los servicios públicos que según esa cosmovisión ideológica provocarían los flujos migratorios. Este mismo verano, el antiguo Frente Nacional -fundado por el padre de Le Pen, Jean Marie, veterano de la guerra de Argelia, que terminó siendo expulsado de la formación por su propia hija- reprochó al expresidente Mariano Rajoy su artículo en el que aseguró que la selección francesa de fútbol (que se enfrentó a España en las semifinales del Mundial de Estados Unidos) jugaba «sin franceses».
Pese a todo, y en línea con lo que ha sido su actitud en la larga década que lleva al frente de Vox, Abascal trata de mantener una buena sintonía e interlocución con todos sus homólogos internacionales, en todas las latidudes, incluso a pesar de discrepancias o conflictos puntuales. Como, verbigracia, el que siempre ha mantenido, por ejemplo, con el italiano líder de La Liga, Matteo Salvini, vicepresidente del Gobierno transalpino, por las conexiones de este con importantes sectores del independentismo catalán.
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