El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha llevado su ofensiva por el reparto de costes de defensa a Asia al exigir a Corea del Sur que abone 10.000 millones de dólares al año por mantener los 28.500 efectivos estadounidenses desplegados en el país, una cifra que supera en más de nueve veces la contribución vigente.
Trump formuló la reclamación durante una rueda de prensa en la Casa Blanca, donde cuestionó abiertamente el coste que supone para Washington sostener su dispositivo militar en la península de Corea. Además, aprovechó para reprochar a Seúl que se negara a ayudarle en la guerra contra Irán, un episodio que utilizó como argumento para poner en duda el actual reparto de cargas dentro de la alianza y justificar su exigencia de un pago muy superior.
La presión sobre Corea del Sur guarda un claro paralelismo con la ejercida por Trump sobre los países europeos de la OTAN. En ambos casos, la Casa Blanca reclama a sus aliados que aumenten su inversión en defensa y asuman una mayor parte del costo de la arquitectura de seguridad de la que se benefician.
El presidente estadounidense también cuestionó si Washington debe continuar asumiendo el coste de defender a su aliado mientras Seúl mantiene una contribución muy inferior a la que ahora reclama.
La exigencia supone abrir un nuevo frente en la estrategia de Trump para revisar las alianzas militares estadounidenses bajo un principio de mayor reciprocidad y reparto de cargas.
Sin embargo, la disputa con Seúl tiene una dimensión geopolítica adicional. La presencia militar estadounidense en la península no sólo está destinada a contener a Corea del Norte. Corea del Sur constituye también una de las principales posiciones avanzadas de Washington en el Indo-Pacífico, una región en la que China se ha convertido en el principal rival estratégico de Estados Unidos.
Corea del Sur ya paga por las tropas
La reclamación de Trump llega pese a que Seúl ya contribuye al mantenimiento de las fuerzas estadounidenses mediante los denominados Special Measures Agreements (SMA).
Desde 1991, Corea del Sur sufraga una parte de los costes asociados al despliegue estadounidense, incluyendo el pago de trabajadores locales, apoyo logístico y construcción y mantenimiento de instalaciones militares.
El acuerdo vigente establece para 2026 una aportación surcoreana de 1,5192 billones de wones, unos 1.100 millones de dólares. La cantidad se actualizará posteriormente mediante una fórmula pactada.
Los 10.000 millones reclamados ahora por Trump supondrían multiplicar por más de nueve la contribución prevista para este año. La cifra tampoco es completamente nueva: durante su primer mandato, el presidente estadounidense ya presionó a Seúl para que incrementara de forma drástica su aportación al coste de las tropas estadounidenses.
La cuestión del reparto de cargas se ha convertido así en uno de los principales elementos de la política de Trump hacia sus aliados. El mandatario considera que Estados Unidos ha asumido durante décadas una parte desproporcionada del coste de la defensa de otros países y reclama que estos aumenten tanto su gasto militar como su contribución directa al despliegue estadounidense.
La misma receta que en Europa
El planteamiento tiene un evidente paralelismo con la presión ejercida por Washington sobre Europa. Trump ha convertido el gasto militar de los aliados en una de las principales condiciones para mantener el actual modelo de seguridad transatlántico y ha exigido a los miembros de la OTAN que incrementen sustancialmente sus presupuestos de defensa.
La lógica que aplica ahora a Seúl es similar: Estados Unidos mantiene sus tropas y su capacidad de disuasión, pero exige que sus aliados paguen una parte mucho mayor de la factura.
La diferencia es el escenario estratégico. En Europa, el principal desafío militar es Rusia y el debate gira alrededor de la defensa del territorio europeo y de la capacidad de la OTAN para sostener un conflicto de alta intensidad.
En Asia, Washington debe gestionar simultáneamente la amenaza nuclear de Corea del Norte, el ascenso militar de China y el estrechamiento de los vínculos entre Moscú y Pyongyang. Cualquier modificación del despliegue estadounidense en Corea del Sur puede tener, por tanto, consecuencias para el equilibrio de poder de todo el Indo-Pacífico.
Trump reduce las maniobras frente a Kim
La presión económica sobre Seúl coincide además con una decisión de Trump que afecta directamente a la cooperación militar entre ambos países.
El presidente estadounidense ha ordenado al Pentágono reducir las grandes maniobras conjuntas con Corea del Sur, recuperando una política que ya aplicó durante su primer mandato. Trump ha argumentado que estos ejercicios son demasiado «costosos» para el presupuesto estadounidense y que tienen un carácter provocador frente a Corea del Norte.
La decisión llega mientras se desarrolla el ejercicio Ulchi Freedom Shield, una de las principales maniobras militares conjuntas de Estados Unidos y Corea del Sur.
Durante su primer mandato, Trump suspendió ejercicios de gran escala después de su primera cumbre con Kim Jong-un en Singapur, en 2018. El presidente estadounidense calificó entonces estas actividades de innecesariamente caras y provocadoras.
Las negociaciones con Pyongyang terminaron fracasando en la cumbre de Hanói de 2019, sin que se alcanzara un acuerdo de desnuclearización. Desde entonces, Corea del Norte ha continuado desarrollando sus programas nuclear y de misiles y ha incrementado su capacidad militar.
Ahora Trump recupera parte de aquella estrategia de acercamiento a Kim en un contexto mucho más complejo.
Un nuevo equilibrio frente a China
La relación con Corea del Norte es sólo una parte del problema. La presencia militar estadounidense en Corea del Sur constituye también un elemento esencial de la estrategia de Washington para contener el poder creciente de China en Asia.
Las fuerzas estadounidenses desplegadas en la península permiten a Washington mantener capacidades avanzadas en una zona situada a escasa distancia de China, Japón, Rusia y Corea del Norte. Por ello, una eventual reducción de las tropas o de las capacidades estadounidenses tendría implicaciones que irían mucho más allá de la defensa de Corea del Sur.
Trump ha planteado además una transformación de la alianza para que las fuerzas estadounidenses desplegadas en Corea tengan mayor flexibilidad para responder a amenazas fuera de la península, particularmente en el Indo-Pacífico.
Este planteamiento genera inquietud en Seúl. Corea del Sur depende de Estados Unidos para disuadir a Pyongyang, pero no quiere verse arrastrada a una eventual guerra entre Washington y Pekín, especialmente en torno a Taiwán, cuya defensa constituye uno de los principales escenarios de planificación militar estadounidense en Asia.
La posición de Corea del Sur es especialmente delicada por sus vínculos económicos con China y por la proximidad geográfica de la amenaza norcoreana.
Un acercamiento a Kim Jong-un
En paralelo, Trump mantiene abierta la puerta a una nueva negociación directa con Kim Jong-un. El presidente estadounidense ha insistido en que conserva una buena relación personal con el líder norcoreano y ha destacado que Pyongyang se ha mostrado, según su interpretación, “respetuoso” durante su mandato.
Su estrategia recuerda a la diplomacia personal desarrollada durante su primera presidencia. En 2017, Trump amenazó a Corea del Norte con una respuesta de “fuego y furia”. Un año después, sin embargo, se reunió con Kim en Singapur, en la primera cumbre entre los líderes de ambos países.

Donald Trump y Kim Jong-Un en 2019.
La diplomacia continuó en Hanói en 2019 y con un encuentro posterior en la zona desmilitarizada que separa las dos Coreas. El proceso terminó sin avances en la desnuclearización y Corea del Norte siguió ampliando su arsenal.
Ahora, el contexto es todavía más complicado. Pyongyang ha aumentado sus capacidades nucleares y de misiles y ha estrechado su cooperación militar con Rusia, mientras China continúa reforzando su posición militar en el Indo-Pacífico.
Una misma pregunta para Europa y Asia
La exigencia de Trump a Corea del Sur se integra así en una estrategia mucho más amplia: redefinir el modelo de alianzas construido por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.
Washington no parece plantear necesariamente una retirada de sus compromisos militares, sino una renegociación de las condiciones bajo las que mantiene su presencia en el exterior. Europa y Asia se encuentran ante la misma presión: incrementar sus capacidades militares, asumir más costes y reducir su dependencia de Estados Unidos.
Para Corea del Sur, la situación es especialmente compleja porque cualquier modificación de la presencia estadounidense afecta directamente a su capacidad de disuasión frente a Corea del Norte. Para Europa, el debate se produce mientras los aliados intentan acelerar su rearme ante la amenaza rusa y desarrollar capacidades que durante décadas han dependido de Washington.
El mensaje de Trump es, por tanto, global: Estados Unidos seguirá ofreciendo su paraguas militar, pero quiere que sus aliados paguen una parte mucho mayor de la factura.
En Asia, esa batalla por el reparto de costes puede terminar teniendo consecuencias sobre el equilibrio militar frente a China y Corea del Norte. En Europa, ya está impulsando un aumento histórico del gasto en Defensa.
La cuestión ya no es sólo cuánto deben pagar los aliados. Es hasta qué punto EEUU está dispuesto a mantener su actual arquitectura militar global y qué parte de esa carga tendrán que asumir sus socios.












