El corazón acelera, los vasos sanguíneos se dilatan y miles de glándulas comienzan a expulsar sudor. Todo ocurre antes de que aparezcan el mareo, el dolor de cabeza o la sed intensa. Cuando el termómetro se dispara, el cuerpo pone en marcha una carrera silenciosa para evitar que su temperatura interna siga subiendo.
Esa batalla cotidiana suele pasar inadvertida. Se percibe como cansancio, falta de concentración, una noche de mal sueño o la sensación de que cualquier esfuerzo cuesta el doble. Pero, cuando el calor persiste, el organismo puede dejar de compensar y lo que parecía una simple incomodidad se convierte en un riesgo real para la salud.
Entender cómo responde el organismo al calor permite comprender también por qué no todas las personas afrontan las altas temperaturas de la misma manera. La edad, el estado de salud, la medicación, el tipo de trabajo o las condiciones de la vivienda pueden marcar la diferencia entre tolerar un episodio extremo o sufrir sus consecuencias.













