Adrián es un hombre emocionado por el incendio de La Peña de Riglos. Apenas puede contener las lágrimas cerca de su taller cuando ve cómo el humo rodea su pueblo, aunque él vive habitualmente en Arbués. “Mira este coche, como ha estado aquí quieto, está lleno de ceniza”, señala en una pick-up que, como cada rincón del municipio, tiene una capa blanca y gris desde que el fuego se iniciase el pasado lunes.
No deja de mirar el teléfono, pendiente de mensajes y llamadas sobre una posible evacuación, “aunque solo se ha preavisado”, y para conocer las tareas que están haciendo los agricultores de la zona. “Hay que reconocérselo: se tiraron a los campos en cuanto comenzaron las llamas”, resume Adrián, que fue uno de esos valientes que ayudo en la elaboración de los primeros cortafuegos: “Ha habido sitios en los que había a la vez diez o quince tractores trabajando para evitar que el fuego cruzase la carretera”.
Explica cómo funciona el confinamiento y la obligación de que “nadie salga de casa, por la cantidad de humo”. Él está en su taller “con permiso de la Guardia Civil” y por una revisión inesperada. En alguna de las llamadas que atiende, de clientes algo despistados, recuerda la situación de Santa Cilia y sus alrededores e insiste: “Estamos confinados”.
La preocupación es mayor en verano “porque hay mucha más gente” que habitualmente. “Las segundas residencias están llenas”, cuenta Adrián. Un rato después, algunas vecinas destacan también que el aumento de población se debe a que “muchos abuelos se traen a los nietos para pasar juntos aquí buena parte del verano”.
Adrián vigila en Santa Cilia y se acuerda de Arbués, su localidad de residencia, de la que tuvo que salir y en la que también trabajó “para evitar que el fuego entrase al municipio”. “Lo conseguimos, pero todo alrededor está negro”, lamenta, de nuevo al borde de la emoción máxima. Busca un símil, complicado porque ese verde bosque, con sus árboles y sus montañas, lo es “todo” para este joven que sonríe al explicar que “desde pequeño, abres la ventana y ves todo esto y lo haces tuyo”. Tan suyo que “lo quieres mucho, pero no te sorprende”. Ha encontrado el símil: “Para mí ver arder todo esto es como para alguien de Zaragoza ver quemarse El Pilar”.
Vuelve a sonar el teléfono y vuelve a atender a vecinos que quieren saber cómo avanza el incendio y si tendrán que dejar el pueblo en las próximas horas. Adrián es un hombre emocionado y un alcalde para todos.














