La idea apareció casi de repente. Catalina Pereiro Rodríguez, de diez años, había comentado alguna vez que le gustaría hacer el Camino de Santiago. También empezaba a sentir curiosidad por la bicicleta. Y a su padre, Óscar Pereiro, se le encendió la bombilla. «Me pegó la pedrada: pillamos las bicis y nos arrancamos«, cuenta entre risas el exciclista gallego. Había una única condición: tenía que ser inmediatamente. En pocos días Pereiro se marchaba para trabajar en la Vuelta a España.
Así que no hubo demasiado tiempo para darle vueltas. Organizaron los hoteles, compraron los billetes de tren para regresar y prepararon las bicicletas. El lunes este tándem familiar de peregrinos comenzaron una pequeña aventura que los llevaría durante tres jornadas por el Camino Portugués hasta Santiago. En total, unos 110 kilómetros compartidos por un campeón del Tour de Francia y una niña de diez años que apenas había montado en bicicleta hasta hace poco.
«Ha sido de las mejores experiencias de mi vida«, resume Pereiro. Y esta vez el resultado deportivo era lo de menos.
Del aeropuerto de Vigo a Santiago
Padre e hija comenzaron a pedalear en las inmediaciones del aeropuerto de Vigo. Pereiro había valorado salir directamente desde casa, pero prefirió evitar atravesar zonas con tráfico porque Catalina todavía no tenía demasiada experiencia sobre dos ruedas.
«Ahora digo que lo podría haber hecho, porque he visto de lo que es capaz, pero antes no la veía con la destreza suficiente como para cruzar determinadas zonas de Vigo», explica.
La aventura peregrina de Óscar Pereiro y su hija Catalina, en imágenes / Cedidas
La primera jornada rondó los 35 kilómetros. La segunda se alargó hasta unos 45, entre otras cosas porque el recorrido tenía una norma bastante flexible: si había un río o una poza apetecible cerca, podían desviarse. La última etapa, desde Padrón hasta Santiago, fue de algo más de 25 kilómetros.
«Era ponerle un reto: ‘¿Seré capaz de llegar a Santiago?’ Y yo siempre le decía que sí. En esta vida, con empeño y voluntad, puedes conseguir lo que quieres», relata Pereiro.
No buscaban tiempos, velocidades ni récords. Tampoco hicieron el Camino pendientes de reunir sellos en la credencial. El reto era mucho más sencillo de explicar y bastante más complicado de ejecutar: comprobar si Catalina era capaz de llegar por sus propios medios hasta la Praza do Obradoiro.
«Era ponerle un reto: ‘¿Seré capaz de llegar a Santiago?’ Y yo siempre le decía que sí. En esta vida, con empeño y voluntad, puedes conseguir lo que quieres», relata Pereiro.
El antiguo profesional sabía que físicamente su hija podía aguantar. Catalina practica atletismo y está acostumbrada al deporte. Unas semanas antes habían hecho juntos una salida de unos 20 kilómetros y aquello le sirvió como referencia. Lo que más le preocupaba como padre no eran las piernas.
«Miedo a que terminase no tenía. El miedo eran las carreteras, las bajadas, las piedras, que se cayese y se hiciese daño. No deja de tener diez años», admite.
Una bicicleta de niña para un reto de mayores
Había, además, un elemento que aumentaba considerablemente la dificultad. Mientras Pereiro recorría el Camino con una bicicleta de montaña de 29 pulgadas, Catalina lo hacía con una bicicleta infantil de rueda de 24 pulgadas.
«Ahí está una de las cosas de las que más orgulloso me siento. Ella lleva una bici de niña de su edad. La rueda es mucho más pequeña y le cuesta más coger velocidad. El esfuerzo para ella es mucho mayor que para mí», explica.
Catalina lo simplifica bastante más. Cuando se le pregunta si antes de comenzar pensó mucho en los más de cien kilómetros que tenía por delante, responde con naturalidad: «Simplemente empecé«. Reconoce que estaba nerviosa y no duda al elegir lo más duro de la experiencia: «Todas las subidas».

La aventura peregrina de Óscar Pereiro y su hija Catalina, en imágenes / Cedidas
Hubo una caída que pudo haber cambiado el ánimo de la aventura. En una bajada de tierra, Catalina perdió el equilibrio y se golpeó una rodilla. La sangre la asustó inicialmente. Pereiro llevaba un pequeño botiquín que su mujer había preparado antes de salir, aunque apenas fue necesario utilizarlo.
El susto duró poco. «Le pregunté si quería que llamase a alguien para que viniese a buscarla. Me dijo: ‘No, quiero seguir'», recuerda su padre. Fue entonces cuando Pereiro dejó de tener cualquier duda. «Después de aquello pensé: vamos a llegar fijo«.
«Le pregunté si quería que llamase a alguien para que viniese a buscarla (Catalina se había caído de la bici y se hizo una herida). Me dijo: ‘No, quiero seguir’. Después de aquello pensé: vamos a llegar fijo».
«Genial, orgullosa de mí misma»
No todo consistió en pedalear. Las paradas improvisadas formaron parte esencial del viaje. Padre e hija se desviaron del recorrido para bañarse en ríos y buscar pozas. En una ocasión, Pereiro le avisó de que para llegar a uno de aquellos lugares tendrían que afrontar otros tres kilómetros de subida. Catalina ni siquiera lo pensó.
«Le dije: ‘Hay un sitio aquí guapísimo, pero tenemos que subir tres kilómetros’. Y dijo que sí. Cuando alguien va totalmente agotado y su único objetivo es llegar a meta, no quiere desviarse ni un metro. Ella quiso ir», recuerda.
Precisamente uno de esos baños fue para la pequeña el momento más divertido de los tres días. «Cuando nos bañamos en un río«, responde al preguntarle con qué instante se queda.
La dificultad cambió de forma en la última jornada. Pereiro asegura que su hija seguía respondiendo físicamente, pero los últimos kilómetros antes de Santiago comenzaron a hacerse largos en su cabeza.
«Era ‘quiero llegar ya, quiero llegar ya’, y aparecía otra subida y después otra. Los últimos cinco kilómetros fueron duros psicológicamente«, explica. Todo desapareció en cuanto entraron en Santiago. «Cuando vio la plaza se le olvidó todo«, señala Pereiro. «Tiene algo muy parecido a mí: es muy orgullosa. Está reventada, pero no dice que no. No se rinde«.

La aventura peregrina de Óscar Pereiro y su hija Catalina, en imágenes / Cedidas
Catalina define la llegada de manera todavía más directa. Se siente «genial, orgullosa de mí misma».
Un padre conocido hasta en medio del monte
El Camino también permitió a Catalina descubrir otra dimensión de su padre. Sabe perfectamente que Óscar Pereiro ganó el Tour de Francia, aunque no vivió su etapa como ciclista profesional. Tiene diez años y su contacto con aquella carrera deportiva llega a través de fotografías, bicicletas, trofeos, vídeos e historias familiares.
Lo que todavía le sorprende es comprobar hasta dónde alcanza el recuerdo de aquel corredor. Durante estos tres días, numerosos peregrinos y personas con las que se cruzaron reconocieron a Pereiro y le pidieron fotografías. Incluso en lugares apartados.

Diez años del día que Pereiro vistió de amarillo a toda Galicia / FDV
«Me decía: ‘Papá, ¿por qué te conoce tanta gente?'», cuenta. «Para ella es sorprendente estar en medio del monte, parar en un sitio y que alguien venga y me reconozca. O llegar a Santiago y que cada diez minutos alguien quiera hacerse una foto».
«Son cosas que se le van a quedar para toda la vida»
Para Pereiro, lo importante del Camino no está en los kilómetros recorridos. Está en esos tres días casi permanentes de convivencia, en los momentos difíciles, las conversaciones, los baños, el cansancio y la necesidad de ayudarse mutuamente.
«La conexión que puedes llegar a alcanzar con estas historias es muy chula», afirma. «Son vivencias que, sinceramente, creo que a ella se le van a quedar grabadas para el resto de su vida«. Cuando a Catalina se le pregunta cómo resume esos tres días con su padre, no necesita demasiadas palabras: «Me ha gustado mucho». Y añade una última frase que abre la puerta al siguiente destino: «Me gustaría repetir«.
«No es fácil y no es algo que pueda hacer cualquiera. Pero con ayuda de los mayores, voluntad por parte de los niños y, sobre todo, paciencia, sabiendo parar y entendiendo que el objetivo no es ir rápido sino terminar, se puede hacer»
La experiencia, además, ya está provocando réplicas. Pereiro asegura que varios amigos, tanto gallegos como de fuera de Galicia, le han escrito después de ver su aventura para decirle que les había inspirado a intentar algo parecido con sus hijos.
El exciclista lanza, eso sí, una advertencia: no es un paseo. «No es fácil y no es algo que pueda hacer cualquiera. Pero con ayuda de los mayores, voluntad por parte de los niños y, sobre todo, paciencia, sabiendo parar y entendiendo que el objetivo no es ir rápido sino terminar, se puede hacer».
Pereiro no sabe si este incipiente interés de Catalina por la bicicleta terminará algún día en ciclismo de competición. Tampoco parece preocuparle demasiado. «Yo quiero que haga deporte. Que elija ciclismo, encantado; que no lo elija, encantado también. Lo único que quiero es que estudie y tenga un deporte, porque creo que ayuda muchísimo en la formación de una persona», explica.
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