En Ceuta, el mar continúa devolviendo cadáveres y los ceutís no dejan de sentirse abandonados. Los equipos de rescate siguen peinando la costa, la crisis permanece lejos de estar controlada. Mientras tanto, el presidente del Gobierno inaugura sus vacaciones que piensa alargar durante un mes. No es tanto una cuestión de calendario como de sensibilidad. La prensa europea observa con una mezcla de estupor y desconcierto una escena difícil de explicar: España afronta uno de los episodios migratorios más graves de los últimos años y el jefe del Ejecutivo transmite la imagen de quien ya ha cambiado el despacho por la tumbona. La política también consiste en administrar los símbolos.
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