Solo los siglos


Camino por un sendero que se abre paso en el interior de un bosque espeso. Hay un silencio activo bajo el que el mundo late a un ritmo que nuestros sentidos son incapaces de captar. Podemos calcular a cuántos kilómetros por hora va un coche, pero no la velocidad con la que se descompone el cadáver de un topo. Vemos pasar la moto, pero no vemos pasar la descomposición. Sobre mi cabeza, las hojas de los árboles negocian con la luz para convertir los rayos del sol en madera, en corteza, en fruto, en savia. Bajo las copas, la atmósfera va cambiando metro a metro de temperatura, la humedad se organiza de otro modo, el viento tropieza con la vegetación y busca atajos, en ocasiones con furia, produciendo alaridos que da miedo escuchar. Hoy, no. Hoy sopla una leve brisa que apenas deja sobre el rostro el tacto de un tejido de seda. Bajo la tierra avanzan las raíces con una lentitud desesperante (nada que ver con la moto, por recaer en el símil), rodean una piedra, esquivan otra raíz, rastrean una veta de agua, se buscan la vida, en fin, como usted y como yo. Los hongos forman una red tan compleja que algunos científicos se atreven a compararla con un sistema nervioso. Intercambian sustancias y señales químicas, como si hablaran. Un árbol enfermo puede recibir ayuda de otro. Uno atacado por insectos puede alertar a los vecinos. La inteligencia del bosque no pertenece a ningún árbol en particular, sino al cuerpo místico que los une.

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