«Frente a la adversidad que hoy golpea a nuestro pueblo, el Estado no se dobla ni titubea. Este Gobierno asume con carácter, total disposición y compromiso absoluto la atención integral de las víctimas y la reconstrucción de las zonas afectadas por esta tragedia natural». Abelardo de la Espriella se vio obligado a dejar de lado su inclinación hacia el show, exhibida de cuerpo presente durante la toma de posesión presidencial de apenas días atrás, y tomar las riendas del Gobierno sin demora. El terremoto que ha dejado un número provisional de 224 muertos y 1.246 heridos supone un reto de proporciones considerables para una Administración que había centrado su agenda en cuestiones de seguridad e ideológicas, además de girar radicalmente en la orientación de la economía. Para la revista Cambio, lo sucedido «no solo es una tragedia humanitaria de una dimensión enorme, sino también el primer gran examen práctico» que debe dar un presidente que ha promovido en campaña una profunda descentralización regional.
De la Espriella visitó Chocó, el epicentro de la tragedia, horas después del terremoto. «Le encomiendo nuestro país al señor Jesucristo», dijo, pero las urgencias no eran del orden celestial, y el abogado penalista ha intentado, a su estilo, no perder el sentido de la gravedad. Dieciséis años atrás, otro presidente de derechas enfrentó circunstancias similares en Chile. Sebastián Piñera había ganado las elecciones en la segunda vuelta de 2010. Debía asumir el 11 de marzo. El 27 de febrero, un amplio seísmo sacudió el territorio. Los muertos fueron 525. Se perdieron miles de viviendas. Los damnificados llegaron a los dos millones en lo que se consideró la peor catástrofe natural experimentada por ese país desde el terremoto de Valdivia de 1960. Las tareas de reconstrucción no sucedieron a la velocidad prometida y parte del descontento con Piñera no fue ajeno a la distancia que se abrió entre las palabras y los hechos. Michelle Bachelet, quien terminaba su mandato cuando tuvo lugar el estremecimiento telúrico, volvió a ganar los comicios en 2014.
El alcalde de Cali, Alejandro Éder; la gobernadora del Valle del Cauca, Dilian Francisca Toro, y el presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, durante un recorrido para atender las afectaciones que dejó el terremoto que azotó al país este lunes, en Cali. / @ALEJOEDER / EFE
Los sucesos en Chile no deben ser indiferentes por estas horas al círculo que rodea a De la Espriella porque arrojan una enseñanza imposible de desoír, a cuatro días de comenzar su presidencia. La reciente desgracia venezolana, de otra magnitud, también obliga a mirar al vecino. Con la inmediata declaración del estado de «desastre nacional», la Administración de ultraderecha ha intentado enviar un mensaje de tranquilidad a los colombianos. «No están solos», insistió el presidente, quien, no deja de señalar la prensa bogotana, tiene distintas herramientas para enfrentar la situación. Una ley de 2012, la 1.523, definió los modos posibles de gestionar episodios como el que ha golpeado a ese país y habilita al mandatario a recurrir al decreto de necesidad para enfrentar la coyuntura. Su antecesor, Gustavo Petro, se amparó en esa misma normativa cuando el fenómeno de El Niño provocó estragos en diferentes regiones del país.
«El Gobierno del Tigre»
Desde Quibdó, un municipio del Chocó donde viven 13 comunidades originarias, el mandatario anunció en la noche del lunes que los heridos serían remitidos a Medellín, que cuenta con mejores estructuras hospitalarias. El Gobierno también se propone subsidiar el arriendo de las personas que hayan perdido sus viviendas. «Se ha cometido una injusticia con el departamento. Es momento de que termine y será en el Gobierno del Tigre», dijo, antes de partir hacia Cali. «Tenemos que seguir atendiendo la tragedia».
El Eje Cafetero
De la Espriella tomó posesión de su cargo en Cali, el pasado viernes. El discurso en una unidad militar fue escuchado como un augurio de «mano dura». Por estas horas, esa ciudad era otra. Se había transfigurado, y no solo por los desplomes. A unos 200 kilómetros se encuentra una de las ciudades que más sintieron el seísmo, Pereira. El entonces candidato ganó allí con amplitud en la segunda vuelta frente a Iván Cepeda, así como en otros municipios del departamento de Risaralda. La expectativa de inmediatas soluciones es alta, tanto en Pereira como los otros circuitos de lo que se conoce como el Eje Cafetero, que integran también Caldas y Quindío y ha sido sensiblemente afectado por los temblores. No se trata de una zona más de Colombia. El café representa cerca del 38% de las exportaciones del sector agropecuario de ese país, lo que suma unos 5.400 millones de dólares al año. «No los vamos a dejar solos. Están en nuestro corazón y les vamos a tender la mano con toda decisión», informó el jefe de Estado.
«La recuperación del país no da espera. Ya vamos rumbo a la vicepresidencia para la primera reunión de gabinete directivo. Personas que trabajarán a mi lado para servirle al país y construir la Patria Milagro del presidente Abelardo De La Espriella. ¡Acompáñenme!», pidió el vicepresidente Juan Manuel Restrepo. La hoja de ruta de ese «milagro» comunicado en clave religiosa, para beneplácito especial de las iglesias evangélicas que apoyaron la candidatura del abogado, enfrenta de manera inesperada al Gobierno con la necesidad de ofrecer pruebas materiales de su voluntad de superar problemas que son del orden estructural, edilicio y económico, además de humanitario. La Administración de Donald Trump anunció el envío de 15,5 millones de dólares en fondos para refugios de emergencia, alimentos, protección y evaluaciones del terremoto. «Estamos unidos en oración con el pueblo colombiano y estamos listos para apoyar al presidente Abelardo de la Espriella», dijo el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio.
Freno inevitable
El terremoto ha obligado a poner freno de mano a una agenda de gestión que, desde el mismo viernes, intentó cobrar bríos en todos los ámbitos, uno de ellos la reinserción de Colombia en el área de influencia de Estados Unidos e Israel. En la misma mañana del lunes, mientras comenzaban a conocerse las primeras informaciones del seísmo, el Ministerio de Exteriores reconocía oficialmente la soberanía israelí sobre los Altos de Golán, el enclave sirio ocupado desde hace seis décadas. Pocas horas antes, Bogotá había reconocido la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental. La altisonancia de la nueva Administración se ha puesto entre paréntesis. De la Espriella tiene por delante premuras acuciantes que no se resuelven en las redes sociales.
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