Donald Trump prometió que la rehabilitación del Estanque Reflectante de Washington sería un prodigio de eficiencia, ahorro y belleza inigualable. Un hito acorde a la ocasión: los grandes fastos para celebrar el 250 aniversario de Estados Unidos, que tuvieron como anfitrión el pasado 4 de julio al «mejor presidente del la historia» del país, en palabras del propio republicano. Pero la cosa ha acabado como casi siempre, un fiasco superlativo. Con retrasos, sobrecostes, algas verdes, patos muertos y una licitación tramposa.
El ‘Reflecting Pool’ en cuestión es uno de los emblemas de Washington. Un estanque de agua poco profunda de 91 metros de longitud que se extiende desde las escaleras del Memorial Lincoln hasta el Memorial a los Veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Al atardecer el agua refleja el Monumento a Washington, el obelisco situado en el centro del National Mall, completando así las tres puntas del triángulo que sustenta parte de la leyenda estadounidense. Frente a ese mismo estanque Martin Luther King pronunció su famoso discurso de ‘I Have a Dream’ en 1963 y allí también se celebraron históricas protestas contra la guerra de Vietnam o el concierto para celebrar la investidura de Barack Obama —el primer presidente afroamericano— con Bruce Springsteen o Steve Wonder en el cartel.
La ingeniería del estanque es más complicada de lo que podría parecer, según los expertos. Al propio Obama le dio muchos dolores de cabeza en 2012, la última vez que fue reparado en sus más de 100 años de historia. Lo que no impidió que Trump entrara en el proyecto como una carpa en un acuario. En menos de una semana —dijo— completaría la rehabilitación, gracias a su experiencia construyendo piscinas para hoteles. El agua limpia «podría durar 100 años» y al contribuyente le costaría únicamente 1,5 millones de dólares. Para rizar el rizo, quiso ensalzar a la patria pintando el fondo del estanque de «azul bandera americana» y saltándose por el camino las quisquillosas normas de preservación del patrimonio histórico.
El método Trump
Trump aplicó el método Trump. Y todo lo que podía salir mal, salió mal. Como cuando construyó el casino más grande del mundo —el Taj Majal de Nueva Jersey— y acabó declarándolo cinco veces en quiebra.
El propio presidente escogió al contratista. Fue el pasado mes de abril y sin abrir un concurso público de licitación, como marcan las normas federales salvo en casos excepcionales. Una empresa de Virginia que había arreglado la piscina de uno de sus campos de golf, pero que nunca había trabajado para el Gobierno federal. Debía reparar las juntas de las losas de hormigón para evitar fugas de agua, impermeabilizar el fondo y pintarlo. Cuando llegó la factura, la compañía había incluido un margen de beneficio del 20% y un coste total que asciende ya a 14,7 millones de dólares. Un 880% más de lo que Trump había prometido.
Imagen de las obras en el Estanque Reflectante, que debían haberse completado antes de las celebraciones del pasado 4 de julio. / KEVIN DIETSCH / Getty Images via AFP
Días después contrató a una segunda empresa. También a dedo, propiedad de uno de sus donantes y vecinos en Mar-a-Lago. En este caso para purificar el agua y evitar la aparición de algas. Pero eso es exactamente lo que sucedió. Solo unos días después de llenarse el estanque, el agua se tiñó de verde como las mejores charcas. Y varios patos aparecieron muertos.
Trump culpa a unos vándalos
Con su Administración cada vez más enfangada, los trabajadores del Servicio de Parques descubrieron un poco después «agujeros, grietas y juntas de sellado deterioradas», así como crecientes protuberancias en la pintura del revestimiento, que se estaba desconchando. Lejos de asumir su responsabilidad, Trump hizo lo que hace siempre: culpar a otros.
Sin aportar ninguna prueba, a finales de junio acusó a «unos vándalos” de haber saboteado el proyecto con «cuchillas o navajas». Cuatro personas fueron arrestadas. Entre ellas el piragüista olímpico David Hearn, al que se llevó a juicio por tocar la pintura del revestimiento, acusado de «destrucción de la propiedad», unos cargos que podrían haberle costado 10 años de cárcel. Pero como ha sucedido cada vez que Trump ha llevado a los tribunales sus falsas acusaciones sobre el fraude electoral en 2016, cuando perdió las elecciones contra Joe Biden, los jueces desestimaron el caso. Nada por aquí, nada por allá.
Peor todavía. En un posicionamiento poco habitual, la propia fiscalía federal —es decir, la acusación al servicio del Gobierno— concluyó que los desperfectos en el estanque se explican por «una instalación chapucera y no por el vandalismo». Desde entonces Trump anda enzarzado a gritos con su fiscal del Distrito de Columbia, Jeanine Pirro, una jurista a la que contrató por ser una de sus más acérrimas defensoras en Fox News.
El resultado del culebrón es que cuatro meses después de su inicio, las obras de rehabilitación continúan en el Estanque Reflectante. Algo parecido a lo que ha pasado con Ucrania, una guerra que supuestamente iba a terminar Trump en menos de 24 horas.
Salón de Baile paralizado
No es el único revés judicial que ha sufrido el presidente en este sentido. Este viernes un tribunal de apelaciones ordenó frenar las obras del Salón de Baile en la Casa Blanca, construido por iniciativa de Trump con donaciones privadas. El tribunal afirmó que su financiación es una prerrogativa del Congreso. «Cada presidente es un inquilino temporal, no el dueño de la Casa Blanca», le recordó la jueza Patricia Millet.
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