Nunca recomendaré a nadie poner el nombre de un futbolista en la camiseta que se compre. Da igual quién sea, cuántos goles haya metido o lo importante que parezca. Al final, el futbolista de élite es un trabajador como otro cualquiera –privilegiado y millonario, eso sí– que mañana come de una mano y al día siguiente de otra.
Y ese nombre en la camiseta, que al ponerse produjo un sentimiento de alegría, puede pasar a causar el efecto contrario. De nada sirven los cánticos corales ni los carteles. Si un jugador se quiere ir de un equipo a otro, lo hará. Esta historia no es nueva.
Por eso me cuesta entender, más allá del sentimentalismo elevado al extremo, que en redes sociales muchos mallorquinistas supuren odio contra Jan Virgili por el hecho de marcharse del Mallorca rumbo al Brujas. El cántico de «Virgili quédate» que profirió al unísono gran parte de Son Moix el miércoles ha envejecido de manera terrible, todo sea dicho.
La cantidad de insultos proferidos contra Virgili, que no reproduciré, por el hecho de progresar en su carrera es algo que se me escapa. Tiene 20 años y la oportunidad de jugar en Champions League. Y además hacerlo cobrando muchísimo más de lo que iba a cobrar esta temporada en el Mallorca.
¿Dónde está el fallo? ¿El error es dejar el Mallorca por una liga menos competitiva? ¿Se equivoca al no quedarse y liderar un ascenso que igual no se da? Hubo otros, que se autoconsideraron leyenda, que ya tenían la casa elegida en su nuevo destino antes incluso de certificarse el descenso. U otros que no se han presentado a entrenar esperando un pago de un equipo de la potente liga árabe que no acaba de llegar. Jan, que si algo hizo fue emocionar como pocos por su desparpajo ( y quizá por eso duele más), ha escogido otro camino. Ojalá le vaya bien.
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