El conjunto monumental de Budapest a oscuras, una decena de cruceros turísticos varados a orillas del Danubio y cortes parciales de tráfico para proceder a desactivar explosivos de la II Guerra Mundial que afloraron en medio de una sequía histórica: estas son las imágenes que transmiten los medios húngaros, mientras el gobierno de Péter Magyar trata de levantar el ánimo a sus compatriotas con, al menos, la buena noticia de que no habrá restricciones obligatorias ni al consumo privado ni a la actividad empresarial.
Contra los agoreros pronósticos de mediados de semana, el último reactor aún activo de la planta nuclear de Hungría, en Paks, sigue funcionando. Una leve subida del Danubio garantiza el agua precisa para su refrigeración, por lo que no deberá desconectarse. En un mensaje a la nación, Magyar agradeció a sus compatriotas los esfuerzos para reducir el consumo eléctrico y aliviar la crisis energética que sufre Hungría. El culpable de la situación es su antecesor, Víktor Orbán, asegura Magyar. A más tardar en 2022 quedó claro que Hungría iba a caer en una crisis energética como la actual, por su alto nivel de dependencia de esa única planta atómica. Pero el gobierno ultranacionalista de Orbán no buscó una diversificación energética, sino que favoreció a sus inversores «amigos» de Paks, asegura Magyar. El primer ministro llegó al poder el pasado mayo como impulsor de la regeneración democrática y económica húngara. Su receta en materia energética está en el desarrollo de las renovables y especialmente de los parques eólicos.
La buena noticia es que no se desactivó el último de los cuatro reactores de Paks, una planta construida en tiempos soviéticos, situada 110 kilómetros al sur de Budapest, que genera la mitad del consumo eléctrico del país. La mala, que persisten las altas temperaturas, tras una semana entre máximos históricos por encima de los 40 grados. El nivel del Danubio ha subido en las últimas 48 horas algo más de dos centímetros. Pero para que se reactiven los cuatro reactores debe elevarse al menos otros 24 centímetros.
Alta dependencia nuclear
A los húngaros les pidió Magyar estos días que restringieran incluso el uso de la lavadora. A las empresas, que redujeran su consumo para evitar medidas obligatorias. El centro de Budapest, incluido su imponente Parlamento y el resto de sus tesoros monumentales, está sin la emblemática iluminación nocturna, uno de los imanes turísticos de la ciudad.
La situación es similar en Rumanía y otros países del centro y este europeo dependientes de la energía atómica. Uno de los dos reactores de la central rumana de Cerdavoda quedó desactivado por falta de agua para su refrigeración. El centro monumental de Bucarest está asimismo a oscuras para recordar a visitantes y población la imperiosa necesidad de reducir el consumo eléctrico.
Más barcazas por cada transporte
El impacto de la sequía se deja notar a lo largo de los 2.850 kilómetros del Danubio, desde el nacimiento en el sur de Alemania a su desembocadura en el mar Negro. Esta semana se midió en Budapest su nivel más bajo desde que hay registros. El transporte fluvial a Eslovaquia, Rumania y Bulgaria solo es posible en algunos tramos con una reducción a la mitad o un tercio de su carga. Ello obliga a utilizar más barcos para cada transporte, lo que además de encarecerlos implica mayor carga medioambiental.
En Hungría, la sequía ha sacado a la luz reliquias como antiguos barcos de guerra nazis, hundidos en 1944, fósiles y hallazgos arqueológicos. El penúltimo de estos «hallazgos» fue un explosivo de fabricación soviética de la II Guerra Mundial, así como una bala de cañón supuestamente del siglo XIX. Las tareas de desactivación de estos artefactos obligaron a cortar el tráfico desde primeras horas de la mañana de este viernes en dos puentes sobre el Danubio, más las calles adyacentes de la capital húngara.
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