JUAN JOSÉ MILLÁS | Puntos de apoyo

Gracias, gravedad. Gracias, adherencia. Esto es lo que repito como una letanía cada vez que salgo a caminar por las mañanas. Esas dos fuerzas sostienen nuestra relación con el mundo. La gravedad nos impide salir despedidos hacia el espacio. La adherencia evita que, una vez pegados a la Tierra, nos deslicemos sobre ella sin resbalar. Si la gravedad nos ata al suelo, la adherencia nos permite negociar con él. Caminar es una actividad más sofisticada de lo que parece. Cada zancada es un pacto de colaboración entre una suela y un pavimento. Sin ese acuerdo, la gravedad sería insuficiente. Permaneceríamos en contacto con la Tierra, sí, pero como quien intenta conservar el equilibrio sobre una placa de hielo.

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