Hace décadas que Canarias es testigo de la llegada de embarcaciones precarias a sus costas. Durante años, sus aguas se han convertido en la puerta de entrada a Europa para miles de personas que emprenden una travesía marcada por el riesgo. El paso del tiempo no ha cambiado la dureza de una ruta que el Atlántico ha convertido en escenario de naufragios, desapariciones y miles de vidas perdidas. Pateras y cayucos se han ido sucediendo sobre un mismo océano, hasta convertir la ruta canaria en la más mortífera del mundo.
2006 quedará ligado para siempre a la crisis de los cayucos. Se cumplen dos décadas de aquel episodio que marcó un punto de inflexión en la historia migratoria de Canarias. Lo que entonces se vivió como una situación excepcional terminaría revelándose como el comienzo de un fenómeno que transformaría al Archipiélago y que, veinte años después, sigue formando parte de su realidad. Canarias se convertiría en una de las principales puertas de entrada a Europa a través de la ruta atlántica. Aquel año, 31.678 personas procedentes de África occidental llegaron a las costas canarias a bordo de embarcaciones precarias. Fue una cifra sin precedentes que puso al Atlántico en el centro del mapa migratorio europeo y que, con el paso de los años, adquiriría una dimensión que entonces resultaba difícil de anticipar.
El fenómeno no apareció de golpe. Fue creciendo poco a poco hasta convertirse en la crisis que fue. «Es difícil simplificar lo que pasó. Allá por los años 96, 97, 98, 99, solamente había pequeñas embarcaciones que zarpaban en algún punto del litoral de Marruecos y cruzaban el estrecho. A Canarias llegaba una pequeña embarcación y muchos meses después otra», explica el director de Casa África, José Segura. España, sostiene, supo responder a aquella realidad y, pese a lo novedoso del fenómeno, «dio la talla».
Los efectos de la crisis
La crisis de los cayucos también cambió la forma en la que España afrontaba la llegada de personas migrantes. La red de acogida humanitaria comenzó a construirse, en parte, a raíz de aquel episodio, que actuó como «un detonante» y despertó, especialmente en el Gobierno central, la conciencia sobre la cercanía de Canarias al continente africano, explica el doctor en Historia Dagauh Komenan. Hasta entonces, el principal foco de las llegadas estaba en el Mediterráneo. La primera patera de la que se tiene constancia en las Islas llegó en agosto de 1994 a Fuerteventura, con dos jóvenes saharauis a bordo. La presión migratoria en el sur de Europa, sin embargo, fue desplazando progresivamente el mapa de las rutas. En 2004 se creó Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, con el Mediterráneo como uno de sus principales escenarios de actuación.
Un bebé, junto a un grupo de personas migrantes, tras su llegada en cayuco en el año 2024. / José Carlos Guerra
El punto de inflexión llegó un año antes de la crisis de los cayucos, con los saltos a las vallas de Ceuta y Melilla. La llamada crisis de la valla de 2005 provocó un refuerzo sin precedentes de los controles fronterizos, especialmente en Melilla. «A raíz de esta crisis se aumenta la altura de la valla y se pone la concertina», resume Komenan. El endurecimiento de la vigilancia cerró las rutas que hasta entonces concentraban buena parte de los movimientos migratorios y contribuyó a desplazar las salidas hacia el Atlántico: «De ahí el incremento de llegadas a Canarias. Fue el resultado de una serie de acontecimientos».
El cambio no se limitó al control de las fronteras. La respuesta española y europea comenzó también a mirar hacia los países de origen y tránsito, con acuerdos destinados a externalizar parte de la gestión migratoria y reforzar la vigilancia en África occidental. Muchos de los cayucos que llegaron a Canarias en 2006 habían partido precisamente desde esa zona. El Gobierno de Canarias comenzó a desarrollar políticas de cooperación orientadas a «mitigar las causas de la migración irregular». Los países de África occidental, hasta entonces relegados a un papel secundario en la política exterior española, comenzaron a ganar peso en los planes diplomáticos de Madrid, especialmente «en el marco de la devolución«, apunta Komenan.
España comienza a mirar a África
La ruta atlántica no desapareció tras el fin de la crisis de 2006. Durante más de una década, las llegadas cayeron de forma muy acusada. Entre 2007 y 2018 el Atlántico perdió protagonismo frente a otras vías de entrada, aunque nunca dejó de ser una ruta activa. El repunte comenzó en 2019 y adquirió protagonismo en 2020. La pandemia, el cierre de otras rutas y la situación en países como Senegal y Mauritania favorecieron el crecimiento de las salidas hacia Canarias.

Un grupo de personas migrantes tras su llegada en cayuco a Lanzarote este agosto. / Adriel Perdomo / Efe
En ese nuevo escenario, el muelle de Arguineguín, en Gran Canaria, se convirtió en el rostro del fenómeno. Durante meses, cientos de personas permanecieron hacinadas a la espera de ser trasladadas a recursos de acogida. El enclave pasó a ser conocido como el muelle de la vergüenza y volvió a colocar a la Comunidad Autónoma en el centro del debate migratorio. Una realidad que, años después, llegó también a llamar la atención del papa León XIV, que decidió visitar el Archipiélago este año para poner el foco en el fenómeno migratorio.
Los récords aún estaban por llegar. 2023 y, sobre todo, 2024 marcaron un nuevo máximo. Ese último año llegaron a las costas canarias 46.843 personas, la cifra más alta desde que existen registros. La presión volvió a sentirse con fuerza en una red de acogida que tuvo que asumir un volumen creciente de llegadas y, especialmente, de menores migrantes no acompañados. Canarias llegó a tutelar en solitario a más de 5.000 menores mientras reclamaba auxilio ante una red desbordada. La atención de los chicos se convirtió en uno de los principales focos del debate político sobre la gestión migratoria en las Islas.
¿Qué ha cambiado desde 2006?
Muchas cosas han cambiado con el paso de los años. En 2006, llegar a Canarias era, para muchos migrantes, una etapa del viaje hacia Europa. Hoy la aspiración de continuar el trayecto tampoco ha desaparecido, pero el escenario es diferente. Una de las herencias de aquella primera crisis fue el asentamiento de comunidades africanas en las Islas que han construido redes de apoyo para quienes llegan. «La política europea ha bloqueado el tránsito de las personas migrantes, haciendo que se asentaran aquí y que se creara una red. Eso no existía en 2006″, explica el doctor en Historia. Entonces, Canarias era un punto de paso. Hoy, para muchos, se ha convertido en un lugar de permanencia.

Llegada de un grupo de personas migrantes al muelle de Arguineguín, en octubre de 2020. / Ángel Medina / Efe
Entre 2007 y 2008, España firmó acuerdos para permitir las deportaciones de ciudadanos senegaleses y mauritanos y logró trasladar parte del control migratorio a otros países. Marruecos, Mauritania y Senegal asumieron un papel clave en la contención de los flujos hacia Canarias a cambio de cooperación y transferencias económicas. Este modelo, dos décadas después, sigue vigente y entonces se combinó con el despliegue de Frontex en el Atlántico. El resultado fue ese descenso acusado de las llegadas a las Islas.
Naufragios, desapariciones y muertes
La realidad es que Canarias «no estaba preparada para recibir a más de 30.000 personas» como ocurrió en 2006, valora el doctor en Derecho Lucas Pérez. Aquella llegada puso a prueba una capacidad de acogida que nunca antes había tenido que responder a una situación similar. La experiencia, sostiene Pérez, dejó una lección clara: era necesaria una «primera respuesta de urgencia y después una gestión a largo plazo».
La crisis también permitió entender hasta qué punto Canarias está «influenciada» por las circunstancias socioeconómicas de los países africanos vecinos. «La crisis de los cayucos en 2006 se debió, esencialmente, a la crisis económica senegalesa», explica Pérez. En aquel momento, los cayucos de pesca senegaleses adquirieron un papel protagonista en la ruta atlántica. Su capacidad para transportar a un elevado número de personas y recorrer grandes distancias permitió que una travesía mucho menos frecuente adquiriese una gran dimensión.
2006 dejó otra lección: las muertes. Unas 6.400 personas han perdido la vida en el Atlántico en la última década. La cifra sigue creciendo mientras continúan las travesías hacia Canarias. La lección de fondo, añade Komenan, permanece intacta: «El principal motor de la migración irregular es la falta de canales de migración regular. La represión no es la solución, agudiza el problema más que lo soluciona».
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