Las restricciones entran dentro de una gestión forestal ordenada, pero también hay una sobrerregulación que habría que abordar

Dos de los mayores expertos en incendios forestales del país, Raúl Quílez, doctor en Biosistemas, y Paco Castañares, exdirector general de Medio Ambiente de la Junta de Extremadura, han alertado en el programa ‘El Cascabel‘ de TRECE de la situación crítica de los montes españoles. Ambos especialistas, entrevistados por Ana Samboal, coinciden en que la acumulación de biomasa convierte los bosques en una bomba de relojería, al tiempo que se desperdicia un recurso energético de enorme potencial.

Una maraña de burocracia

Raúl Quílez ha explicado que la gestión forestal se enfrenta a una compleja realidad administrativa. «Se han ido superponiendo leyes tras leyes», lo que genera «una maraña de regulación legislativa y de gestión administrativa«. A esto se suma que el 72% de los montes en España son privados y que, en ocasiones, sus dueños ni siquiera son conscientes de serlo por herencias antiguas. Esta situación dificulta la obtención de autorizaciones para tareas básicas como desbroces o podas.

El especialista ha reconocido que existe «cierto nivel de sobrerregulación» y que «la simplificación administrativa en muchos casos brilla por su ausencia». Aunque las restricciones buscan una gestión forestal ordenada, la lentitud de los trámites es una queja recurrente. Quílez ha señalado que en algunas comunidades autónomas ya existen mecanismos ágiles como la «declaración responsable» para realizar desbroces en montes privados, demostrando que las soluciones son posibles.

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Terreno quemado por el incendio forestal entre Cebreros y El Tiemblo, a 28 de julio de 2026, en Ávila, Castilla y León

El potencial energético oculto

Por su parte, Paco Castañares ha sido tajante al señalar por qué no se aplican las soluciones: «porque los inexpertos no lo tienen claro«. Ha revelado un dato demoledor: los bosques españoles generan 60 millones de toneladas de biomasa más cada año. Para ilustrar el peligro, ha usado una metáfora clara: «Si a una chimenea le metes más y más leña, yo te aseguro que se te quema la casa«.

Este excedente de biomasa no es solo un combustible para los incendios, sino también un «yacimiento energético», como lo ha definido Quílez. Según los cálculos de Castañares, la biomasa generada anualmente equivale a 105 millones de barriles de petróleo, lo que supone el 21% del consumo total de petróleo de España. Un recurso desaprovechado que, en palabras de Quílez, podría generar economía rural a través de proyectos como la planta de biomasa de Soria, que abastece a 10.000 viviendas.

Ambos expertos han coincidido en que la falta de incentivos y la pérdida de competitividad de la agricultura y la ganadería agravan el problema, provocando el abandono de terrenos rurales que se convierten en propagadores del fuego. «Es un problema no sencillo de solventar en relación con los incendios, porque tiene muchísimas aristas», ha insistido Quílez, quien también ha destacado la importancia de defender las zonas de interfaz urbano-forestal.

Un hidroavión trabaja en las tareas de extinción del incendio de la Vall d’Uixó

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Un hidroavión trabaja en las tareas de extinción del incendio de la Vall d’Uixó

El desastre después del fuego

Castañares ha lanzado la advertencia más grave sobre el escenario post-incendio. «El principal problema viene ahora, cuando lleguen las primeras lluvias en una zona de alta montaña». Ha pronosticado un desastre ecológico con «ríos de petróleo» y embalses convertidos en «una charca de chapapote» debido al arrastre de cenizas y restos quemados, que son altísimamente contaminantes.

La combustión de la vegetación genera tóxicos como los pirobencenos, que contaminarán el agua y el suelo durante mucho tiempo. «Limpiar eso es poco menos que imposible», ha sentenciado Castañares. El impacto emocional en la población es otro factor devastador: «Ver que se ha quedado sin nada, paisajes que formaban parte de su vida destruidos, es gravísimo».

Finalmente, Raúl Quílez ha subrayado la necesidad de actuar de inmediato tras un incendio. Ha abogado por diseñar «un buen plan de restauración y regeneración post incendio a largo plazo«, con un seguimiento de 6, 8 o 10 años. Las primeras medidas deben centrarse en evitar los procesos de escorrentía (el arrastre de cenizas y suelo por la lluvia) mediante obras de contención en las gargantas y laderas afectadas.

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