Hace dos veranos escribí en estas mismas páginas una columna titulada Edificios abandonados, paisajes destrozados, en la que denunciaba cómo los ayuntamientos cuidaban sus cascos urbanos y descuidaban sus paisajes rurales. Hoy, cuando el calentamiento global convierte las costas en un refugio climático muy codiciado, hay que poner el foco sobre la responsabilidad de los ayuntamientos con litoral en el desigual tratamiento que dan a sus paisajes de primera y segunda clase.
La playa, con o sin bandera azul, y el paseo marítimo, se limpian cada mañana; pero los estuarios, las marismas, los terrenos portuarios degradados o las calas fuera de la ruta turística principal se convierten en vertederos invisibles de pequeñas o medianas embarcaciones abandonadas y restos de actividades pesqueras.
Si en el interior los inmuebles abandonados y en ruinas destrozan el paisaje, en la costa existe el fenómeno del casco de fibra o madera abandonado porque su desguace no compensa económicamente al propietario. Son verdaderas ruinas varadas,cuya responsabilidad se diluye en un limbo administrativo entre Marina Mercante, Costas, las autoridades portuarias y la desidia municipal.
Como existe una normativa eficaz para declarar un coche abandonado como residuo urbano y llevarlo al desguace, no se comprende por qué en el litoral la burocracia para retirar y descontaminar un barco fuera de uso es un calvario legal que acaba paralizando a los ayuntamientos.
En Andalucía, desde donde escribo, con cerca de mil kilómetros de costa, a la Junta gobernada por Moreno Bonilla en solitario hasta hace unos días se le llenaba la boca con la economía azul y la sostenibilidad marina. Pero ahora, con la ultraderecha de Vox en su Consejo de Gobierno, no parece probable que se exija a los ayuntamientos un inventario de las embarcaciones abandonadas, aplicación de la legislación de residuos (al igual que se hizo con los coches) y una apuesta real por la economía azul y circular que no se quede solo en el márketing turístico.
Existen fondos europeos (FEMPA) y estrategias de Responsabilidad Ampliada del Productor (RAP) para aparejos de pesca, pero falta el eslabón local: la voluntad política de las corporaciones locales costeras para actuar de oficio, retirar esos «cadáveres» de fibra de vidrio y convertirlos en recursos reutilizables o, al menos, devolverle la belleza al paisaje litoral no turístico.
El espacio público es un patrimonio común que nos toca defender a toda la ciudadanía, y no podemos olvidar que un paisaje cuidado es el mejor seguro contra el incivismo y el vandalismo, siempre de unos pocos, pero que pagamos la mayoría. Lo que está limpio invita a no ensuciar, recuerdenlo siempre.















