¡Viva el ciclismo! Sin más. ¡Viva el epílogo a un Tour de fantasía! París vale mil fiestas cuando dos superclases como Tadej Pogacar y Mathieu van der Poel deciden convertir a la ciudad de la luz en un bárbaro espectáculo. Ellos contra el mundo. Ellos bailando como las artistas del Moulin Rouge que los recibieron a las puertas de su cabaré como las superestrellas que son.
Se abrazaron Van der Poel y Pogacar al acabar una obra maestra, porque ellos levantaron un nuevo monumento, como un lienzo en cualquiera de los museos cercanos. Es atroz que este Tour ya se haya acabado. Dio igual que decidieran terminar la última etapa, en cuanto a tiempos, a 43 kilómetros del final. Fue una decisión muy discutible, que si seguridad, que si gaitas. Pero hasta fue una bendición, porque si Pogacar no se jugaba el Tour, se lanzaría como un tigre a por la victoria, a ser el segundo jersey amarillo que triunfaba en los Campos Elíseos, algo que sólo ha hecho Bernard Hinault.
Van der Poel, a la derecha, se impone en los Campos Elíseos. / ASO / THOMAS MAHEUX
Cuando Van der Poel daba el último suspiro y empujaba la bici para ganar, protegida la victoria por su compañero Jasper Philipsen, que fue segundo, los aficionados que llevaban desde las 9 de la mañana en la famosa calle Lepic entonaban ‘La Marsellesa’. Allí cantaban, en el barrio de Montmartre, a las puertas del Café des Deux Moulins, mundialmente famoso por Amélie y una película de culto también entregada a la magia del Tour.
Aficionados de todas partes
Aparte de franceses había muchos mexicanos, que renegaron cuando Isaac del Toro rompió la bici y se desentendió del festival. También chillaban los daneses que empujaban a Mads Pedersen, de verde iba y hasta del mismo color llevaba la bici. Pedersen participó de la primera entrega de una etapa monumental cuando actuó con Pogacar, Van der Poel a rueda, al igual que Evenepoel.
Que nunca más se vuelvan a dar vueltas tontas en los Campos Elíseos. Esta etapa se tiene que perpetuar porque ya fue magistral hace un año cuando se estrenó a semejanza de la que se presentó como carrera olímpica en el París de 2024. Entonces Wout van Aert sentó a Pogacar.

Imagen del público que abarrotaba el exterior del Sagrado Corazón. / ASO / THOMAS MAHEUX
Y esas cosas al jersey amarillo no le gustan. Las anota en su mente. Por su cabeza pasaba ganar en París, aunque también sabía, como todo el mundo, que Van der Poel llevaba de paseo por los Alpes, guardando fuerzas para unirse al festival del astro esloveno.
Como una clásica
Fue como una clásica dentro del Tour, como si Pogacar y Van der Poel estuvieran sobre los adoquines de Roubaix. O peleándose en los repechos de Flandes. O jugándose el pellejo en la bajada hacia San Remo. Es el nuevo ciclismo magistral donde ya no se toma champán camino de los Campos Elíseos, en el Tour más rápido de la historia y donde un ciclista vestido de amarillo se convierte en el mejor artista como si fuese Rosalía sobre el escenario o Taylor Swift llenando estadios con su música. Pogacar, con Van der Poel en su banda, abarrotó París y convirtió a Montmartre en un nuevo santuario del ciclismo.
París se cubrió de nubes, se empezó a hacer oscuro pero Pogacar resplandeció sobre el podio de los Campos Elíseos con un quinto Tour en su bolsillo.

El público, a ambos lados de la calle Lepic de Montmartre. / ASO / CHARLY LÓPEZ
Fuente: El Periódico














