El libro de recetas de la abuela

Lorenzo del Rey

Hay días en los que uno tiene invitados en casa y quiere que la comida esté a la altura de la ocasión. No vale cualquier cosa, porque hay que buscar ese plato que tenga memoria, que huela a cocina de siempre y que recuerde a aquellos guisos que se hacían sin prisas, cuando las cosas importantes necesitaban tiempo. 

Entonces se abre el viejo libro de recetas de la abuela, ese que tiene las páginas manchadas, las esquinas dobladas y, entre sus renglones, todos los secretos de una cocina antigua que sabía que lo bueno necesita tiempo. Allí está el chup chup, la medida exacta, el punto de sal y ese ingrediente que no figura en ninguna receta porque pertenece al sabor de lo auténtico. 

La corrida concurso que cerró la Feria de Albacete fue precisamente eso: abrir el recetario antiguo de la tauromaquia para recordar de qué está hecha la Fiesta cuando quiere saber a lo que sabe. Y sabe a toro bravo, a toro que se arranca al caballo desde lejos, que empuja, que repite, que se crece en la pelea, a toro que llega a banderillas con poder y movilidad y que después, en la muleta, todavía tiene algo que decir. Esa es la esencia de la bravura entendida como una suma de entrega, transmisión, poder y emoción, y esas suertes que no son un adorno del espectáculo, sino una parte esencial de su liturgia, volvieron a tener protagonismo en una tarde en la que Albacete respondió y reconoció aquello que estaba viendo en el ruedo.

La primera página importante del recetario la escribió Peinajóvenes, de Samuel Flores, segundo de la tarde y primer toro de Damián Castaño. Salió protestado de chiqueros y se mostró abanto, con la cara alta después de las verónicas del salmantino. También tardeó en varas y su primer encuentro con el caballo fue flojo, llegando incluso a desentenderse del peto, por lo que el segundo puyazo, al relance, terminó teniendo más de trámite que de pelea. En banderillas mantuvo esa tendencia a ir con la cabeza alta, obligando a Rubén Sánchez a la lidia y a Curro Vivas y José Antonio Ventana «Toñete» a poner oficio ante un toro que no regalaba demasiado.

Castaño, sin embargo, supo encontrarle el sitio. El toro acudía con prontitud al cite y tenía transmisión, aunque al final de los muletazos punteaba ligeramente, y el torero consiguió construir dos buenas series por el pitón derecho, aprovechando esa condición y llevando la faena con firmeza. Al natural la respuesta fue menos clara: Peinajóvenes se quedaba más corto y exigía más insistencia, y cuando Castaño regresó a la diestra el toro ya había perdido parte de aquella entrega inicial. Fue una labor de búsqueda, de intentar sacar lo que había, especialmente por el lado derecho, sin que el conjunto terminara de alcanzar la redondez. La espada tampoco ayudó. El primer intento quedó casi en la paletilla y el propio torero tuvo el gesto de pedir disculpas al público; el segundo cayó bajo y la faena se quedó sin premio.

Pero con su segundo, quinto de la tarde, cuando aparece un toro como Organillero, de Fuente Ymbro, la discusión se hace pequeña. Damián Castaño fue muy generoso y el público pudo disfrutar de unos minutos de oro. De esos momentos que uno guarda para toda la vida. El animal fue extraordinario en varas, arrancándose cada vez desde más lejos, acudiendo con alegría, creciendo en los encuentros y provocando que la música sonara mientras el público asistía a una de esas escenas que explican por sí solas por qué el tercio de varas sigue siendo una de las grandes verdades de la tauromaquia. 

Después escarbó en banderillas, permitió el lucimiento de los hombres de plata y llegó a la muleta con esa condición que distingue a los toros que dejan huella. Damián Castaño entendió desde el principio lo que tenía delante y quiso aprovecharlo con una faena de entrega y ligazón. Se puso de rodillas, con la montera puesta, y dejó varios muletazos ligados y con transmisión, mientras Organillero metía la cara y acudía al cite. El salmantino quiso darle distancia, dejar que el toro se arrancase y aprovechar ese viaje que llevaba dentro, y la música acompañó una labor que empezaba a tomar vuelo. No había truco: toro y torero estaban poniendo sobre la arena buena parte de lo que se le pide a una corrida concurso, con el animal entregándose y el hombre dispuesto a aprovecharlo. 

Pero cuando la faena comenzaba a crecer, Organillero hizo presa, lo prendió y lo hirió, obligando a Castaño a pasar a la enfermería. Se rompió entonces el hilo de la tarde y Rubén Pinar salió en su lugar para resolver como pudo una papeleta que ya venía marcada por la cogida. Pinchazo y estocada, pañuelo azul y vuelta al ruedo para un toro que había sido, sencillamente, el toro de la Feria. El parón provocado por la cogida dejó la tarde desangelada, pero no consiguió borrar la impresión que había dejado un Organillero que ya había escrito su nombre entre los triunfadores del abono.

Antes, Sartenero, de Baltasar Ibán, había enseñado otra página de ese viejo libro de recetas. Hizo méritos para el pañuelo azul y se quedó en esa frontera donde el toro ya ha convencido al público y solo falta que el palco termine de escribir la última línea. Se movió bien en el capote de Pinar, tardeó inicialmente en varas, pero después se arrancó de largo y empujó algo más en el segundo encuentro. 

En banderillas tuvo peligro y se dolió, obligando a Raúl Ruiz e Ignacio Martín a poner oficio y verdad hasta desmonterarse. Pinar brindó al toro y fue construyendo la faena a fuego lento. Sartenero metía la cara con codicia al comienzo de los viajes, aunque terminaba rebrincándose, y el torero tuvo que insistir, alargando los muletazos y buscando siempre un poco más. Por el derecho llegó lo mejor, especialmente en una serie poderosa, de mando y mucha verdad, antes de cerrar en cercanías. La espada dejó la faena sin el premio que quizá merecía, con una estocada caída, cuatro descabellos y un aviso, pero el público reconoció al toro en el arrastre con aplausos y a Pinar con una ovación. Sartenero se quedó en la frontera del pañuelo azul, pero dejó argumentos de sobra para figurar entre los toros importantes de la tarde.

La corrida tuvo además el mérito de poner a los tres toreros delante de animales que exigían distintas recetas. Cristian Pérez se encontró en tercer lugar con Rebaja, de Cuadri, un toro que nunca terminó de entregarse con claridad, pero al que el de Hellín fue haciendo poco a poco. Tras el brindis, el percance de Iván García al resbalarse y ser revolcado por el astado, con la taleguilla rota pero sin consecuencias aparentes, añadió todavía más tensión a una labor que fue creciendo conforme avanzaba. 

Pérez tuvo que sacar al toro a base de poder, de mando y de buscarle el sitio, especialmente por el pitón derecho, donde encontró los viajes más aprovechables y pudo llevarlo con autoridad, cruzándose y exponiendo para extraer lo que el Cuadri llevaba dentro. También hubo algún natural estimable, pero la faena tuvo sobre todo ese carácter de lucha y conquista de un toro al que hubo que ir ganándole terreno. Fue un trasteo de menos a más, breve e intenso, de los que se construyen a fuerza de insistir y que tienen más mérito por lo que se consigue sacar que por las facilidades que ofrece el animal. Pinchazo hondo y estocada caída, un aviso y el toro tardando en caer dejaron la labor sin premio, aunque la ovación reconoció el esfuerzo del torero ante un ejemplar que nunca puso las cosas fáciles.

La oreja llegó con el sexto, Mirador, de Pedraza de Yeltes, y tuvo otro argumento completamente distinto. Aquí no había que buscar tanto la posibilidad como asumir el peligro. Era un toro de esos que esconden una amenaza constante, de peligro sordo, que después del primer tramo del muletazo se revolvía con rapidez y dejaba siempre al torero pendiente de lo que podía ocurrir detrás. Cristian Pérez volvió a ponerse en el sitio, enfrontilado, templando con calma y aceptando que cada pase tenía su precio. 

No fue una faena de alardes ni de adornos, sino de tragar, de aguantar y de saber qué toro tenía delante, sacando los muletazos sin trampa ni cartón y jugando con ese margen estrecho que dejaba el de Pedraza. La sensación de peligro fue creciendo hasta hacerse imposible continuar y, después de haber exprimido cuanto podía, se fue a por la espada. La estocada hizo caer la oreja y premió una actuación marcada por la entrega. Si con el Cuadri tuvo que sacar la faena a base de poder, con el de Pedraza tuvo que hacerlo a base de aguantar el peligro. Dos toros diferentes y dos maneras de ponerse delante de ellos que explican bien la tarde de Cristian Pérez en Albacete. El crédito de Cristian Pérez sigue creciendo. Y con una herida de 30 centímetros todavía fresca en su pierna. Muy buena tarde del albacetense, sin duda.

Los hombres de plata también cocinaron su parte de la tarde. Raúl Ruiz, Javier Perea, Curro Vivas, José Antonio Ventana «Toñete», Ignacio Martín, Iván García y Óscar Reyes estuvieron presentes en una corrida donde banderillas y lidia tuvieron verdadero protagonismo. Hubo aciertos y algún desacierto, como corresponde a un tercio que se ejecuta delante de toros que exigían atención permanente, pero también momentos en los que la profesión de subalterno volvió a ocupar el lugar que merece, al servicio del toro y del torero, pero también de la emoción del espectáculo. 

Y los picadores tuvieron su capítulo aparte, especialmente Cristian Romero con Organillero, entendiendo perfectamente al toro y protagonizando esos encuentros de largo recorrido que hicieron sonar la música, y Agustín Moreno con Sartenero, reconocido por el público después de una labor medida y eficaz. La vara dejó de ser trámite para convertirse en argumento y eso, en una corrida concurso, tiene un valor especial.

Rubén Pinar también puso de su parte. Le tocó enfrentarse a toros con distintas condiciones y quiso buscarles las vueltas, especialmente con Sartenero, al que terminó arrancando una faena de intensidad y mando. No siempre encontró el toro que necesitaba para redondear, pero lo intentó y dejó la sensación de un torero dispuesto a meterse en la pelea cuando la corrida lo exigía. La espada, en esta ocasión, no acompañó, pero su actitud sí mereció el reconocimiento del público.

Ese es quizá el gran regalo que deja esta corrida concurso: que, por unas horas, la tauromaquia volvió a recordar su receta original. No hacen falta demasiadas explicaciones cuando el toro bravo habla. Cuando un animal se arranca desde lejos al caballo, cuando empuja, cuando vuelve a acudir, cuando crece en la pelea y después todavía tiene motor para las banderillas y la muleta, está explicando él solo buena parte de lo que significa esta fiesta. Ahí está el mejor argumento de quienes defienden una tauromaquia pura, auténtica y emocionante: en la propia bravura, en la emoción que produce un toro como Organillero, en los méritos de Sartenero, en el peligro de Mirador, en los momentos de Rebaja, en los toreros poniéndose donde quema y en los banderilleros y picadores jugándose el tipo. 

Esa es la receta que no necesita añadidos, porque cuando el toro bravo aparece y la emoción llega al tendido, el público entiende perfectamente lo que tiene delante. La Feria de Albacete echó el cierre con las páginas de ese viejo recetario abiertas sobre el burladero y con la sensación de que, de vez en cuando, conviene volver a la cocina de siempre para recordar que la Fiesta de los toros, cuando quiere ser verdad, sigue teniendo un sabor que no se parece a ningún otro.

Fuente