La lluvia rondó este sábado la fiesta de Santiago en Posada de Llanes, pero no logró deslucir una mañana en la que el pueblo volvió a reconocerse en sus ramos, sus trajes y sus bailes. El cielo amenazaba sobre Villa Pilar, donde cientos de personas se fueron congregando desde las once de la mañana, al tiempo que la Banda de Gaites Llacín recorría las calles para anunciar el día grande.
La finca, ligada desde hace décadas a la celebración, aguardaba la salida de la imagen de Santiago y de los cinco ramos preparados desde el viernes: dos de pan, otros dos de pan dulce y uno de rosquillas. Aldeanas y porruanos rodeaban las ofrendas mientras el público buscaba acomodo ante una procesión que, finalmente, pudo cumplir su recorrido hasta la iglesia de Santa María de la Asunción.
Volver a vestirse
Para Marilí y Covadonga Collera, la cita tuvo además el sabor de un regreso. Ambas son de Posada, aunque residen fuera, y recuperaron para la ocasión un gesto que no repetían desde hacía tiempo. «Hacía 20 años que no nos vestíamos, pero siempre que podemos, venimos», señalaba Marilí Collera, envuelta ya en el ambiente de espera que se formaba en torno a Villa Pilar.
Su hermana Covadonga encontraba en el calendario una de las razones de la notable respuesta de público: «Este año al ser fin de semana hay mucha más gente». La fiesta reunió así a quienes mantienen la tradición durante todo el año y a quienes regresan a Posada para no perderse una fecha señalada en el verano familiar.
La comitiva salió de la casona entre el sonido de las gaitas, las panderetas elevadas por las aldeanas y los cantares propios de la festividad. El paso de los ramos y la imagen por las calles concentró a numerosos vecinos y visitantes antes de desembocar en el templo.
Una casa para los ramos
Villa Pilar volvió a ser mucho más que el escenario de la salida. Moraima Sordo recordó el vínculo de sus propietarios con la celebración: «La familia vive en Venezuela y deja la casa para que se preparen y salgan desde aquí». La cesión mantiene vivo el punto de partida de un rito que forma parte de la memoria colectiva de Posada.
La llegada a la iglesia puso fin al recorrido sin que la lluvia hiciera acto de presencia. El párroco resumió el alivio compartido al pedir «un aplauso por haber podido celebrar la procesión sin lluvia». El gesto fue respondido por los asistentes, conscientes de que el tiempo había respetado una de las imágenes más esperadas de la jornada.
La relevancia de Santiago trasciende, para quienes lo viven desde dentro, el programa festivo. «En cada pueblo hay una fiesta, pero Santiago la celebran todos», afirmaba Míriam Rodríguez, integrante de la comisión. Ángela Sordo, también miembro de la organización, condensaba el sentir de la mañana: «Es el día más importante del año».
Bailar lo heredado
Tras la misa, cantada por los mariachis «Estampas de México» la plaza tomó el relevo. Desde las 13.30 horas, cientos de personas esperaban alrededor del espacio reservado para los bailes regionales, que comenzaron a las 14.00 horas con la apertura musical de la Banda de Gaites Llacín. Los más pequeños abrieron paso a una tradición que se aprende desde edades tempranas, seguidos por los grupos mediano y adulto.
Valeria Amor y Olaya Remis, integrantes del grupo mediano, daban cuenta del trabajo previo. «Llevamos ensayando un mes», explicaba Amor. Su grupo interpretó «el Trébole y la jota de Cadavedo«, detallaba Remis.
Los adultos completaron el repertorio con el Pericote y el xiringüelín de Naves, dos de las piezas más representativas del folclore llanisco. En la plaza, la sucesión de edades sobre el baile encontró su reflejo en las familias que contemplaban las actuaciones. Nardi Sordo lo resumía desde la experiencia propia: «En mi casa se visten tres generaciones«. La frase dejaba una imagen precisa de la mañana: la de una fiesta que vuelve cada 25 de julio porque, en Posada, todavía se hereda.













