¿Se han enterado de que España ha ganado el Mundial? Apuesto a que sí. La selección ha hecho un gran campeonato y se lo ha merecido. No han brillado como en la Eurocopa, pero a cambio han sido más bloque, más equipo. Seguro que a estas alturas han podido leer muchos análisis futbolísticos y sobre los alrededores del torneo. Así que me pregunto qué puedo aportar yo. Quizá mi experiencia personal. Eso seguro que me diferencia.
Empezaré por el final, esto es, por la final, la finalísima. En concreto la prórroga. Pocos segundos después de que Ferran Torres hiciera que mi padre, mi hijo y yo saltáramos enloquecidos. Nada distinto, seguro, a lo sucedido en millones de otros hogares del país. Lo curioso, sin embargo, empezó aproximadamente seis coma cuatro segundos de cuando la pelota traspasó la línea de gol. Mi hijo se hundió en la silla hecho una bolita de pelo rizado. Y se puso a llorar en silencio. Unos lagrimones como si la mala bestia de Leandro Paredes hubiera metido el gol decisivo y no un futbolista de la Roja. De todos modos el primer sospechoso resulté ser yo mismo. Pensé que en la euforia, al izarlo al aire, le había hecho daño en un brazo, una pierna o a saber dónde. Pero miraba la tele como hipnotizado, como un hipnotizado triste, y eso no parecía compatible con un daño físico concreto. Luego se me ocurrió que el problema podía ser Messi. Mi hijo idolatra al sin duda mejor jugador de la historia. Me parecía poco probable porque tenía claro quién quería que ganara; iba vestido con la preciosa segunda equipación de color blanco roto y llevaba todo el día deseando el triunfo hispano. Por la tarde, vinieron un par de amigos a buscarlo para irse a jugar a… ¿Adivinan? Sí, a futbol, claro. Bromeé con ellos sobre a favor de quién irían a la noche. Un poco más y me arrean. Lo hubiera tenido merecido. La cuestión es que ni siquiera le pregunté si el motivo de la tristeza era la posible caída de uno de sus mayores ídolos. En verdad, lo descarté casi antes incluso de pensarlo.
No quedaba otra que valorar la opción de eso que llamamos «llorar de alegría». Se lo pregunté y, aún con las lágrimas enormes bajando con lentitud por su cara compungida, asintió. Nada más, obviándome, sin dejar de mirar la tele.
Se ve que el fenómeno, técnicamente, se llama homeostasis emocional que, perdonen mi cazurrismo, suena a algo bonito de índole sexual entre hombres.
La situación duró apenas un par de minutos, quizá menos. De ahí hasta el final tuve que padecer los únicos arreones de los marrulleros criollos y calmar mis expresiones para no excitar, por euforia o rabia, al niño de 9 años.
No hemos vuelto a hablar del tema. Silencio absoluto. Él se fue de celebración por el pueblo, con los abuelos, en busca de sus amigos, pero no había ninguno, solo un grupo de jóvenes que le pusieron la bandera rojigualda a la estatua del faixero, aquí en Cinctorres.
Nunca olvidaré esos minutos. Espero que el pequeño Tosca tampoco. O sí, que solo recuerde la alegría del momento y que, dentro de muchos años, quizá lea esta columna y le venga a la memoria lo que pasó. O no.
Editor de la Pajarita Roja
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