Siguiendo la estela de éxitos en los que España anda metida desde hace varios años, siendo uno de ellos, y que pasará a la historia, la reciente inauguración de la Sagrada Familia de Barcelona en el apoteósico acto presidido por el Papa León XIV, los Reyes y el presidente Pedro Sánchez, el reciente campeonato mundial de fútbol conseguido por la selección española se suma a esa estela de éxitos a la que antes me refería y que mucho me temo echa por tierra, una vez más, el empeño de la derecha española de convertir a España en un país que no funciona y que se encuentra al borde del colapso y aunque yo no sea un experto en fútbol como Mariano Rajoy no puedo evitar referirme a la reciente copa mundial de fútbol.
El éxito de la selección española es el resultado de políticas públicas del Estado del bienestar que han apostado por las escuelas de fútbol en centenares de pueblos y de ciudades españolas. Poblaciones en las que se han construido polideportivos con el dinero de nuestros impuestos y que gracias a precios de matrícula muy razonables cualquier niño con independencia de su situación económica puede acceder a una actividad deportiva de gran calidad. Si en España la práctica deportiva estuviese en manos privadas los resultados en competiciones de cualquier clase de deportes serían mucho peores.
Como dato a destacar se encuentra el comportamiento de los jugadores de la selección argentina. En el partido de semifinales contra Inglaterra, los argentinos desplegaron un comportamiento grosero y maleducado, bramando insultos, así como violento dando patadas a diestro y siniestro sin que los árbitros hiciesen nada por evitarlo. Misma actitud que mantuvieron durante la final que jugaron contra España. Fue dramático ver a jugadores españoles volando después de recibir empujones, patadas y placajes de todo tipo más propio del rugby que del fútbol. En las redes sociales los argentinos se han quejado del nulo apoyo que recibieron del resto de países de Hispanoamérica en la final que jugó contra España. A ese escaso apoyo se une el unánime respaldo a España del resto de países del mundo. Se acusa a Argentina de ser un país racista que se ríe de sus países limítrofes. Tal vez suene extraño, pero muchos argentinos no se consideran sudamericanos. Creen que son europeos. Y por ello miran a los habitantes del resto de países de Centroamérica y Sudamérica como indios salvajes.
Al revés que los jugadores argentinos, los españoles practicaron un juego elegante de toque que volvió locos a los argentinos que durante la casi totalidad del partido apenas tocaron la pelota y cuando lo hicieron fue para perder la posesión de manera inmediata. Ante su nula capacidad de enhebrar jugadas comenzaron a dar patadas y golpes propia de jugadores desesperados con muy bajo nivel de deportividad. A crear un ambiente hostil contra los jugadores españoles ayudaron, en los días previos al partido, decenas de comunicadores argentinos tanto de radio, televisión e internet, que plantearon la final como una lucha a muerte como ya habían hecho con Inglaterra. Lo que consiguieron fue que la casi totalidad de la población mundial se puso de parte del equipo español, millones de personas que querían ver un deporte con reglas de juego y de honor y no patadas y golpes por todos lados.
Resulta curioso el cambio de mentalidad hacia Argentina que ha ocurrido en los últimos años. Cuando miles de argentinos comenzaron a emigrar a otros países a principio del siglo XX huyendo de una espantosa situación económica fueron recibidos, sobre todo en Europa, con amistad. Gustaba su cultura y sus costumbres así como por un apoyo generalizado a una sociedad que había sufrido una terrible dictadura militar. Sin embargo, en pocos años, la sociedad europea cambió de actitud hacia los argentinos. Comenzó a verlos como arrogantes, prepotentes y con tendencia a hacer el ridículo con esa manía de ponerse a dar vivas a su patria cuando se juntan más de 10 personas. Da igual donde estén, en un aeropuerto o en un restaurante. Cualquier motivo es suficiente para ponerse a bailar agitando la mano al aire. Tampoco ayuda el tufo racista que periodistas de televisiones argentinas dejan entrever a la menor ocasión, hablando mal de los países que rodean a Argentina. Por no hablar de los miles de vídeos que han circulado por internet en los que argentinos se reían de los rivales que iban teniendo en la Copa Mundial de Fútbol.
Terminado el campeonato los antaño equipos sudamericanos que siempre copaban los primeros puestos por la calidad de su fútbol han terminado en un absoluto fracaso. La violencia de Uruguay en su partido contra España, el fracaso de Argentina que ni siquiera empleando la violencia y el intento de engaño al árbitro consiguió ganar a España así como un Brasil muy alejado del podio de ganadores, debe suponer un antes y un después. El fracaso del fútbol sudamericano es el fracaso de un modelo de vida. Y qué decir de la superestrella Messi, caminando por el césped del estadio donde se jugó la final, aturdido y sin saber qué hacer.
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