Ángel Díaz González se toma unos segundos para rebuscar entre los recuerdos. A sus 101 años hay nombres y fechas que necesitan un pequeño empujón, pero en cuanto empieza a hablar de «El Vasco» las imágenes vuelven con una claridad sorprendente. Las locomotoras de vapor, las pendientes más complicadas, las toneladas de carbón que transportaba o los compañeros con los que compartía cabina aparecen uno tras otro en la conversación. «La primera máquina a la que me subí fue a la 18», recuerda finalmente, aludiendo a la emblemática locomotora de vapor del histórico Ferrocarril Vasco Asturiano. Aquella máquina fue el comienzo de una trayectoria de 43 años y nueve meses ligada a uno de los ferrocarriles que mejor representan la historia industrial de Asturias.
Nacido en Mieres y casado en Bueño (Ribera de Arriba), Ángel fue el protagonista este martes de un homenaje organizado por un grupo de amigos, muchos de ellos también ferroviarios de Feve, que quisieron reconocer la trayectoria de uno de los últimos maquinistas asturianos que conocieron el vapor desde la cabina. La jornada comenzó con un viaje en tren entre Figaredo (Mieres) y Collanzo (Aller) y el posterior regreso a Mieres por una línea que recorrió durante buena parte de su vida laboral. Durante parte del trayecto les acompañó el alcalde de Aller, Juan Carlos Iglesias García, mientras que, ya en Mieres, la vicealcaldesa, Teresa Iglesias, le entregó un obsequio en nombre del Ayuntamiento como reconocimiento a toda una vida dedicada al ferrocarril.
Sentados, de izquierda a derecha, José Antonio López, Juan José Sanjurjo, Ángel Díaz y Amador Robles. De pie, por la izquierda, Javier Fernández, Enrique González, Andrés Donato, José Ramón Iglesias, José Ramón González y Beatriz Vilarnovo. / LNE
El viaje fue mucho más que un recorrido simbólico. Quienes organizaron el homenaje cuentan que Ángel se emocionó al volver a subir al tren y que volvió a hacerlo durante la comida celebrada después, rodeado de compañeros con los que compartió profesión y de otros que crecieron escuchando sus historias. Entre los asistentes estaban Juanjo Sanjurjo, José Antonio López, Enrique González, José Ramón Iglesias, Andrés Donato, Amador Robles, José Ramón López y Beatriz Vilarnovo, todos ellos ferroviarios de Feve de distintas categorías, tanto en activo como ya jubilados. También participó Javier Fernández, director del Museo del Ferrocarril de Asturias. Amador Robles resumía el sentir del grupo con una frase que define bien al homenajeado: «Son 101 años de un ferroviario inigualable».

Angel Díaz, con Jesús «Moreda» y Segundo Alonso en Collanzo en el año 1967. / LNE
Basta con conversar unos minutos con Ángel para comprender por qué es historia viva de las cuencas mineras y del ferrocarril asturiano. Habla despacio, se toma un instante cuando busca un nombre o una fecha, pero enseguida aparecen estaciones, locomotoras, maniobras y anécdotas de otra época, relatadas con una lucidez que sorprende a quienes le escuchan. Su carrera comenzó como encendedor y después como fogonero, antes de convertirse en maquinista. Y, contra lo que podría pensarse, guarda un recuerdo especial de aquel primer oficio. «Lo más guapo del oficio era ser fogonero, porque tenías menos cargos y estabas más libre», afirma con una sonrisa.
La llegada del diésel supuso un antes y un después. Las locomotoras eran más modernas y cómodas, pero para él perdieron parte del alma que tenía el vapor. «Era más aburrido porque ibas solo en la cabina y no tenías con quién hablar», explica. Durante más de cuatro décadas condujo tanto trenes de viajeros como convoyes de mercancías. Entre los servicios que mejor recuerda están los que trasladaban carbón desde las cuencas hacia distintos puntos de Asturias. «Llevábamos 1.250 toneladas de carbón a San Esteban y a la térmica de Soto», rememora. Eran jornadas interminables. «Hacíamos muchísimos kilómetros al día».

Angel Díaz durante el homenaje. / LNE
También había recorridos que imponían un respeto especial. «Uno de los tramos más difíciles era bajar de Hulleras de Turón. Tenía una pendiente fortísima», recuerda, mientras dibuja con las manos el desnivel que obligaba a extremar las precauciones.
Entre todas las vivencias acumuladas durante más de cuatro décadas sobre los raíles hay una que todavía hoy le viene a la cabeza con nitidez. Ocurrió durante la inauguración de la línea Gijón-Ferrol. «Nos dijeron que Franco iba en un vagón especial y, en un tramo malo, el tren descarriló cuando yo iba de maquinista», relata. Le temblaban las piernas. «Pasé mucho miedo, pero luego resultó que Franco ya se había bajado y respiré», reconoce.
Las historias se suceden una tras otra. Unas necesitan unos segundos para aflorar; otras aparecen de inmediato. Todas tienen un hilo conductor: «El Vasco», el histórico ferrocarril de vía estrecha que durante décadas comunicó las cuencas mineras con Oviedo y la costa, transportando viajeros, carbón y buena parte de la actividad económica asturiana. Ángel vivió desde la cabina la transformación de aquel ferrocarril, desde el dominio de las locomotoras de vapor hasta la llegada del diésel a finales de los años sesenta.
Cuando la conversación termina, el veterano maquinista resume el homenaje con la misma sencillez con la que ha contado toda una vida sobre los raíles. «Estoy muy contento», dice. Y quizá esa sea la mejor manera de explicar una jornada que fue mucho más que un cumpleaños: el reconocimiento a un hombre que dedicó toda una vida a «El Vasco» y que, con 101 años, sigue conservando la memoria de un ferrocarril que forma parte de la historia de Asturias.
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