En una luminosa azotea del pueblo de Sardina cuatro caballitos de fuego montados por Adexe José Reyes Domínguez, las hermanas María Lourdes y María Saray Domínguez Mendoza y el pequeño jinete Elián Domínguez se ponen al trote para la que se les viene encima este miércoles 22 de julio en el centro histórico de Gáldar, en el arranque de lo gordo del programa de las fiestas de Santiago.
Y es que, a partir de las de las nueve de la noche darán comienzo las llamadas danzas y zambras de los gigantes y los caballitos de fuego de Santiago, éxito rotundo del rescate de una tradición del siglo XIX y que en su décima edición de su época contemporánea reunió a medio millar de ejemplares con sus respectivos montadores, según el cálculo a ojo de Adexe José.
Hace un sol que raja la azotea pasada las dos del mediodía y Adexe, Lourdes, Saray y Elián se embuten el caballo de cartón como el que se pone un jersey, se cruzan las tiras que lo mantienen a ras de la cintura, cogen las bridas de soga y al son de la música charanga ponen a trotar a los cuatro ejemplares, todos con ojos de tamaño bucio y dos paletas alongando muy por fuera de otras sendas bembas en formato XL.
Una de mojigangas
Esta fauna es sorprendentemente similar a la que habitaba durante el siglo XIX durante las fiestas de Santiago en la propia ciudad de Gáldar, o en la que permaneció vigente desde ese mismo siglo en la isla de La Palma, que la vive en dos versiones, la de los caballitos fuscos de Fuentecaliente, o fufos, como se les conoce en Tazacorte, también armados de material de derribo, palillos, papel, cartón, pero siempre acompañados de farolillos, fueguillos y petardos, los propios de las guerras de mentirijillas, no en balde historiadores remontan su origen al levante peninsular y a las recreaciones de las mil batallas entre turcos y cristianos, con una onda expansiva que llegó hasta la mismísima Cuba, probablemente de la mano de la hégira palmera a la isla caribeña en forma de mojigangas enmascaradas.
La fiesta la compone un pasacalle festoneado con las luminosas pandorgas, papagüevos y, en ocasiones, hasta cuatro charangas dando caña desde la plaza de San Sebastián a la de Santiago
Adexe, mientras galopa con los cascos al viento en la pequeña azotea, recita la más breve historia de este reencuentro galdense con su pasado, que achaca al concejal de Cultura y Teniente de alcalde, Julio Mateo, en 2015, en una iniciativa que contó, entre otros, con el asesoramiento del cronista oficial de Gáldar Juan Sebastián López García. Así, entre otras notas históricas que atestiguan esta parranda de herradura en la ciudad de los guanartemes figura la de las actas de las fiestas de Santiago de Gáldar celebradas en el año 1848, a la que le suceden otras posteriores de más detalle en la que se especifican los materiales: “cabeza de caballo de cartón y un armazón de cañas cubierto con tela donde el hombre que figuraba de jinete, colocado ad hoc, con piernas de trapo simuladas sobre la cabalgadura, corría entre la turba”.
Quién corre entre la turba desde 2016 es Adexe. Se saltó el primer año para ver qué tal. Y visto el éxito para él y su familia, es fiesta de guardar. A sus 38 años confiesa que se mete en «todos los fregados, carnavales, navidades, orgullo…» Afirma que en este tiempo «se ha convertido en los actos más participativos» de una fiesta que, además, tiene un punto familiar inmejorable, porque gusta a niños, que los hay hasta en carrito con caballito adaptado al chisme, y a mayores, todo ello en un pasacalle festoneado con las luminosas pandorgas, papagüevoss y, en ocasiones, hasta cuatro charangas dando caña desde la plaza de San Sebastián a la de Santiago, Bajada de las Guayarminas y Calle Larga mediante.
Pestañas de goma eva
El ritual comienza en la víspera, en caso de contar con el caballito en perfectas condiciones, que es cuando se saca del trastero se le acicalan las cuatro crines de cintillas de colores, y se prueba por si hay una falla de algún punto, si los ojos de corcho se mantienen en sus órbitas o si las orejas están en condiciones de revista. Si las averías fueran de más entidad quedan dos opciones. O pasar por el taller que organiza el ayuntamiento para alguna reparación de enjundia o crear un nuevo ejemplar, que pasa por una laboriosa artesanía que incluye dar forma en seco a una tosca de cartón duro que conforma la cabeza, además de pintarle el chasis de madera de blanco, e ir acoplando elementos como sus rutilantes pestañas de goma eva, las descomunales y ya citadas paletas y fijar el sistema de asas de colgar al hombro. Solo queda vestir de blanco, complementar con un pañuelo al cuello, con el verde y el rojo como favoritos de la parroquia, y cubrir con un coqueto sombrerillo de paja. Luego se entran en detalles, como los zarcillos que se cuelga Lourdes, unos caballitos que le compró «a Dácil, la niña del mercadillo».
Hay que destacar, como detallan estos cuatro jinetes, que por regla general los caballos entran en perfectas condiciones veterinarias, pero el cómo salen son otros López. En ciertas partes de la ruta, por estrechas, y dada la cada vez más creciente afluencia se producen entongamientos que propician choques, coces y relinchos.
A María Saray, recién, su montura llegó al punto de partida sin dientes y con los belfos maltrechos por lo que tuvo que entrar en boxes antes de la siguiente edición. Un caso similar sufrió Adexe, quizá más dramático aún. «Fue tanto el meneo y los choques con la gente que terminó decapitado», y ahí siguió bailando con la cabeza en una mano.
Todo ello y más, esta tarde del miércoles 22 de julio, cuando dé comienzo la galopada a las nueve de la noche, y que incluye la simbólica quema del gran caballito al final del recorrido, una representación teatral y como colofón el tradicional volcán anunciador de las Fiestas de Santiago, que cogerá mecha a las once de la noche, quince minutos antes de la presentación del espectáculo Cambio de Piel, en tributo a Marc Anthony.















