Vengo de ver la película de Christopher Nolan, algo obligatorio para los que amamos el mundo clásico. Ya comentaremos algunos aspectos concretos de esta versión fílmica del gran poema homérico, pero hoy permítanme adentrarme en los temas filosóficos que la historia ilustra. Y en las lecturas políticas que esta ciclópea cinta sobre el viaje de Odiseo nos permite hacer del mundo que nos ha tocado vivir. La Historia, aunque esté trufada de magia y de mitología, finalmente se escribe para todas las estaciones, para todos los tiempos, y siempre hay algo válido en el pasado para entender lo que nos sucede en el presente. ‘La Odisea’ es una interpretación del alma humana, pero también de las consecuencias de la guerra y del oscuro paisaje del odio, de los efectos nocivos de la ambición desmedida y de las ansias de poder. Y eso sierve para cualquier tiempo. Especialmente, yo diría, para este tiempo.
Escribo otra vez a pocas horas de un partido fundamental del Mundial de fútbol, la final, sin la capacidad de aventurar una victoria o una derrota, pero con el morbo de pensar en el palco que se habrá visto en el estadio de New Jersey. Un Mundial es una versión ‘light’ de la Odisea, aunque hoy parezca que todo el mundo gira en torno a este deporte. Trump, tarjetas rojas aparte, no parece muy interesado en él, pero habrá estado allí para dar el trofeo al ganador. Ningún presidente se pierde el impacto de un deporte de masas, aunque a Trump le convendría algo más local, como la Super Bowl (global, pero local), y no este deporte trasportado desde Europa, o desde Oriente. Todo al final supera las fronteras, le guste o no a Trump, y las modas que un día llegaban de América, hoy llegan allí desde otros lugares. Y así debe ser, porque el mundo es multicultural, y no habrá política que pueda detenerlo.
La batalla final por el Mundial, alejada esta vez del mundo anglosajón, se leyó como una necesidad vital para Milei (que no acudió por superstición: homérico en eso, si me lo permiten, temeroso de los oráculos), y un poco también para Sánchez, que, de ganar España, podría amasar la euforia suficiente para superar el desánimo de las malas horas. Fútbol y economía forman siempre un gran binomio para levantar la moral. Trump se habrá visto en un momento difícil, con Sánchez tan cerca, pero ya tenían hablado lo del Mundial desde la cumbre de la OTAN en Ankara. O eso dijeron. El fútbol es, también, una salida fácil, una puerta ante las tensiones, una huida.
No sé si este deporte rey, como se dice (‘no kings!’, gritan contra Trump en Estados Unidos), sigue sirviendo como una buena herramienta diplomática. Ya vieron, lo de Argentina, Inglaterra, y la pancarta sobre Las Malvinas. Este Mundial ha sido el de la diversidad y el encuentro de culturas, el de los equipos africanos, aunque también el de las fronteras y las prohibiciones. Pero, con Trump empantanado en la guerra contra Irán, casi es un milagro que todo haya ido más o menos bien. El Mundial sólo es una pequeña Odisea orquestada para la televisión. Orgullos patrios en carne viva, banderas tremolantes a todas horas. Dicen que el fútbol es una metáfora de la guerra.
Me pareció muy interesante la columna que ayer escribía el gran Fernando Vallespín en ‘El País’: ¿Es Sánchez nuestro Ulises? Lo cierto es que Ulises somos todos. Odiseo somos todos. Vallespín cree que Sánchez se enfrenta a la cruda tarea de regresar a Ítaca, mientras intenta sortear los mil peligros del camino y la enemistad de Poseidón. Desde la Troya del procés hasta la vuelta azarosa, a través de un mar erizado de magias y hechicerías, de cíclopes que pueden devorarte, de cantos de sirena que te arrastran irremisiblemente hasta las rocas. Odiseo consigue alcanzar la última playa, donde los pretendientes no han logrado todavía hacerse con el poder, ni desposar a Penélope, que teje y desteje un sudario para resistir, para ganar tiempo al tiempo. No se sabe si Sánchez encontrará al final el camino a casa (aunque, lo que importa, es el viaje). Vallespín ve la legislatura como el reflejo perfecto de la Odisea de Homero. Pero todas las vidas son de alguna forma una odisea, un viaje cargado de trampas y de peligros. Si no el favor de los dioses, hará falta un poco de suerte, y evitar el adormecimiento provocado por las flores de loto…
Después de todo, La Odisea de Homero, y a su manera la de Christopher Nolan, dibuja el mundo de hoy como algo comparable a aquel tiempo brutal de transformación y de vértigo. El odio al extranjero, la guerra que mata inocentes, los cantos de sirena que pueden llevarnos al infinito naufragio, las hechicerías del presente, la memoria arrebatada, la vorágine vengativa de Caribdis, el terror devorador de Escila. Quizás todo estaba allí, en las aguas del mito. Sin duda, creo que La Odisea se escribió también para nosotros.










