En Las bicicletas son para el verano, la película de Jaime Chávarri [la vuelvo a ver en Historia de nuestro cine, en La 2 de TVE] basada en la obra teatral homónima de Fernando Fernán Gómez, hay un diálogo final muy triste entre padre e hijo, donde el primero le anuncia tras el fin de la Guerra Civil, en el escenario de un Madrid devastado, que con toda probabilidad va a ser detenido por contribuir a que la empresa de vinos en la que trabajaba pasase a ser de una cooperativa de trabajadores.
Gabino Diego: «Mamá, que estaba tan contenta porque ha llegado la paz».
Agustín González: «Es que no ha llegado la paz, ha llegado la victoria».
Los roles del héroe y el antihéroe, el ganador y el perdedor, nos arrastran hipnóticamente al hecho conspirativo en este 90º aniversario de golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Pero después de las conjuras, batallas, hazañas y fracasos existe un día después. Pienso en Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?, el libro clarividente de Johann Chapoutot.
¿Cómo pudo suceder? No vale emborracharse con la contabilidad de unos y de otros para justificar la barbarie o la mortandad insuperable de la conflagración. El intérprete Agustín González, inequívoco en su calidez humana, condensa la verdad: el desquite, la represalia, la revancha. El levantamiento de un orden dictatorial que ocupará al milímetro todos y cada uno, sin respiro, cualquier aspecto material y personal de la vida de los españoles.
Esa victoria al rojo vivo llamea flameante en los restos de los que hoy siguen desaparecidos en las fosas comunes, incluido Federico García Lorca. Expedientes que siguen un ritmo abrupto, inverosímil (o espeluznante) y en riesgo por las interferencias de la ultraderecha española en los puestos de mando que ostenta. Estamos bajo la amenaza de un revisionismo de las investigaciones realizadas por historiadores a partir de los archivos. Afrontamos el peligro de una reinterpretación del golpe de Estado de 1936, y como consecuencia de ello, la liquidación de la acción gubernamental republicana.
La agitación para el fomento de esta regresión debe tener enfrente, como antídoto, las miles de microhistorias que han habitado en las familias. Un corpus que debe ser expulsado del silencio o del olvido planificado para el bienestar y paz del árbol genealógico. En Alemania no hay problema para encontrar a través de una herramienta digital del periódico Die Zeit [la más popular] si un antepasado perteneció o no al Partido Nazi.
Esa brecha no ha llegado a España, donde la eficacia técnica de la digitalización y el acceso a los archivos oficiales sigue siendo laberíntica. Detrás de los millones y millones de documentos que vomitaron la administraciones de militares y civiles nacionales y republicanas se desemboca, finalmente, en humillaciones, penurias, destierros, exilios, hambre, separaciones familiares, fusilamientos, desapariciones, torturas, campos de concentración… También en condecoraciones, favores, compensaciones, rehabilitaciones, indultos, canjes de presos y vertiginosos agujeros que dan cuenta de la maldad más innata del hombre. Una maraña que contribuirá a revisitar los noventa años del 18 de julio de 1936 con otra perspectiva. Quizás sea posible (o no) en el centenario. El retroceso está al acecho.
En ese orden burocrático-militar-falangista-católico hay documentos que rellenan más que otros ese espacio de la publicitada victoria, eslogan por antonomasia del régimen. Papeles que huelen a pistolas humeantes y correajes de cuero, como la certificación del excombatiente, en la que el mando correspondiente [mutilado de guerra, teniente y jefe provincial de las Milicias de Falange Española y Tradicionalista] da fe del historial del peticionario. Pero el meollo está en el baremo con las puntuaciones de los méritos contraídos por el demandante (o suplicante), que le van facilitar el acceso a un puesto de trabajo. Una recompensa que tenía su revés en los expedientes de depuración o en la búsqueda de recomendaciones para conseguir una colocación. Un enchufismo a la fuerza, una razón de ser que no acaba de abandonar la sociología laboral de este país.
El excombatiente de «Nuestra Cruzada», así reza en el baremo, debe señalar si está en posesión de la Cruz Laureada de San Fernando, medallas, cruces de guerra, ascensos por méritos de guerra, heridas graves y menos graves y meses de servicio en los distintos frentes. Se hacía la suma y se establecía: «50% de aumento [a efectos de preferencia laboral] por su carácter de precursor notorio y destacado del movimiento, que luchó y corrió riesgos antes del mismo».
Parece extraído de esos trámites kafkianos que recorren de manera incansable las mesas de despachos de funcionarios sin empatía. Pero el drama es que vencidos y vencedores [los que se quedaron sin voz en el interior] tienen que aprender a vivir en esa paz manufacturada, modelada a base de juicios sumarísimos, que dio lugar a un lavado de cerebro que aún no se ha ido. n
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