Es, desde hace unos cuantos años, la terrible maldición del verano: vivir con el alma en vilo por los fuegos. Por desgracia, este 2026 no es una excepción, sino todo lo contrario, con el agravante de las espantosas muertes y desapariciones en Almería. Cuando pergeño estas líneas, los incendios de Zaragoza, Guadalajara y Madrid abren los informativos. Miles de hectáreas arrasadas, pueblos desalojados, gentes que no saben si sus propiedades seguirán intactas, paisajes que tardarán décadas en volver a ser .lo que fueron, angustia, rabia, dolor, memoria y recuerdos calcinados… Por estas tierras sabemos mucho de todo eso y tememos que pueda repetirse por un descuido, por una negligencia, por un accidente fortuito o por la acción criminal de un pirómano trastornado o con ganas de hacer daño. Está aún muy reciente la tragedia de la Sierra de la Culebra. Imposible olvidarla. Se perpetuará en la remembranza de generaciones y generaciones… si es que dentro de unos lustros queda alguien por aquellos pagos.
Y con las llamas, con sus devastadoras consecuencias, llegarán (ya están llegando) las cataratas de declaraciones y promesas que suelen acompañar cada campaña a los incendios. La más repetida, y más incumplida, es esa que nos asegura que los incendios se apagan en invierno, o sea, reforzar la prevención, no esperar a que salte la chispa. Para ello es necesario, obligatorio, limpiar los montes, evitar la acumulación de maleza, de hierbas secas que terminan convirtiéndose en yesca. Todos los estíos por estas fechas nuestras dignísimas e ilustrísimas autoridades acostumbran a regarnos con compromisos en tal sentido, es decir que esta vez sí, que se dejarán montes, pinares y plantaciones como la patena, impolutos. ¿Y por qué se producen estos aluviones de palabras y promesas? Sencillamente, porque se incumplen un año sí y otro, también. Solo hace falta darse una vuelta por las masas arboladas para comprobarlo. Y el miedo es que el problema vaya a más porque continúan desapareciendo quienes hacían esas tareas de limpieza: los ganados, los rebaños, las ovejas, las cabras, las vacas. Cae en picado la ganadería extensiva y, con esa disminución, se pierde uno de los mejores enemigos contra el fuego. Lo curioso es que todo el mundo, gerifaltes, expertos y legos en la materia, lo reconocen, pero no pasan de ahí. Del dicho al hecho.
Hace unos días escuché las quejas del procurador de Soria ¡Ya! Ángel Ceña sobre la situación que se está viviendo en los montes de su provincia. Y eso que Soria puede presumir de pocos incendios debido, esencialmente, a que los vecinos cuidan muy bien sus árboles. Entre otras cosas, Ceña arremetía contra el exceso burocrático y las prohibiciones, muchas veces absurdas, que suelen darse. Venía a decir que si no puedes coger la leña que sobra, como se hacía antes, ni las piñas, esos restos quedan ahí y acaban convirtiéndose en combustible. ¿Servirán para algo sus críticas? Mucho me temo que no, como tampoco están sirviendo las continuas denuncias de los agentes forestales sobre escasez de plantilla y otras deficiencias. Desde la Junta insisten en que todo está en orden, que se ha mejorado, que se destinan más medios humanos y materiales que antes…Además, oiga, ahora la política ambiental está en dos consejerías, doble ración. María González Corral (PP) es la titular de Medio Ambiente y Energía. Y Joaquín Antonio Pino (Vox) dirige el departamento de Agricultura, Ganadería, Medio Rural y Política Ambiental. En lo relativo a los fuegos, ¿quién manda de los dos?, ¿quién coordina?, ¿quién establece prioridades? Esperemos que lo tengan claro y que, si surge un problema, no haya guerra de responsabilidades, o mejor dicho de quitárselas de encima.
Por ahora (y toquemos madera) Zamora se está salvando de los grandes fuegos, lo cual no impide que permanezcamos, entre miedo y zozobra, con el alma en vilo. n
Suscríbete para seguir leyendo














