Mientras que Spider-Man se dispone a dar un nuevo salto a la gran pantalla, Amazon Prime nos ha preparado el terreno con una versión del personaje tan refrescante como diferente a la que estamos acostumbrados. Spider-Noir es el último intento de Sony por levantar su propia franquicia arácnida tras los catastróficos precedentes de bodrios como Morbius, Madame Web o Kraven, que resultaron ser el batacazo en taquilla que todos esperaban. El título funciona y le sirve a la plataforma para plantar cara a Disney sin apoyarse solo en The Boys.
La nueva serie, estrenada poco antes del verano, está basada en una línea editorial de Marvel de 2009 que presentaba a algunos de sus iconos en un universo cuyas historias transcurrían en los años de la Gran Depresión norteamericana. Se trataba de una línea temporal alternativa, con relatos más urbanos y menos enfocados en la ciencia ficción, en la que vimos desfilar por las viñetas a versiones Noir de Iron Man, Lobezno o Daredevil: personajes rotos, embutidos en largas gabardinas y con algún que otro problema con la bebida trasladados a los años de la Ley Seca. Lógicamente Spiderman fue el más popular de la línea y que ha tenido continuidad en el tiempo. Por aquellos años hubo también 1602, otra línea nacida de la mano del ahora defenestrado Neil Gaiman que trasladaba a estos superhéroes a la Inglaterra del siglo XVII.
La producción nos presenta a un hombre araña que se gana la vida como investigador privado, lo cual es el gran homenaje de la cabecera a los detectives más célebres del cine negro clásico. No hace falta ser un experto en Marvel para seguir la trama, aunque el metraje está lleno de guiños que el fan de toda la vida sabrá reconocer. Empezando por el propio protagonista, un Ben Reilly que puede que a muchos no les suene, pero que es el nombre del mismísimo clon de Peter Parker. Si las películas ya se han metido en el jardín de los multiversos, ¿se atreverán ahora a abrir el melón de la saga del clon?
Otro de los grandes aciertos está en el sutil reverso de los tropos clásicos: aquí el detective se gana la vida haciendo fotos por encargo de maridos celosos en busca de infidelidades, mientras que el Peter Parker de siempre se las vendía al Daily Bugle retratándose a sí mismo en mallas.
Hay quien ha comparado la serie con un tributo a la figura de Sam Spade en El halcón maltés el clásico de Humphrey Bogart de 1941 o a Chinatown (1974) de Roman Polanski, algo que conviene aclarar para que nadie se lleve a engaños. Quien acuda a esta producción pensando que se va a encontrar con el rigor del cine negro americano más sobrio, es muy probable que se lleve un chasco. De hecho, el caso con el que arranca el primer episodio no parece sacado de las dos películas anteriores, sino más bien de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), cuando el detective es contratado para fotografiar a la femme fatale de turno haciendo palmitas con un productor de Hollywood. No lo digo como un defecto, sino para que el espectador sepa exactamente qué código tiene que descifrar. Esto es una serie de superhéroes y, pese al tono callejero, conviven los mafiosos tradicionales con científicos locos y monstruos de feria sacados de las novelas pulp.
Para terminar de redondear el pastiche, no hay que perder de vista que el protagonista y productor del cotarro es Nicolas Cage, que se reserva el papel del sufrido detective arácnido. Cage siempre ha ejercido de mitómano irredento del medio: su apellido artístico es un homenaje directo a Luke Cage, el superhéroe afroamericano que en los 70 montó los Héroes de Alquiler; ya intentó enfundarse las mallas de Superman en aquella mítica producción de Tim Burton que jamás vio la luz; y en los 2000, antes de que Marvel encontrara la fórmula para arrasar en las taquillas de todo el mundo, protagonizó las dos entregas del Motorista Fantasma. Con este bagaje, Cage se convierte en el anfitrión perfecto para trasladarnos a esta nueva versión del hombre araña. Eso de ir enmascarado, con gabardina y sombrero, facilita el que puedan darnos buenas escenas de acción sin que cante mucho el doble.
En esta red de homenajes a las viñetas que rodea al actor, la serie repesca para el rol de la femme fatale a una cantante de cabaret llamada Cat Hardy. Todo un guiño a otro de los grandes amores de Peter Parker que no fue ni Mary Jane Watson ni Gwen Stacy: Felicia Hardy, la Gata Negra, que venía a ser el equivalente en Marvel a la Catwoman de DC en los tebeos de Batman. Como le pasaba a Jessica Rabbit en la película de Robert Zemeckis, ella no es mala es que la han dibujado así.
Por su parte, el periodista que ayuda a Ben es Robbie Robertson, el íntegro redactor jefe del Daily Bugle que solía poner coto a los titulares amarillistas de J. Jonah Jameson (un personaje al que, todo sea dicho, se le echa de menos en la serie). En la galería de villanos desfilan el Hombre de Arena, Cabello de Plata (el mafioso que en los tebeos buscaba un extraño artefacto para rejuvenecer) o Tombstone, que curiosamente será otro de los enemigos del trepamuros en la gran pantalla de cara a este verano.
Para conservar ese aire de cine negro, la producción ofrece la opción de disfrutarla de dos maneras: a color o en blanco y negro. Lo cierto es que el trabajo de fotografía acaba brindando dos obras totalmente distintas en función de la opción elegida, aunque arrastra el problema de que quizá no sea una serie concebida para ver dos veces. La versión en color dista mucho de esos tonos grises y apagados que se le presuponen al género sino que destaca por su luminosidad, como esos fotogramas de tonos pastel de los años 50 y 60; mientras que el blanco y negro ayuda a intensificar ese aire de título retro, llegando a transmitir la sensación de manejar unos presupuestos más modestos, como si estuviéramos ante una de esas películas de la factoría de Roger Corman destinadas a los autocines.
Su éxito, en definitiva, es el reflejo de una tendencia imparable. Hubo un tiempo en que la identidad de un superhéroe era monolítica, pero hoy las versiones alternativas disfrutan de una popularidad inusitada. El camino lo abrió Miles Morales, convirtiéndose en el Spider-Man de toda una generación, y la veda se ha abierto a propuestas tan dispares como el futurismo ciberpunk de Spider-Man 2099 o la frescura del reciente Spider-Boy. De entre todo ese festival de color y multiversos, resulta fascinante que el público actual, saturado del eterno retorno del Peter Parker de toda la vida, haya encontrado su refugio maduro en la melancolía y el aroma a tinta barata de este Ben Reilly. Un héroe que se rebeló contra el olvido de su propio destino editorial y que ha demostrado que el mito arácnido funciona incluso cuando le quitan el color por completo.
Fuente: Información
















