«No se puede tomar a Marx como un todo absoluto, no se puede, compañeros. Hay que hacerlo críticamente, hay que ser socialistas antes que marxistas». La frase la pronunció Felipe González en su discurso de dimisión como líder del PSOE el 20 de mayo de 1979. Y explica cómo el Partido Socialista ha podido cambiar de forma radical y adaptarse a los tiempos a lo largo de los últimos 90 años para seguir siendo un partido mayoritario.
El PSOE fue el partido más votado en febrero de 1936, antes del golpe de Estado de Franco. Y sigue siendo mayoritario hoy, en 2026, cuando preside el Gobierno de España. Nueve décadas después, el Partido Socialista -que ha cumplido 147 años– ha pasado de ser una formación política radical, marxista y republicana a una organización de centroizquierda que defiende la monarquía. Esas metamorfosis -que han sido múltiples a lo largo de las décadas- se han producido a veces como consecuencia de grandes crisis, con dimisión del líder incluida, u otras veces mediante cambios silenciosos pero cruciales, como en la renuncia a luchar por que España se convierta en una república.
En 1936, el PSOE tenía 85.000 militantes, pero la Unión General de Trabajadores (UGT), que a ojos de la sociedad, sobre todo en los pueblos, era lo mismo, reunía a 1.250.000 afiliados. Como explica a EL PERIÓDICO Eduardo Montagut, doctor en Historia Moderna y Contemporánea y especialista en la historia del socialismo, las tres características principales del Partido Socialista en 1936 eran que se trataba de una formación marxista, muy potente y con gran implantación en toda España (aunque menos que hoy), y que estaba dividida en dos grandes bloques casi antagónicos: los obreristas radicales de Largo Caballero y los liberaldemócratas de Indalecio Prieto.
Obreristas frente a liberales
Como continúa Montagut, esta división fue mayor y más violenta que cualquier otra que haya podido tener el PSOE contemporáneo. De hecho, llegaba incluso al enfrentamiento abierto y a las agresiones armadas. Los obreristas no querían pactar con el resto de formaciones republicanas: apostaban por acabar con el régimen capitalista mediante la revolución. Los liberales sí eran partidarios del pacto con el resto de formaciones republicanas para cambiar la república desde dentro. El golpe de Estado de Francisco Franco terminó con esta profunda división. La Guerra Civil unió a los socialistas frente al enemigo común.
Hace 90 años, el PSOE ya tenía un Comité Nacional (hoy Comité Federal), un Comité Ejecutivo y agrupaciones locales. Entonces era un partido completamente centralizado, sin federaciones ni siquiera provinciales. Tras el gran naufragio que supuso la Guerra Civil y el exilio -en España todo lo que oliera a socialismo fue exterminado o encerrado en las cárceles franquistas-, el socialismo se diluyó en el exilio y la represión durante 40 años. La gran transformación llegó en los años 70.
Aurelio Martín Nájera fue el delegado más joven del famoso congreso de Suresnes, que reunió a unos 300 socialistas en la localidad próxima a París en 1974. Él vivió en primera persona el relevo en el liderazgo del partido, cuando el joven sevillano Felipe González fue elegido «primer secretario» en sustitución del exiliado Rodolfo Llopis, que dirigió el partido desde Francia durante 30 años.
Mesa presidencial del Congreso de Suresnes en 1974. De izquierda a derecha: François Mitterrand, secretario general de los socialistas franceses, José Martínez Cobos, presidente del Congreso, y Alfonso Guerra. / EL PERIÓDICO
«Una gran parte de los delegados éramos muy jóvenes, idealistas y optimistas», cuenta a este diario, «creíamos que Franco iba a ser derrocado y que se iba a implantar rápidamente la Tercera República». El hoy director emérito de la Fundación Pablo Iglesias pertenecía a La Tendencia, una corriente interna de izquierdas entonces mayoritariamente trotskista.
A partir del relevo en la dirección, el PSOE dejó de estar dirigido por militantes en el exilio que llevaban décadas fuera de España a ser liderado por un grupo de militantes encabezados por dos jóvenes sevillanos, González (32 años) y Alfonso Guerra (34), plenamente conscientes del momento histórico que podía vivir el país tras la muerte de Franco. Y dispuestos a conseguir que el partido liderara primero la izquierda española y después España. Como explica Martín Nájera, también doctor en Historia Contemporánea, «el Partido Socialista siempre se ha adaptado a cada momento histórico». Esta adaptación, para Montagut, ha supuesto en varias ocasiones «realizar muchos esfuerzos, dejando en un segundo lugar algunos de sus principios por sentido de Estado».
El más evidente fue la renuncia al marxismo de 1979, que González forzó con su propia dimisión, dejando al partido en manos de una Gestora durante cuatro meses. El segundo cambio fundamental fue menos traumático. El PSOE dejó de lado la lucha por la república para aceptar la monarquía parlamentaria que se pactó en la Constitución.

Felipe González, con Alfonso Guerra y Enrique Múgica a su izquierda, en el Congreso de Suresnes. / EL PERIÓDICO
«Cuando González se queda a poco de sobrepasar a la UCD en las elecciones de 1979, entiende que tiene que renunciar al marxismo para dejar de dar miedo fuera de España y también dentro de España», resume Montagut. Ese convencimiento le llevó a dimitir en el congreso de mayo de 1979, cuando los delegados socialistas rechazaron su propuesta de renunciar al marxismo en votación. Como les dijo en un discurso casi improvisado -él y Guerra pensaban que iban a ganar la votación-, él no podía dirigir un partido si no defendía sus mismos principios. El PSOE pasó a estar entonces bajo el mando de una gestora. Cuatro meses después, en septiembre, se convocó un congreso extraordinario y Felipe volvió, pero con la condición de que el PSOE aceptara este importante cambio.
En cuanto al debate entre la monarquía y la república, tanto distintos historiadores como dirigentes socialistas coinciden en que «el PSOE siempre ha sido, y sigue siendo, republicano». Pero también González decidió en los años 70 flexibilizar su posición para poder pactar primero la Constitución de 1978 y ganar cuatro años después las elecciones generales con una mayoría absoluta apabullante.
La resolución política del congreso socialista de 1974, cuando González acababa de ser elegido por primera vez secretario general, afirma rotunda: «El PSOE se pronuncia por la constitución de una república federal de las nacionalidades que integran el Estado español». Solo dos años después, tras la muerte de Franco y viendo venir la reforma política y el próximo proceso constituyente, la dirección ya controlada por González «acepta» la monarquía de forma expresa en una nueva resolución de 1976: «El PSOE reafirma su vocación republicana, pero aceptará la decisión del pueblo sobre la forma de Estado».
«Republicano de corazón»
«El PSOE siempre ha sido republicano de corazón, en el terreno filosófico», relata Martín Nájera, que vivió aquellos congresos como militante y delegado, «pero en la práctica se ha sabido adaptar a las circunstancias». Como bromea hoy, dadas las funciones del jefe del Estado, «es mejor en la práctica que sea Felipe VI que no, por ejemplo, José María Aznar como presidente de una república».
El viraje total con respecto a la monarquía lo dieron los socialistas en el propio debate constitucional en el Congreso de los Diputados. El 11 de mayo de 1978, en el Pleno de la Cámara, durante el debate del artículo 1 del proyecto de Constitución, cuyo apartado tercero establecía: «La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria», el portavoz del Grupo Socialista, Luis Gómez Llorente, estableció claramente la posición del PSOE: «No ocultamos nuestra preferencia republicana, incluso aquí y ahora, pero sobrados ejemplos hay de que el socialismo es la oposición, y en el poder no es incompatible con la monarquía, cuando esta institución respeta a la soberanía popular«.
El diputado defendió que «la forma republicana del Estado es más racional y acorde bajo el prisma de los principios democráticos». Pero acto seguido aseveró que «el PSOE se hizo republicano cuando no hubo otra forma que la república para asegurar la soberanía popular». Por eso, añadió, «aceptaremos lo que resulte en este punto del debate constituyente. No vamos a cuestionar el conjunto de la Constitución por esto y acatamos democráticamente la ley de la mayoría. Si democráticamente se establece la Monarquía, en tanto sea constitucional, nos consideraremos compatibles con ella». Y así fue.
Desde aquel momento, el PSOE ha esquivado este asunto en todos sus congresos, a pesar de que siempre hay delegados que lo plantean. En los debates y en las votaciones posteriores, finalmente, estas enmiendas terminan siendo rechazadas.
Juventudes Socialistas sí es republicano
Una posición radicalmente distinta defiende Juventudes Socialistas de España (JSE), que propugna en sus estatutos un «modelo de Estado federal, republicano y laico». Su secretaria general, recién elegida, Aranzazu Figueroa, explica a EL PERIÓDICO que esta discrepancia entre el PSOE y las Juventudes es «normal» porque las JSE son «la vanguardia ideológica del PSOE» y es positivo que «los jóvenes vayamos empujando al partido, ya que de nuestras propuestas han salido muchas iniciativas luego materializadas en el BOE, como el matrimonio igualitario».
Figueroa no quiere reconocer que Juventudes esté a la izquierda del PSOE, pero sí presume de que el actual Gobierno de España «es el más progresista de la historia de este país». Y aspira a que algún día, el Partido Socialista pueda liderar el cambio del modelo de Estado en el futuro, igual que los socialistas han liderado otras transformaciones en España en el pasado.
Fuente: El Periódico













