España estará en la final del Mundial después de ofrecer una exhibición con su ‘fútbol sapiens’, ese en el que lucen más las neuronas que los músculos. Los peones españoles destrozaron a los alfiles franceses y como diría Rajoy la selección doblegó a los vecinos siendo “muy España y mucha España”. Da igual si pasa Inglaterra o Argentina, el ejercicio de superioridad de los de De La Fuente deja en su mano el título, por más complicado que sea lo que venga.
La semifinal arrancó ensuciada por el patinazo del expresidente al que Lamine contestó ejemplarmente: “El fútbol sirve para integrar. No hay mejor ejemplo que Francia y nosotros, que somos ejemplos de la integración». Porque la patria del fútbol es el balón, no las banderas, y nadie lo cuida mejor que España desde que hace 20 años Luis Aragonés priorizó talento a coraje. Dicen que las defensas ganan títulos y los ataques, partidos. Pero defender no es solo colgarse del larguero, también es alejar al adversario del área o desactivarlo con el balón en los pies. La especialidad de esta España de De la Fuente, asfixiar al rival, someterle, minimizarle. Y luego están los partidos donde se deciden títulos, como este, donde pesan las dos áreas.
Digne atropella a Lamine
España comenzó imponiendo su fútbol melódico ante el rock’n’roll francés. Un cuarto de hora se hizo esperar la primera estampida gala, cinco minutos antes de que Digne no lograse domar un balón y al despejar pateó a un Lamine al que no vio llegar. Penalti que Oyarzabal clavó con esa mezcla de pachorra y naturalidad. Nunca había estado Francia abajo en este Mundial. Además, Saliba se fue lesionado a los 28 minutos, para entonces el ‘fútbol sapiens’ español desesperaba a los atletas de Deschamps. Solo la necesidad gala aculó a España en la recta final del primer tiempo. Pero ni un tiro a puerta de Francia, ni una parada de Unai Simón al descanso. La blancas ganaban claramente en el tablero de ajedrez.
Los de De la Fuente habían hecho los deberes en el primer asalto y mantenían las “alturas”, sobre todo sin balón, tras la reanudación, lo que le permitía rebañar una y otra vez balones en las ayudas con los clarividentes Laporte y Cubarsí, mientras Fabián y Rodri barrían lo que se acercaba al área de Unai Simón. Mbappé y Dembelé estaban desquiciados porque con Olise anulado, la Francia de los cuatro mosqueteros, a la que han llegado a comparar con la Brasil de los cinco dieces del 70, era un equipo completamente inofensivo. Y todo un 14 de julio, día de la República francesa.
Nadie sabe leer al fútbol como España, nadie juega a la pelota como los españoles, nadie toca y toca y toca hasta encontrar el camino, el atajo, el pase idóneo. Cosa que ocurrió en el minuto 57, cuando volvió a sumarse al ataque Pedro Porro, ese lateral que nadie esperaba en el Mundial, y que tiró una pared a un Dani Olmo excelso que le dejó solo ante Maignan para batirle. Era el segundo gol, también el segundo suyo en el Mundial. Restaba media hora, pero los franceses corrían desorientados por el campo persiguiendo fantasmas. El tiqui-taca 2.0 volvía a deslumbrar en un Mundial en el que no ha hecho falta la mejor versión de Lamine ni siquiera la España del ‘piedra, papel o tijera’. La inteligencia táctica, la capacidad cognitiva para leer lo que el juego demandaba en cada momento y la solidaridad han premiado a esta selección a la que observaba en el palco, junto a Infantino, Xavi, epítome de este estilo de juego. Lejos queda aquel empate inaugural ante Cabo Verde desde el que no han dejado de crecer hasta llegar a la final. La España de De la Fuente, selección de autor con aroma a Luis Aragonés.
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