En un año de alta ebullición política en España, las salas de máquinas de los partidos políticos se enfrentan al dilema constante de afinar la puntería para captar a los indecisos. La irrupción de herramientas conversacionales ha puesto sobre la mesa una tentación enorme para sociólogos y consultores. Si una máquina ha devorado prácticamente todo el conocimiento social de internet, resulta seductor utilizarla para predecir la intención de voto y ahorrarse el alto coste del trabajo de campo.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista Nature y analizado en The Conversation advierte que este atajo demoscópico es, en el mejor de los casos, un espejismo.
De la psicología a la demoscopia política
Es importante precisar que la investigación original, liderada por la psicóloga de la Universidad de Harvard Ashwini Ashokkumar, pone a prueba la capacidad de los grandes modelos de lenguaje para actuar como «votantes sintéticos» en experimentos de ciencias sociales.
Aunque el estudio no es estrictamente electoral, sus hallazgos suponen una advertencia directa para el sector de la demoscopia política.
Por un lado, los resultados iniciales invitan al optimismo tecnológico, ya que la inteligencia artificial demuestra una habilidad notable para anticipar cómo reaccionarán los participantes humanos frente a estímulos y discursos concretos.
Por otro, los investigadores advierten: existe una diferencia radical entre predecir una respuesta mediante estadística textual y comprender el comportamiento humano real que la motiva.
El problema de la magnitud en política
El talón de Aquiles de estos algoritmos no está tanto en la dirección de sus estimaciones, como en su intensidad. Los autores descubrieron que GPT-4 acierta habitualmente a la hora de clasificar qué intervenciones persuasivas funcionarán mejor que otras. Si un partido duda entre dos eslóganes, la IA puede señalar con bastante acierto cuál generará más reacción.
Sin embargo, el problema surge al intentar cuantificar ese impacto, ya que el modelo tiende a sobrestimar los efectos, arrojando cifras que llegan a duplicar la reacción real de los ciudadanos.
En un escenario electoral español fragmentado, donde el último escaño de una provincia se decide por un puñado de votos, un error algorítmico que duplica la magnitud de un cambio de opinión convierte cualquier predicción en papel mojado.
La trampa de la ilusión de comprensión
Detrás de esta confianza excesiva en la máquina se esconde lo que los investigadores denominan «ilusión de comprensión«. Al leer respuestas generadas por un sistema que se expresa con gramática perfecta y aparente profundidad analítica, el cerebro humano tiende a antropomorfizarlo, es decir, a atribuirle capacidades genuinamente humanas que la máquina no tiene.
Craso error, porque, si bien los analistas pueden creer que el algoritmo entiende el malestar por la economía o el hartazgo ante la crispación política, la realidad es que solo está ejecutando un cálculo probabilístico sobre qué palabra debe seguir a la anterior. La inteligencia artificial carece de memoria vital, no siente la inflación que nosotros sufrimos en el supermercado, ni se moviliza por indignación; se limita a imitar el eco textual de quienes sí lo hacen. Por eso se parece a nosotros. Pero no es uno de los nuestros.
Imagen de las votaciones en las elecciones de mayo de 2023. / Germán Caballero
Referencia
Large language models can predict the results of social science experiments. Ashwini Ashokkumar et al. Nature (2026). DOI:https://doi.org/10.1038/s41586-026-10742-x
El verdadero papel en los laboratorios demoscópicos
Esta limitación fundamental no implica que las redes neuronales deban quedar fuera de las campañas electorales. El verdadero potencial del algoritmo reside en abaratar el ensayo en las fases previas de una investigación sociológica. Una consultora española puede utilizar estos modelos como laboratorio para filtrar decenas de mensajes y descartar rápidamente los más ineficaces antes de invertir su presupuesto.
La demoscopia moderna puede y debe apoyarse en la inteligencia artificial para pulir sus estrategias, pero los estudios tradicionales siguen siendo irremplazables, señalan los autores de esta investigación.
Una encuesta convencional captura el sentir de personas reales insertas en una sociedad específica, en un momento temporal concreto y expuestas a la actualidad.
Las máquinas pueden simular la indignación o la apatía en un texto, pero la decisión de acudir a las urnas y el sentido de ese voto siguen perteneciendo, en exclusiva, a la decisión de cada convocado a las urnas… y ni la IA puede anticiparla correctamente.
Fuente: Levante – EMV












