Una mujer tiene por costumbre desaparecer y a su regreso afirma que lo que ha hecho, en realidad, es verse desde fuera. Otra fotografía ruinas. Y una tercera se dedica a recoger perros abandonados en la calle. Además, como se afirma al comienzo de ‘Malacría’, primera novela de Elisa Díaz Castelo, la verdad de una ciudad se muestra durante un aguacero y después del mismo.
Desde sus primeras páginas, la novela se muestra como una demostración de personalidad propia.
Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986) no es exactamente una debutante, le precede una laureada trayectoria como poeta de la que destacan títulos como ‘Principia’, ‘El reino de lo no lineal’, ‘Proyecto Manhattan’ o, junto a Adalber Salas Hernández, ‘Las fuerzas débiles’.
Una característica que destaca de la escritura de Castelo es la capacidad para partir de referencias y ámbitos inusuales. Uno de ellos son los conocimientos científicos como termostato del mundo y de la vida. De la misma manera que, tradicionalmente, lo han sido la música, el arte o la filosofía.
‘Malacría’ no es una excepción: Perla, la segunda de tres generaciones con presencia en la novela (la primera es Cecilia, la tercera, Ele) vive obsesionada con que en el universo existe un planeta exactamente igual a la Tierra cuya única diferencia es la composición del agua. Perla acostumbra a desaparecer, quien sabe si buscando razones que justifiquen la existencia de Daemonia (así se llama el planeta gemelo). Hasta que un día Perla no acaba de regresar. Ahí hay una chispa de conflicto y trama: una evocación evidente del drama que agobia en México con la desaparición de muchas mujeres. No obstante, la novela no toma un camino esperado. La mirada de Castelo es fragmentaria y se expresa a lo largo de sus páginas a través de discursos de lo más diverso (sin eludir wasaps o mensajes de texto).
‘Malacría’ es una novela sin hombres o donde la presencia masculina es fantasmal. En esto, creo yo, hay en cierto modo una posición ética: la ausencia contrasta con la abusiva presencia destructiva en la sociedad real. Sin que todo ello contribuya a un relato social. La novela es leal a una voluntad estética y una forma de contar.
A partir de la desaparición de Perla, ‘Malacría’ también se muta en una historia de búsquedas.
Ele sale a buscar a su madre y también se busca a sí misma y a su pasado. Conviene destacar que la prosa que nos conduce a través de sus páginas no está afectada por un lirismo artificial. Es una prosa clara, incluso concisa.
En un momento dado, Ele se hace una pregunta reveladora: «¿Te imaginas que lo único distinto en Daemonia no fuese el agua sino la vida de mi madre?».
Aflora ahí una tradición cultural: la del paraíso; la del deseo de un lugar donde todo es mejorado. Ello no convierte ‘Malacría’ en una novela científica o utópica. En todo caso sería una novela en la que la posibilidad contrastara con la realidad. Una novela que nos pregunta si las ansias son hereditarias y la memoria un gen.
Y como si de unos detectives salvajes se tratara, las mujeres que buscan a Perla se adentran en una trama de misterios. El destino final de Perla dota de un sentido inesperado a lo que se cuenta.
¿Y las perras tullidas, rescatadas? Son un síntoma y una lectura aparte de todo lo que ocurre. Su indefensión y a la vez su acusada personalidad apelan a las propias circunstancias de las mujeres protagonistas. Restañar heridas, encontrar un lugar en el mundo… ¿Daemonia o la memoria familiar? Que espacio y tiempo se confundan es un desafío a la ciencia que tanto inspira a Castelo.
Y hablando de restañar heridas, las citas que encabezan el libro dan y completan el sentido de lo escrito por Castelo: «La herida nos precede, / no inventamos la herida, / venimos a ella y la reconocemos (Chantal Maillard). Y: «Con heridas hablamos; por nuestras heridas tenemos hijos» (Vladímir Nabokov).
‘Malacría’ es una excelente novela. Un debut inmejorable. La poesía, un humus; la novela, un bosque.
‘Malacría’
Elisa Díaz Castelo
Sexto Piso, 264 páginas, 20,90 euros
Fuente: El Periódico















