El Museo del Prado vuelve a reunir una historia que llevaba 150 años fragmentada. Por primera vez, los ocho cuadros que Valeriano Domínguez Bécquer dedicó a las costumbres populares españolas se exhiben juntos, reconstruyendo un proyecto concebido para el desaparecido Museo de la Trinidad y dispersado desde 1877 entre distintas instituciones. La exposición que ahora acoge permite contemplar como un único relato uno de los conjuntos más singulares del realismo español del siglo XIX. Escenas de trabajo, fiestas, peregrinaciones y vida cotidiana componen una suerte de atlas visual de una España rural observada sin idealizaciones ni concesiones al tópico.
La muestra se integra en la nueva etapa de la sala 60, rebautizada en 2026 como Almacén abierto. Desde 2009, este espacio funciona como un laboratorio dedicado a revisar los fondos decimonónicos del museo, alternando exposiciones monográficas, estudios técnicos y recorridos temáticos. Por allí han pasado nombres como Eduardo Rosales, Joaquín Sorolla y Francisco Pradilla, entre otros, además de proyectos sobre la acuarela, la estampa japonesa, la fotografía y distintas donaciones. En esta ocasión, el protagonista es el hermano del poeta Gustavo Adolfo Bécquer, aunque su obra reclama una lectura independiente de la celebridad literaria familiar. Valeriano recibió en febrero de 1865 una pensión concedida por Real Orden para realizar pinturas destinadas al Museo de la Trinidad. La ayuda quedó cancelada en 1868, tras la caída de Isabel II, pero antes de su extinción el artista completó tres campañas por Zaragoza, Soria y Ávila.
‘El presente. Fiesta mayor en Moncayo (Aragón), la víspera del santo patrono’, de Valeriano Bécquer. / MUSEO DEL PRADO
«Presenta la diversidad de la geografía y la enografía de España. Es el precedente de la serie que Joaquín Sorolla haría más tarde», ha subrayado Miguel Falomir, director del Prado. Las ocho escenas recogidas, precisamente, se alejan del folclore complaciente y de la estampa pintoresca concebida para el consumo urbano. Aquí, Bécquer observa a sus protagonistas con precisión, sin caricatuzarlos ni convertirlos en figuares decorativas: campesinos, artesanos, bailarines, peregrinos y trabajadores aparecen vinculados a sus entornos y ritos, representados con una dignidad poco habitual en el costrumbrismo de su tiempo.
La documentación conservada resulta decisiva para comprender el proyecto. Junto a los lienzos han llegado hasta nuestros días las descripciones redactadas por el propio pintor, cuyos fragmentos se incorporan al recorrido expositivo. Esa voz directa permite identificar personajes, ceremonias y detalles que podrían pasar inadvertidos para el espectador contemporáneo. «Los textos juegan un papel fundamental. En cada uno se muestran los capítulos más descriptivos, dando voz al propio Bécquer. Son un conjunto documental único, no hay otro ejemplo igual en la colección», ha señalado Pedro J. Martínez Plaza, del área de conservación de Pintura del siglo XIX.
Zaragoza, Soria y Ávila
La primera entrega, realizada en 1866 desde Vera del Moncayo, estuvo dedicada a Zaragoza. En Interior de una casa en un pueblo de Aragón, las mujeres ocupan el centro de la escena, como sucede con frecuencia en la producción del artista, incluso cuando retrata tareas laborales. El cuidado puesto en los vestidos, los tejidos y los colores convierte la indumentaria en una fuente de información social. El presente. Fiesta mayor en Moncayo, por su parte, despliega un amplio repertorio de participantes y ceremonias. Alcaldes, danzantes y vecinos forman parte de una celebración en la que aparecen prácticas como el paloteo y el convite financiado por las hermandades o cofradías. El cuadro funciona como una crónica coral de la fiesta, atenta tanto a la jerarquía de los personajes como a los gestos colectivos.

‘Interior de una casa de un pueblo de Aragón’, de Valeriano Bécquer. / MUSEO DEL PRADO
El núcleo soriano, considerado el más sobresaliente del conjunto, está unido además a la biografía de Valeriano y Gustavo Adolfo. Sus viajes por Villaciervos y El Burgo de Osma dieron lugar a El baile, Un leñador y Una hilandera. En estas piezas, la exigencia física del trabajo rural convive con una representación respetuosa de las personas. No hay épica impostada ni sentimentalismo: el pintor individualiza a cada figura y concede a los oficios una presencia monumental.
Investigación visual
La tercera campaña llevó a Bécquer hasta Ávila en 1867. Allí centró su atención en la peregrinación a la ermita de Sonsoles, en el valle de Amblés. Los romeros descansando junto a una fuente, una joven con una cesta de ofrendas y un hombre situado ante un despacho de vinos componen un pequeño relato sobre la devoción popular. La vestimenta masculina remite a los llamados armados o alabarderos, figuras presentes en distintas celebraciones religiosas castellanas. «Con cada encargo intentó dar una idea ajustada de las tradiciones populares de cada provincia. En todas plantea la esencia de los usos y costumbres, vinculándolas a un momento vital», ha apuntado Martínez.

‘Un leñador’, de Valeriano Bécquer. / MUSEO DEL PRADO
La exposición también recuerda la importancia del dibujo en la trayectoria del artista. Durante sus viajes realizó numerosos apuntes, muchos de ellos hoy desaparecidos. Algunos fueron fotografiados y otros circularon mediante grabados en revistas ilustradas, un medio que amplió la difusión de su trabajo más allá de la que alcanzaron los propios lienzos. Reunida ahora en el Prado, la serie permite contemplar no sólo un inventario de tradiciones, sino una investigación visual sobre la España de la época. Bécquer convirtió lo cotidiano en materia artística sin disfrazarlo de exotismo. Sus cuadros documentan un mundo concreto, pero también revelan algo más perdurable: la voluntad de observar a quienes habían permanecido durante demasiado tiempo fuera del gran relato de la pintura.
Fuente: El Periódico de España










