Michael Olise es francés emocional. Ni por su pasaporte ni por su origen, lo es por los recuerdos. Aquel niño tímido del que se reían soñaba con ser Zidane o Henry. Sus vínculos con Francia se reducían a algunas visitas de vacaciones gracias a Mina, su madre, cuyo origen franco-argelino explica su insistencia en que Michael hablase francés en casa. Esa vinculación sentimental le llevó a vestir la camiseta de Les bleus.
Entre el suburbio de Heathrow y un tablero de ajedrez
Michael pasó su infancia en un suburbio de Londres, Hayes, en los alrededores de Heathrow. Uno de esos barrios grises llenos de cemento, con poco tráfico y algún parque descuidado en el que Olise pasó horas jugando a la pelota. El deporte siempre fue bienvenido en su casa porque su padre, Vincent Olise, fue internacional en críquet con Nigeria, pese a haber nacido en Ghana. La familia se buscó la vida en Inglaterra y allí nació y creció el chico.
Tenía aptitudes que le hacían destacar en el deporte. Eso llevó al doctor Triplett, su profesor en primaria, a recomendar a sus padres que lo inscribieran en el Hayes & Yeading, su primer club. Al chico le vieron potencial y Sean Conlon se convirtió en su mentor, comenzando a tomar clases individuales a los seis años en el en Old Isleworthians. El fútbol lo compaginó con las carreras de campo a través y con otro deporte que al que sigue estrechamente ligado porque le permite evadirse del mundo: el ajedrez. Aún hoy no es raro verle con un tablero jugando en las concentraciones de Francia.
A caballo entre el mundo angloparlante paternal y la reserva espiritual francófona de su madre, Michael comenzó una travesía por las academias de los grandes clubes de la Premier. Conlon recuerda que «era un niño diferente. Destacaba por su forma de deslizarse por el campo. Elegante, coordinado, como si no le costase ningún esfuerzo. La forma en que se mueve hoy es la misma que tenía con seis años. Ha nacido con ese don».
Compañero de Cole Palmer
Estuvo inscrito unos meses en la del Arsenal, pero no cuajó. Como Conlon había trabajado en la cantera de Chelsea, lo recomendó y lo incorporaron con 9 años. Su desparpajo era tan llamativo que el Manchester City se hizo con él a los 14 y en la cantera de los ‘citizens’ coincidió con Cole Palmer, en una generación un año por detrás de Phil Foden.
Sin embargo, Olise era un verso libre. La obsesión de sus entrenadores por encauzarle le hizo desarrollar un carácter complicado y una controvertida relación con la autoridad. Así que a los 16 le enseñaron la puerta de salida. Se habló de una lesión de espalda derivada de un problema de columna, pero aquel rechazo lo único que logró fue alimentar su deseo por vestir la camiseta de Francia.
El chico regresó al barrio, donde Conlon lo acogió en su academia antes de correr la voz de que tenía un chico que venía de la cantera del Chelsea y del City. Allí se plantó Brendan Flanagan, ojeador de Reading. Le gustó y lo llevó al club a pasar una prueba. A los entrenadores les convenció, pero algo no cuadraba: «Si lo han echado del Chelsea y del City algo habrá».
Pero la insistencia de Flanagan terminó por convencerles. Olise era particular, no era el típico futbolista rudo salido de una familia obrera. «Siempre pedía las cosas por favor y daba las gracias. Pensé que no era un mal chico, solo un chaval incomprendido. Lo que no era adecuado para City o Chelsea podía serlo para nosotros. Nosotros sacamos brillo a este tipo de jugadores», recuerda Brendan.
Lucha encarnizada entre Inglaterra y Francia
Olise se estrenó a los 17 años con el Reading Sub-21 en la European Cup. Semanas después, Joe Gomes lo subió a entrenar con el primer equipo y el debut fue casi instantáneo. Por entonces la federación inglesa solo peinaba las grandes canteras y Michael tenía vínculo con los países de origen de sus padres porque viajaban en vacaciones a Argelia, Nigeria o Francia. Mina, su madre, sabía que era un chico especial y discretamente comenzó a enviar vídeos suyos a la federación francesa. Jean-Luc Vannuchi, por aquel entonces entrenador de la sub-18, vio potencial en el chico y le citó. Cuando Inglaterra quiso reclutarlo para la sub-20 ya era tarde.
Se abrió una lucha encarnizada entre la federación inglesa y la francesa para seducir al jugador. Pero entonces Henry, su ídolo, lo convocó para participar en los Juegos Olímpicos de París. Pese a haber fichado ese verano por el Bayern, priorizó ir a la cita olímpica y aquellos dos meses cambiaron todo. Olise conversó con Titi y fue superando la barrera del francés, además de tejer una estrecha amistad con sus compañeros de selección. Deschamps le hizo debutar ante Italia en septiembre de 2024. El día que cumplió su sueño y el de su madre Mina, «vestir la misma camiseta de Francia como Zidane y Henry».
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