Falta solo un mes para vivir uno de esos acontecimientos únicos que se viven una vez en muchos años y que generan una expectación tal que son a la vez una oportunidad irrepetible y una prueba de exigencia para medir la capacidad de absorber la demanda. Se trata del eclipse total que se vivirá el próximo 12 de agosto, una auténtica prueba de fuego que además se centra sobre todo en Teruel, una de las provincias más mermadas de esa oferta de alojamientos tan necesaria para dar cabida a todos los que están interesados en acudir a los sitios más privilegiados para el avistamiento. Dónde dormir, dónde aparcar, dónde comer… todos esos detalles son tan relevantes como el impacto económico que genera una cita que tardará en repetirse muchos años, un retorno que siempre se basa en estimaciones, a veces hinchadas por la propia Administración, pero que en esta ocasión apunta a cifras estratosféricas para lo que viene siendo habitual cada verano. Todo para vivir un fenómeno que durará apenas unos segundos y que promete beneficios cuantiosos para quienes durante años han reclamado ser el centro de atención del turismo y de las instituciones. Esa franja que cruza España de oeste a este está plagada en la comunidad aragonesa de lugares donde ver el eclipse total con la mayor visibilidad posible que están ahora en boca de todos, también en el extranjero y en otros rincones del país, para visitantes que se mueven con rapidez para reservar, más incluso que en el propio territorio, y promete un aluvión de visitantes atraídos por este instante para el recuerdo. También pasa en otras comunidades lo mismo que en Aragón, está muy estudiado por los expertos cuáles serán los lugares en los que vivir este fenómeno, y cada pista que salta a la opinión pública se traduce en un incremento de las reservas turísticas. Es el momento de hacer el agosto con el eclipse.
Mientras tanto, conviene llegar a ese 12 de agosto con los deberes hechos en todos los sentidos. De momento se están haciendo multitud de reuniones para prepararse para ese día. La seguridad, el despliegue de efectivos para que no se convierta en un descontrol y atajar las imprudencias que a veces trae la masificación, o la logística de esos pequeños ayuntamientos que temen que sus términos municipales se conviertan en espacios incontrolables que afecten al entorno natural. No se puede poner puertas al campo pero tampoco dar a entender que todo el monte es orégano. También habrá que medir las posibilidades de acceso, con aparcamientos suficientes y vías de comunicación, de esas que tanto añora Teruel, en condiciones para ese torrente de visitantes. Y observar cómo evoluciona la oferta de alojamiento, porque ya se están dando precios desorbitados en algunos incluso de particulares, que no se dedican a esto habitualmente y que han visto la oportunidad de sacar tajada a precios astronómicos (que siempre hay gente dispuesta a pagar, ojo), aprovechando que otros, los que sí trabajan con el turista cada día con y sin eclipses, se están viendo desbordados. Se da el caldo de cultivo para especular en un país demasiado acostumbrado a hacerlo amparándose en esa ley de oferta y demanda en la que no todo vale. Todo suma a la hora de planificar un fenómeno de esta naturaleza y Aragón debe medir su capacidad para que este día inolvidable lo sea solo por lo insólito del fenómeno y no por la imagen que quede en todos cuando el sol vuelva a salir al día siguiente.
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